El papel del clero en la revolución independentista

Principales figuras eclesiásticas y su actuación a partir del 25 de Mayo.

10 Noviembre 2002
El subtítulo de este libro es más apropiado que el título: "Vidas de eclesiásticos en los orígenes de la Nación". Ello porque las figuras y su actuación no se limitan a la Revolución de 1810, sino que abarcan la anarquía, el gobierno de Rivadavia y, en ciertos casos, el primero de Rosas.
Natalio R. Botana señala en el prólogo que, al producirse aquel hecho histórico, se advierten dos corrientes en el clero: la monárquica peninsular, propicia a la continuidad, y la que demanda un cambio, inspirada en las ideas surgidas en el siglo XVIII. Roberto di Stefano analiza la situación a comienzos del XIX. En América el poder real, en materia religiosa, era más extenso que en España: Iglesia y comunidad eran prácticamente lo mismo. El reformismo del XVIII miraba con desconfianza a las órdenes religiosas y prefería al clero secular (recuérdese la expulsión de los jesuitas). También se inclinaba por una mayor independencia respecto de Roma. Muchos clérigos anhelaban una reforma de la Iglesia, inspirados en la prédica del jesuita Manuel Lacunza.
No es posible analizar en detalle todos los estudios que integran este esclarecedor volumen que repasa las figuras con intervención política en el primer tercio del siglo XIX. Están a cargo de investigadores que, en todos los casos, demuestran ecuanimidad al juzgar a los personajes. Miranda Lida se ocupa de Gregorio Funes, obsesionado por el peligro de la división en facciones. Tulio Halperín Donghi subraya la preocupación de aquel por el porvenir de la nueva nación, amenazada de disgregarse. Noemí Goldman refiere las inquietudes de Juan Ignacio Gorriti acerca del origen del poder, su colaboración con Belgrano y los cargos que desempeñó. Nancy Calvo enumera las dignidades eclesiásticas que alcanzó Diego Estanislao Zavaleta, su actuación pública y la malquerencia de Rosas, que le impidió ser obispo. Klaus Gallo estudia a Mariano Medrano, fuerte opositor a la reforma rivadaviana y primer obispo de Buenos Aires. Fernando Aliata revive la actuación de fray Justo de Santa María de Oro, tan ponderado por Sarmiento, y pone en claro que, en el Congreso de Tucumán, no se opuso al sistema monárquico (del cual era partidario), sino a que se votara determinada forma de gobierno. Marcela Ternavasio señala las persecuciones que sufrió José Valentín Gómez, alvearista, miembro de la Asamblea del Año XIII, y las misiones diplomáticas que desempeñó. Jorge Myers trata la vida y la actuación de Julián Segundo de Agüero, estrecho colaborador de Rivadavia. Tal vez por discreción silencia que se opuso al envío de los recursos que pedía San Martín desde el Perú y a la fuerte sospecha que despierta como instigador del fusilamiento de Dorrego. Fabián Herrero describe el carácter extravagante y fuertemente polémico de Francisco de Paula Castañeda, periodista que combatió con energía a Rivadavia. Valentina Ayrolo analiza las ideas de Juan Ignacio de Castro Barros, monárquico constitucionalista y partidario de elevar un inca al trono. Fernando C. Urquiza se ocupa de Antonio Sáenz, redactor del Acta de la Independencia, fundador y primer rector de la Universidad de Buenos Aires. Roberto di Stefano evoca a Eusebio Agüero, el profesor recordado por Cané en Juvenilia, defensor de la libertad de cultos.
La obligada síntesis sugiere un amplio y útil panorama del papel del clero en el comienzo de nuestra historia independiente.
(c) LA GACETA

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