Cinco grandes creadores de música latinoamericana

Atahualpa, Violeta Parra, Chabuca Granda, Víctor Jara y Daniel Viglietti.

10 Noviembre 2002
"La canción es como el agua que lava las piedras, el viento que nos limpia, como el fuego que nos une y que vive dentro de nosotros para hacernos mejores". Tal vez esta frase del cantautor chileno Víctor Jara (1932-1973), que fue una de las tantas víctimas de la dictadura de Pinochet, pueda resumir no sólo su arte, sino también el de Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, Chabuca Granda y Daniel Viglietti, el único que vive.
La labor de estos cinco creadores sudamericanos es clave en nuestra música popular. Tienen el común denominador de haber cantado a su gente y al paisaje, a sus alegrías y desdichas, a sus esperanzas y tristezas, a la soledad y a las luchas sociales.
Tal vez sea Atahualpa Yupanqui (1908-1992), por su vasta producción y la hondura de su pensamiento, una suerte de padre de todos ellos. "Llegué a Tucumán con un cuaderno bajo el brazo, pero sin embargo jamás registré una nota sobre Tucumán, quizás porque todo lo que desde entonces he vivido en esa bendita tierra había de quedar sólo escrito en mi corazón", contaba. Apoyándose en un paciente trabajo de investigación, Guillermo Pellegrino va reconstruyendo cronológicamente la vida de Héctor Roberto Chavero, el gran trovador de nuestra música, quien siempre puso en aprietos a sus biógrafos porque hay partes de su vida que se pierden en la imprecisión de las fechas. Tal vez por su condición de uruguayo, Pellegrino ubica a Yupanqui en la infancia en Tafí del Valle, cuando, en realidad, se trata de Tafí Viejo. Pero este traspié no alcanza a empañar un trabajo realizado con mucho rigor.La vida de la chilena Violeta Parra (1917-1967) estuvo marcada por el sufrimiento, la transparencia y la rebeldía, y concluyó en el suicidio. No hubo distancia entre su vida y su arte. "Escribe como quieras, usa los ritmos como te salgan, destruye la métrica; libérate, grita en vez de cantar, sopla en la guitarra. La canción es un pájaro sin plan de vuelo que jamás volará en línea recta. Odia la matemática y ama los remolinos", le aconsejaba Violeta a su colega Patricio Mans. Tal vez sea Gracias a la vida, canción eternizada por Mercedes Sosa, la que sobresale en su sólida producción.
La peruana Chabuca Granda (1920-1983) descubrió su veta poética a los 28 años, aunque desde niña ya tenía condiciones artísticas. Sin embargo, a los 40 años comenzó a cantar en forma profesional. A mediados de la década del 50, compuso La flor de la canela, que se convirtió en un clásico no sólo de su repertorio, sino también de la música latinoamericana. "No tengo una voz brillante; canto muy mal, pero a mí me escucha la gente porque yo le digo las canciones aun desafinando, intento que me crean, y esto es lo mejor para mí. Me gusta mucho trabajar. La afección al corazón se la debo a mi trabajo. El trabajo es la molienda de las gentes, el resultado de sus obras", afirmaba.
Admirador de Yupanqui y luchador de las causas sociales, el uruguayo Daniel Viglietti (1939) heredó de su padre guitarrista y de su madre pianista su amor por la música. "Yo diría que soy músico. Tengo claro lo que no soy. Por ejemplo, no creo que sea un cantante de protesta, ni un cantante popular. Prefiero decir que soy músico que compone canciones", sostiene, quien estuvo detenido en su patria por cantar a los humildes y luego se exilió en Francia durante la dictadura uruguaya.
Periodista y ensayista, Guillermo Pellegrino ha escrito un libro de gran valor y bien documentado sobre estas cinco voces de América que han sido reconocidas por muchos pueblos del mundo, pero que, sin embargo, no han sido valoradas como se merecen en su propia tierra. Tal vez el pensamiento de Daniel Viglietti resuma este concepto: "Para un trabajador cultural, la manera más fácil de triunfar en el Uruguay es morirse".
(c) LA GACETA

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