10 Noviembre 2002 Seguir en 

Era previsible que el medio literario argentino, extremadamente exigente con los libros que se venden bien, rechazase esta novela, cuyo argumento es la querella entre los pintores florentinos, maestros de la perspectiva, y los flamencos, diestros elaboradores de los colores.
La editorial descontaba su éxito entre quienes sólo buscan entretenerse con las vicisitudes de un best seller, que abunda en asesinatos misteriosos y escenas lúbricas entre monjes, uno de los cuales, Giorgio Luigi di Borgo, dice haber visto el Aleph. Una curiosidad es que el retrato de una joven portuguesa resulta de la colaboración de los hermanos Van Mander, uno de los cuales, ciego, es quien prepara los colores, cuyos ingredientes reconoce por el olor y el sabor. Es ciego porque el toque medieval requiere ciegos, jorobados y otros ejemplares teratológicos.
Las oportunas dosis de erotismo perverso conviven pacíficamente con incógnitas filosóficas, manuscritos con fórmulas mágicas, ermitaños que son espías trashumantes y otras ingenuidades barrocas, como en "El nombre de la rosa". Estos incidentes hacen olvidar las complicaciones derivadas del carácter abstruso del tema de la relación entre medios y fines en la pintura renacentista y los secretos de su recóndita elaboración.
El autor, que nunca deja de pensar en su lector-consumidor, aclara con largueza las alusiones que exigen cierta cultura y hasta los términos poco comunes. Con esta construcción de comprensibilidad, insultante para nuestra literatura elitista, consigue que el lector común crea estar frente a una joya de refinada cultura y asistir a la reconstrucción, para su fruición personal, del prestigioso pasado europeo.
Ariel Schettini señala que resulta curioso que esta novela, fruto de la mercadotecnia editorial, para la que los bienes artísticos son material industrial, se nutra de apreciaciones sobre el arte supuestamente sublime e inmaterial.
Aspirante a un lugar en el interesante nicho de mercado llamado arte internacional, el autor trata de hacer pasar por una joya de alta cultura lo que sólo es un producto industrial. Varios precursores lo precedieron, con exóticas y lujosas novelas históricas, de ambiente europeo, entre ellos Enrique Larreta y otro maestro de ventas, el Mujica Láinez de "Bomarzo" y "El escarabajo".
Novela excesivamente objetiva, destinada a las densas procesiones de clientes de las ferias del libro, carece no sólo del prestigioso monólogo interior sino del más simple de los soliloquios. Faltan esos momentos sorprendentes en los que, fuera de toda secuencia, aparece el autor. Faltan las bifurcaciones inexplicables, las preguntas sin contestar, la ansiedad, la respiración, en este producto etiquetado "for export".
Libro para llevar a la playa o regalar a fin de año, se olvida en la última página y es muchísimo menos valioso que el escrito con amor, que nos hace más sensibles y mejores, y que releeremos con extremo placer.
(c) LA GACETA
La editorial descontaba su éxito entre quienes sólo buscan entretenerse con las vicisitudes de un best seller, que abunda en asesinatos misteriosos y escenas lúbricas entre monjes, uno de los cuales, Giorgio Luigi di Borgo, dice haber visto el Aleph. Una curiosidad es que el retrato de una joven portuguesa resulta de la colaboración de los hermanos Van Mander, uno de los cuales, ciego, es quien prepara los colores, cuyos ingredientes reconoce por el olor y el sabor. Es ciego porque el toque medieval requiere ciegos, jorobados y otros ejemplares teratológicos.
Las oportunas dosis de erotismo perverso conviven pacíficamente con incógnitas filosóficas, manuscritos con fórmulas mágicas, ermitaños que son espías trashumantes y otras ingenuidades barrocas, como en "El nombre de la rosa". Estos incidentes hacen olvidar las complicaciones derivadas del carácter abstruso del tema de la relación entre medios y fines en la pintura renacentista y los secretos de su recóndita elaboración.
El autor, que nunca deja de pensar en su lector-consumidor, aclara con largueza las alusiones que exigen cierta cultura y hasta los términos poco comunes. Con esta construcción de comprensibilidad, insultante para nuestra literatura elitista, consigue que el lector común crea estar frente a una joya de refinada cultura y asistir a la reconstrucción, para su fruición personal, del prestigioso pasado europeo.
Ariel Schettini señala que resulta curioso que esta novela, fruto de la mercadotecnia editorial, para la que los bienes artísticos son material industrial, se nutra de apreciaciones sobre el arte supuestamente sublime e inmaterial.
Aspirante a un lugar en el interesante nicho de mercado llamado arte internacional, el autor trata de hacer pasar por una joya de alta cultura lo que sólo es un producto industrial. Varios precursores lo precedieron, con exóticas y lujosas novelas históricas, de ambiente europeo, entre ellos Enrique Larreta y otro maestro de ventas, el Mujica Láinez de "Bomarzo" y "El escarabajo".
Novela excesivamente objetiva, destinada a las densas procesiones de clientes de las ferias del libro, carece no sólo del prestigioso monólogo interior sino del más simple de los soliloquios. Faltan esos momentos sorprendentes en los que, fuera de toda secuencia, aparece el autor. Faltan las bifurcaciones inexplicables, las preguntas sin contestar, la ansiedad, la respiración, en este producto etiquetado "for export".
Libro para llevar a la playa o regalar a fin de año, se olvida en la última página y es muchísimo menos valioso que el escrito con amor, que nos hace más sensibles y mejores, y que releeremos con extremo placer.
(c) LA GACETA







