La deuda impaga

Por Santiago Kovadloff * Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

10 Noviembre 2002
Los ideales sociales que, en 1999, posibilitaron el triunfo electoral de la Alianza no se desvanecieron con el efímero gobierno de Fernando de la Rúa. Subsisten, están de pie y acaso con más firmeza que nunca. La desilusión sembrada por la catastrófica renuncia del presidente y su segundo no vulneró la convicción popular en los valores éticos y políticos que impulsaron el voto mayoritario de aquel momento. Ellos han quedado sin representación institucional, pero no sin sentido ni expresión popular. La vigorosa producción cultural y el aliento solidario diseminado por las organizaciones civiles conforman las reservas primordiales con que cuenta hoy la sociedad argentina para enfrentar los riesgos de la disolución. No debe olvidárselo si se aspira a entender el panorama nacional, en vísperas de las próximas elecciones.
La extrema cautela y el escaso interés manifestado por la gente ante los postulantes que se aprestan a competir por la presidencia, en marzo de 2003, responden a la convicción generalizada de que es preciso confiar a otras figuras, y no a ellos, la custodia y el cumplimiento de esos valores éticos y políticos postergados. A figuras que no dejen duda en cuanto a su decisión y su capacidad para saldar la deuda que quedó impaga con el fracaso de la Alianza. Y esas figuras anheladas responden, en el imaginario colectivo, a un perfil al que no parecen ajustarse quienes aseguran estar en condiciones de gobernar el país.
Si bien la actual orfandad de la expectativa social es dolorosa, quienes la encarnan se niegan a buscar consuelo alocadamente, arrojándose en brazos del oportunismo de turno. Se diría que el padecimiento no obnubila la capacidad de discernir. Nadie, en la mayoría, está dispuesto a despilfarrar nuevamente su expectativa. Y el hecho es que no ha sonado todavía la hora de un liderazgo contundente. O acaso ha sonado pero de un modo paradojal pues la predilección mayoritaria se orienta hacia alguien que dice no buscarla ni estar dispuesto a asumir el lugar al que la opinión pública lo convoca. Aquel sobre quien recae la mayor expectativa no parece albergar ninguna esperanza con respecto a la posibilidad de realizar lo que se le pide. Carlos Reutemann asegura no ser el hombre que las encuestas se empeñan en probarle que es. La nuestra es, pues, una crisis de representación: el líder reconocido afirma no serlo; los que afirman poder serlo, no están reconocidos como tales.
Ello implica que los obstinados en privilegiar a Reutemann con su reclamo no quieren oír lo que él les dice. Y él les dice que lo olviden pues no está dispuesto a promover una nueva frustración colectiva. ¡Y a ello la gente le responde que, por el momento, es el único capaz de evitarla!
Nos encontramos, es evidente, ante un doble desencuentro: por un lado, de la mayoría con aquel a quien ella prefiere; por otro, de los que aspiran a ser preferidos, con la mayoría que no les cree.
No obstante, y tal como se lo señalaba al comienzo de esta nota, hay un aspecto decisivo en el que la exigencia popular es clara e inflexible. Ella desea ver reconciliada a la política con la ética. Esa es la raíz de la extraordinaria cautela actual ante los precandidatos. Se quiere ver al interés nacional, al bien común, resplandeciendo sobre los intereses corporativos. A la justicia social imponiendo sus prioridades sobre la corrupción. A la democracia auténtica triunfando sobre la democracia retórica. A la honestidad derrotando al delito. ¿Quién se hará cargo de lo que la demanda colectiva pide a gritos? ¿Del hecho decisivo de que la lógica política no puede seguir supeditada a los dictados del economicismo, si se aspira a salir del pantano en que se cayó? ¿Del hecho de que sólo la educación puede hacer del país una comunidad democráticamente consistente? ¿Del hecho de que no puede haber personas en una sociedad en la que no importen más que los consumidores? ¿Del hecho de que, si no se alienta la formación de una sociedad civil fortalecida en sus derechos fundamentales mediante la vigencia de la ley, nos espera la disolución nacional, el pasado, y no el porvenir?
(c) LA GACETA

* El autor es ensayista y poeta, miembro de la Academia Argentina de Letras, Premio Konex de Platino. Su último libro es Ensayos de intimidad (Emecé, Buenos Aires, 2002).

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