03 Noviembre 2002 Seguir en 

Pocas historias de vida han recibido tanta atención como la de Gabriel García Márquez. Pocas escrituras han sido tan ensalzadas o denostadas desde la aparición de Cien años de soledad, un libro que marcó a fuego a los que nos encontramos en Macondo. Afrontar la lectura de sus memorias produce la misma sensación de vértigo que el comienzo de cada uno de sus libros: el desafío de enfrentar la posibilidad de la desilusión. Sin embargo, como siempre, desde las primeras palabras se recupera el encantamiento de una escritura insuperable. La letra se transforma en palabra, en música, en imagen, en color.
Recorremos una a una las anécdotas, contadas una y mil veces, indefensos antes el poder de un mago que nos ha atrapado para siempre como Angela Vicario a Santiago Nasar, en las redes de los nombres. La literatura triunfa más allá del mercado o las academias.
Si en Cien años de soledad José Arcadio Buendía ve truncada la máquina de la memoria, Gabriel García Márquez encuentra la clave que su personaje extravía. La verdadera máquina de la memoria es la literatura. El lector subyugado acompaña al personaje en cada uno de sus búsquedas y naufragios. Vivir para contarla es una historia de vida pero, al mismo tiempo e inextricablemente, la historia de una literatura. Vida y literatura están unidas. A su autor los libros le suceden, las lecturas devienen acontecimientos como nos recuerda el epígrafe "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".
En este primer volumen de memorias -que habrán de ocupar otros dos- el título entrega el secreto de todas las ficciones del colombiano. La principal aventura reside en el arte de contar contiguo, de modo fatal, del arte de escuchar. El lector se ve reflejado en ese narrador que es un lector que devora todo tipo de libros, que va haciendo su escritura construyendo su mundo "piedra por piedra" en la imaginación.
La semilla está en la infancia. Los primeros capítulos comienzan con el viaje a Aracataca (Cataca) acompañando a la madre a vender la casa de los abuelos. Allí recupera los fantasmas de la niñez al encontrarse con los restos de infancia demolida, con fantasmas que mantienen intacto "el don bíblico de la narración". En el inicio está la figura del coronel Nicolás Márquez, el mítico abuelo, que le entrega su primer libro, un diccionario con un atlante colosal en el lomo donde se asienta el universo diciéndole: "Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca".
Si "más que un hogar, la casa era un pueblo" lleno de mujeres evangélicas y hombres excepcionales, el libro se transforma en una caja de magia que nos mantiene en vilo. Compartimos las zozobras de la infancia y adolescencia de pobreza, la extraña relación con su padre, el carácter de hierro de la madre, los innumerables hermanos. Nos creemos todo lo que García Márquez nos dice, borrada la línea entre realidad y ficción. El tercer capítulo comienza "Consumado el desastre de Aracataca, muerto el abuelo y extinguido lo que pudo quedar de sus poderes inciertos, quienes vivíamos de ellos estábamos a merced de las añoranzas".
Añoranzas que se convierten en la materia de su literatura y que, a esta altura, ya son las nuestras también. El aprendizaje del escritor comienza en la escuela y culmina en el encuentro con el grupo de Barranquilla y el mundo del periodismo. "Antes de eso -nos confiesa- mi vida estuvo siempre perturbada por una maraña de trampas, gambetas e ilusiones para burlar los incontables señuelos que trataban de convertirme en cualquier cosa que no fuera escritor".
En el camino está Bogotá, "una ciudad remota y lúgubre donde estaba cayendo una llovizna insomne desde principios del siglo XVI", donde vive en un estado de derrota que, como todo, será aprovechado como material de su escritura "porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor". También Sucre, Cartagena de Indias, Barranquilla, todo el Caribe. El libro se cierra con el viaje a Europa y la carta de Mercedes Barcha, cuya figura se asoma a lo largo de la obra.
La lengua vibra, eternamente nueva, en las páginas del libro donde se demuestra, una vez más, la fuerza de ese territorio que es la literatura latinoamericana. Vivir para contarla renueva el vicio de leer y la felicidad de hacerlo. García Márquez cuenta su historia mientras nos la cuenta, la arma de nuevo con nuestra complicidad, la cree junto con nosotros, la disfruta con lujuria, conjura sus miedos y los nuestros con una ternura y una devoción por la vida que sólo se parece a la que siente por la literatura. "Escribir como usted escribe -le dice uno de sus amigos- sólo se explica por una buena suerte que no la derrota nadie". Leerlo como lo hacemos es una demostración de nuestra buena suerte.(c) LA GACETA
Recorremos una a una las anécdotas, contadas una y mil veces, indefensos antes el poder de un mago que nos ha atrapado para siempre como Angela Vicario a Santiago Nasar, en las redes de los nombres. La literatura triunfa más allá del mercado o las academias.
Si en Cien años de soledad José Arcadio Buendía ve truncada la máquina de la memoria, Gabriel García Márquez encuentra la clave que su personaje extravía. La verdadera máquina de la memoria es la literatura. El lector subyugado acompaña al personaje en cada uno de sus búsquedas y naufragios. Vivir para contarla es una historia de vida pero, al mismo tiempo e inextricablemente, la historia de una literatura. Vida y literatura están unidas. A su autor los libros le suceden, las lecturas devienen acontecimientos como nos recuerda el epígrafe "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".
En este primer volumen de memorias -que habrán de ocupar otros dos- el título entrega el secreto de todas las ficciones del colombiano. La principal aventura reside en el arte de contar contiguo, de modo fatal, del arte de escuchar. El lector se ve reflejado en ese narrador que es un lector que devora todo tipo de libros, que va haciendo su escritura construyendo su mundo "piedra por piedra" en la imaginación.
La semilla está en la infancia. Los primeros capítulos comienzan con el viaje a Aracataca (Cataca) acompañando a la madre a vender la casa de los abuelos. Allí recupera los fantasmas de la niñez al encontrarse con los restos de infancia demolida, con fantasmas que mantienen intacto "el don bíblico de la narración". En el inicio está la figura del coronel Nicolás Márquez, el mítico abuelo, que le entrega su primer libro, un diccionario con un atlante colosal en el lomo donde se asienta el universo diciéndole: "Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca".
Si "más que un hogar, la casa era un pueblo" lleno de mujeres evangélicas y hombres excepcionales, el libro se transforma en una caja de magia que nos mantiene en vilo. Compartimos las zozobras de la infancia y adolescencia de pobreza, la extraña relación con su padre, el carácter de hierro de la madre, los innumerables hermanos. Nos creemos todo lo que García Márquez nos dice, borrada la línea entre realidad y ficción. El tercer capítulo comienza "Consumado el desastre de Aracataca, muerto el abuelo y extinguido lo que pudo quedar de sus poderes inciertos, quienes vivíamos de ellos estábamos a merced de las añoranzas".
Añoranzas que se convierten en la materia de su literatura y que, a esta altura, ya son las nuestras también. El aprendizaje del escritor comienza en la escuela y culmina en el encuentro con el grupo de Barranquilla y el mundo del periodismo. "Antes de eso -nos confiesa- mi vida estuvo siempre perturbada por una maraña de trampas, gambetas e ilusiones para burlar los incontables señuelos que trataban de convertirme en cualquier cosa que no fuera escritor".
En el camino está Bogotá, "una ciudad remota y lúgubre donde estaba cayendo una llovizna insomne desde principios del siglo XVI", donde vive en un estado de derrota que, como todo, será aprovechado como material de su escritura "porque no hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor". También Sucre, Cartagena de Indias, Barranquilla, todo el Caribe. El libro se cierra con el viaje a Europa y la carta de Mercedes Barcha, cuya figura se asoma a lo largo de la obra.
La lengua vibra, eternamente nueva, en las páginas del libro donde se demuestra, una vez más, la fuerza de ese territorio que es la literatura latinoamericana. Vivir para contarla renueva el vicio de leer y la felicidad de hacerlo. García Márquez cuenta su historia mientras nos la cuenta, la arma de nuevo con nuestra complicidad, la cree junto con nosotros, la disfruta con lujuria, conjura sus miedos y los nuestros con una ternura y una devoción por la vida que sólo se parece a la que siente por la literatura. "Escribir como usted escribe -le dice uno de sus amigos- sólo se explica por una buena suerte que no la derrota nadie". Leerlo como lo hacemos es una demostración de nuestra buena suerte.(c) LA GACETA







