10 Noviembre 2002 Seguir en 

A la "tragedia educativa" de Jaim Etcheverry, Jaime Barylko suma esta "revolución" que apunta a reparar los devastadores efectos de la aludida tragedia. Para lograrlo, una propuesta prioritaria -dados sus potentes efectos- es sugerir al alumno estudiar, que a su criterio significa "sentarse y concentrarse y... estudiar". (En este punto nos preguntamos para qué se habrá investigado y se habrán escrito tantas páginas acerca de técnicas y estrategias de aprendizaje, operaciones cognitivas, por citar sólo algunas problemáticas relacionadas con el aprender).
En cuanto a otros aspectos psicológicos que se ponen en juego en el momento de enseñar, la motivación y el respeto por los intereses de los alumnos por ejemplo, son minimizados por el autor. Decimos esto porque en un primer momento J.B. desvaloriza la búsqueda de prácticas por parte del docente para "cautivar" en algún grado a sus alumnos (que están realmente cautivos en una institución). La "pulsión" de aprender que puede suscitar un maestro experto, a través de variadas prácticas, no es tenida en cuenta por el autor. Nobleza obliga: noventa páginas más tarde, bajo el subtítulo "El desarrollo crítico de la persona", la motivación es en cierta forma reivindicada...
El doctor Barylko, master en Pedagogía, afirma: "la enseñanza ha de volver a su lugar natural y debe abandonarse la tonta idea de centrar la educación en el aprendizaje, en la autonomía del niño, pues ya no nos da el tiempo para más tonterías" (Pág. 41). En cierta forma el autor propone proceder como se procedió con nosotros, los de la generación de la posguerra, como si la realidad que viven los destinatarios del complejo saber-hacer, que es enseñar "aquí y ahora" fuera la de sus contemporáneos.
Creemos que enseñar implica aprender y, entre muchas otras acciones, abrir al alumno las puertas del mundo para que lo conozca, en lo posible, tal como es en nuestra contemporaneidad: complejo, contradictorio y diverso. De qué manera los educadores somos capaces de abrirlas, cómo "animamos" al alumno para que descubra qué le interesa del mundo ("todo" no va a poder aprehenderlo), ese es el arte (como se decía en otros tiempos) que practica el maestro.
El libro de Barylko, además de entretenido y dinámico, despliega un estilo narrativo-argumentativo impregnado de eclecticismo. El autor narra cuentos, relata películas, explica brevemente a Chomsky, a Piaget, a Vygotsky, a Freud, a Gramsci. Nos regala también gran número de citas que van de lo encantador a lo profundo. Es así como numerosas voces queridas y admiradas dan color al texto; escuchamos, entre muchos otros, a Apollinaire, a Gimeno Sacristán, a Paul Valéry, a Einstein, a Edgar Morin, a Bertolt Brecht, a Franz Kafka...
El autor no sólo despliega su cultura sino que, en relación con la problemática que lo preocupa, enuncia y desarrolla entre otros conceptos: "la revolución consiste en cambiar el bosquejo que nos hemos hecho de la realidad", "revolución educativa, esperanza de respeto", "poder desarrollar parte de la multiplicidad propia de cada alumno, y orientarlo en su diferencia, eso sí sería una revolución". Estas ideas pueden orientar algunas líneas de fuerza para futuras innovaciones en el campo educativo.
Un libro de divulgación para un público que se interese por la problemática educativa y cultural.
(c) LA GACETA
En cuanto a otros aspectos psicológicos que se ponen en juego en el momento de enseñar, la motivación y el respeto por los intereses de los alumnos por ejemplo, son minimizados por el autor. Decimos esto porque en un primer momento J.B. desvaloriza la búsqueda de prácticas por parte del docente para "cautivar" en algún grado a sus alumnos (que están realmente cautivos en una institución). La "pulsión" de aprender que puede suscitar un maestro experto, a través de variadas prácticas, no es tenida en cuenta por el autor. Nobleza obliga: noventa páginas más tarde, bajo el subtítulo "El desarrollo crítico de la persona", la motivación es en cierta forma reivindicada...
El doctor Barylko, master en Pedagogía, afirma: "la enseñanza ha de volver a su lugar natural y debe abandonarse la tonta idea de centrar la educación en el aprendizaje, en la autonomía del niño, pues ya no nos da el tiempo para más tonterías" (Pág. 41). En cierta forma el autor propone proceder como se procedió con nosotros, los de la generación de la posguerra, como si la realidad que viven los destinatarios del complejo saber-hacer, que es enseñar "aquí y ahora" fuera la de sus contemporáneos.
Creemos que enseñar implica aprender y, entre muchas otras acciones, abrir al alumno las puertas del mundo para que lo conozca, en lo posible, tal como es en nuestra contemporaneidad: complejo, contradictorio y diverso. De qué manera los educadores somos capaces de abrirlas, cómo "animamos" al alumno para que descubra qué le interesa del mundo ("todo" no va a poder aprehenderlo), ese es el arte (como se decía en otros tiempos) que practica el maestro.
El libro de Barylko, además de entretenido y dinámico, despliega un estilo narrativo-argumentativo impregnado de eclecticismo. El autor narra cuentos, relata películas, explica brevemente a Chomsky, a Piaget, a Vygotsky, a Freud, a Gramsci. Nos regala también gran número de citas que van de lo encantador a lo profundo. Es así como numerosas voces queridas y admiradas dan color al texto; escuchamos, entre muchos otros, a Apollinaire, a Gimeno Sacristán, a Paul Valéry, a Einstein, a Edgar Morin, a Bertolt Brecht, a Franz Kafka...
El autor no sólo despliega su cultura sino que, en relación con la problemática que lo preocupa, enuncia y desarrolla entre otros conceptos: "la revolución consiste en cambiar el bosquejo que nos hemos hecho de la realidad", "revolución educativa, esperanza de respeto", "poder desarrollar parte de la multiplicidad propia de cada alumno, y orientarlo en su diferencia, eso sí sería una revolución". Estas ideas pueden orientar algunas líneas de fuerza para futuras innovaciones en el campo educativo.
Un libro de divulgación para un público que se interese por la problemática educativa y cultural.
(c) LA GACETA







