Hay que dejar de mirarse el ombligo

Por Federico Abel * Para LA GACETA - TUCUMAN.

10 Noviembre 2002
Vivir en la Argentina se ha convertido en un fastidio, en una calamidad y en una suerte de condena divina. De allí que buscar en el árbol genealógico un abuelo europeo, con la esperanza de obtener el ansiado pasaporte que libere de este círculo dantesco, se ha transformado en los últimos años en una obsesión, sobre todo para los jóvenes. El principal titular de la tapa del importante diario "El País" de España del 31 de diciembre de 2000 estuvo dedicado -con foto incluida- a los miles de argentinos que hacían una cola tan infinita como desesperada frente a la embajada ibérica en Buenos Aires, con el fin de encontrar un permiso laboral o de residencia. Los madrileños estaban atemorizados por la llegada del inminente y arrasador aluvión. Da la sensación de que si todos los argentinos tuvieran la posibilidad real de irse (económica y diplomática), una gran mayoría -por no decir todos- lo haría. Mal que les pese a los seudonacionalistas, esto revela que mucha gente considera que esta sociedad es inviable o, lo que es lo mismo, que no está dispuesta a quedarse a probar que es posible lo contrario. Y aquí radica la primera dificultad para resolver esta crisis. ¿Cómo pensar en levantar una casa de nuevo si sus posibles habitantes no tienen el menor interés en vivir en ella? El argentino se parece a esas personas que no se gustan, que están enojadas consigo mismas, que se sienten incómodas donde están, que cargan con una gran frustración, pero que no hacen nada por cambiar, salvo lamentarse. Entonces, creen que yéndose se arregla el problema y que en otro lugar podrán comenzar una vida nueva, de cero. Pero no se puede vivir borrando o cortando las hojas improlijas o poco felices de la propia biografía. En el mejor de los casos, la evasión puede ser una solución individual, pero no colectiva. Guste o no, la realidad es la realidad y hasta aquí no se ha construido ese gigantesco avión de Aerolíneas que pueda cargar a los 37 millones de argentinos para demostrarles que Ezeiza es la única salida del país. ¿Qué se hace, entonces, con una mayoría condenada a quedarse en un lugar que desde hace mucho tiempo la hace infeliz o, invirtiendo los términos, que en las últimas décadas hizo todo lo posible por convertir este rincón del mundo en un sitio infeliz?
En primer lugar, conviene empezar a pensar que este caos no es una consecuencia del azar, de un Dios malo que tiene entre ojos a los argentinos o de una persecución internacional liderada por el Fondo Monetario o por Estados Unidos. ¡No! No somos tan importantes ni imprescindibles para el orden mundial. Este estado de cosas tiene numerosos responsables directos que, a su vez, contaron con la connivencia de influyentes sectores de la comunidad. (¿O acaso los golpes de Estado no tuvieron apoyo popular y, más aún, el aval de empresarios y hasta de la propia cúpula de la Iglesia Católica, por dar un ejemplo?). Por ende, si la crisis no es fruto de la fatalidad histórica sino del ancho libre albedrío de una sociedad, puede ser revertida haciendo uso de esa misma libertad, pero en otro sentido. En consecuencia, hay que dejar de ser enfáticos, como recomendaba José Ortega y Gasset. ¡Basta de mirarse el ombligo y de buscar mística y tangueramente qué maldición melancólica y fatal encierra la condición de argentino para merecer tantas calamidades juntas! Ninguna en especial, salvo la de haber cometido gruesos y persistentes errores en la historia.
La presunción de que este país está maldecido y de que no tiene remedio, además de ser simplista, es tranquilizadora y funcional a esa otra tara tan argentina: el pobre individualismo, el mismo que padecen los que están desesperados por irse, tan bien señalado en una sola página de Borges de 1946. Allí el gran escritor -tan alabado como poco leído- señala que el argentino es un individuo, no un ciudadano. Esa es la razón por la que el Estado le resulta una abstracción, de lo cual pueden desprenderse tres consecuencias: 1) La falta de compromiso político y social con todo lo que sea público (siempre es mejor quedarse en la casa viendo fútbol). 2) Falta de conciencia fiscal (¿para qué hay que pagar impuestos?). 3) Falta de controles: como el Estado no es de nadie, se lo puede llenar de amigos -uno más, ¿qué le hace?-, ¡total a nadie le importa! "El argentino sólo concibe una relación personal. Por eso, para él, robar dineros públicos no es un crimen". Esta observación radiográfica de Borges no sólo sirve para explicar la corrupción, sino lo que la posibilita: el famoso "no te metás". Es notable cómo todo el mundo se queja de los dirigentes, en particular de los políticos, sin detenerse a pensar que ellos no nacieron por generación espontánea: expresan cabalmente el grado de desarrollo cívico, social y cultural de esta sociedad o, mejor dicho, el exacto interés que los argentinos, sea por acción o por omisión, tenemos por los asuntos comunes a todos. A juzgar por los hechos, la gran mayoría de nosotros estaría dispuesta a dejarle a Carlos Menem -y a sus amigos- que cuiden de nuestras casas particulares mientras salimos de vacaciones, dos y hasta tres veces. ¿Cómo no confiarles nuestros bienes si durante 10 años fuimos capaces de concederles ese honor respecto de la otra gran casa, la de todos: el Estado nacional? Después de leer esto, muchos seguramente dirán con una sonrisa socarrona: "no, no les prestaría mi casa, pero sí los votaría". Y he ahí la gran esquizofrenia argentina: las cosas comenzarían a cambiar si el 50% del empeño que se pone en los asuntos privados, como sacar los fondos del corralito -lo que es muy loable, por cierto-, se lo pusiera en preocuparse por ir a las reuniones de padres en el colegio o por estudiar la declaración jurada de bienes de los legisladores, el pliego de las personas propuestas como jueces o el pedigrí de las empresas que se presentan a una licitación pública.
Algo se viene haciendo muy mal, y en forma sistemática, desde hace años, para que las cosas estén como están. Hasta la Iglesia Católica debería replantearse qué es lo que está enseñando mal (o directamente no está enseñando) para que en los hechos impere una sociedad anticristiana, como lo recuerda a cada rato la propia Conferencia Episcopal Argentina. Con mucho tino, en mayo pasado, el sacerdote lourdista León Marqué confesó en Tucumán que descree de las estadísticas que dicen que el 82% de los argentinos es cristiano. "Esas encuestas nos hacen quedar mal, porque en el mundo dicen: ¿cómo es que hay tanta corrupción en Argentina si hay tantos cristianos?". Esta pregunta, revelada por Marqué, no debería dejar dormir a fieles y pastores.
Sin embargo, el espanto no debe paralizar ni llevar a esa otra manía argentina: creer que hay que hacer un corte e iniciar de nuevo (los cacerolazos tienen mucho de eso). La historia argentina está plagada de vanos intentos de ilusorios años cero. En cierta medida, el peronismo y la revolución que lo derrocó en 1955, por dar sólo dos ejemplos, fueron ensayos fallidos de acabar con el país anterior. En el plano económico esto también se tradujo en fiebres estatizadoras o privatizadoras, que se impusieron porque sí, sin mayores análisis de conveniencia y con el solo y empecinado propósito de acabar con lo anterior. Este parece un país que se avergüenza de su pasado, porque constantemente está pensando en derribar lo que hizo antes, como esas casas que viven en permanente estado de construcción. Y así tampoco se va a ninguna parte. Si algo tiene de positivo el proceso que se inició en 1983 es que, aun delgada e imperfecta, en esta democracia hay sitio para todos, incluso para ex golpistas (reciclados o no). Es hora de ensancharla, de hacerla más digna, de dejar de llorar sobre la leche derramada (el tango es bello pero como arte; no hay que esmerarse por confirmar en la realidad sus desgraciadas letras), de ir a las reuniones de padres o del club colegial, de pagar los impuestos, de asistir a las sesiones de la Legislatura y de ser coherentes (por ejemplo, un político o un economista no debe llamarse liberal cuando sólo le importe la aplicación de dos o tres recetas económicas y para ello esté dispuesto a voltear todo el estado de derecho). También hay que leer a Borges en serio y, sobre todo, no ser ilusos: por más progresos tecnológicos, Aerolíneas nunca construirá un avión que pueda cargarnos a todos para sacarnos por Ezeiza.
(c) LA GACETA

* El autor es periodista de LA GACETA, analista político.

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