Cuando se ajustan las cuentas

Por Federico Peltzer

03 Noviembre 2002
Luis Gusmán es narrador y psicoanalista. No es ociosa la referencia a su profesión, no sólo por el papel que el psicoanálisis desempeña en algunas de sus obras, sino por su participación en revistas y grupos de trabajo relacionados con aquel. Nacido en 1944, se dio a conocer con El frasquito (1973), novela cuya lectura remite inevitablemente a Freud y a algunas de sus teorías. Como otros autores de su generación, Gusmán intenta apartarse de la influencia ejercida por Cortázar en los escritores posteriores a los años sesenta. A la citada novela siguieron varias otras, entre ellas En el corazón de junio (premio Boris Vian), Hotel Edén y los cuentos de La muerte prometida y Lo más oscuro del río.
La presente novela se basa, en lo argumental, en uno más entre los muchos dramas ocurridos durante el gobierno militar. En el caso un joven, Federico, quiere indagar el destino final de sus padres desaparecidos, según sus noticias, en una cantera donde fueron ejecutados por dos personas del régimen. Fiel al vaticinio de su abuela, encuentra a una mujer que se hace llamar Ana Botero, quien participó en los enfrentamientos de aquella época y sabe cómo ocurrió la muerte de los padres de Federico, porque también la apresaron y torturaron.
Los actores en ese sangriento episodio fueron dos compinches que conocemos como Varela y Varelita; el primero, casado; el segundo, solitario y propenso a emplear los métodos extorsivos de antes. De ahí que provoque un encuentro con Varela, ahora establecido en un campo usurpado a los padres de Federico, a quien por lo tanto le pertenece.
La acción se desarrolla en un pueblo y sus alrededores, donde está la famosa cantera, antes explotada y lugar de las ejecuciones. Ayudado por Ana Botero, Federico indaga, pero sólo llega a una certeza: la muerte de sus padres y la existencia de la propiedad que le pertenece. Nunca sabrá cómo fueron los últimos momentos de aquellos, porque Ana, su informante, estaba inconsciente y, aunque creyó ser la delatora, no descubrió el escondite de los perseguidos. Paralelamente, la mujer de Varela, mucho más decidida que su marido (quien vive con nombre supuesto) hace lo necesario para terminar con Varelita y sus extorsiones.
La novela está narrada con un tono de aparente frialdad, lo cual contribuye a realzar más los desafueros cometidos. Los saltos en el espacio y en el tiempo, así como la alternancia en las voces narrativas, ayudan al lector a manejarse en dos planos: el de un pasado ominoso, con verdugos y víctimas, y el de un presente en el cual -como señala el título- no pueden borrarse los nombres ni la identidad de quienes participaron en los hechos. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios