Narraciones paralelas que confluyen en la enigmática presencia de una mujer

Por Rodolfo Modern

03 Noviembre 2002
La portada de esta nueva novela de Alina Diaconú, nacida en Rumania y plenamente integrada a la literatura argentina, luce un retrato de esa pintora art decó que fue Tamara de Lempicka. La obra pictórica, de 1927, se llamó "Jeune Fille en Vert".
Representa, en una actitud entre lánguida y misteriosa, a una elegante joven con un amplio vestido verde y una capelina blanca, cuyos pliegues muestran unas formas esculturales. Rubia, además. No sabemos si pudo servir de modelo protagónico a la autora, pero, de todos modos, se trata de una elección acertada.
El libro plantea -y resuelve- con solvencia un problema de técnica literaria. Porque la narración se desarrolla en dos planos. En uno, una novelista que declara su momentáneo estado de esterilidad creadora, encuentra en un bar a una mujer de apetitosa madurez, alta, rubia, distinguida y vestida de verde que, por su aire enigmático, despierta la curiosidad de la escritora. Utilizando la primera persona, la autora, que reconoce en la mujer a una personalidad no común, dedicará sus energías a la búsqueda de datos que le permitan reconstruir la biografía de la extraña parroquiana. El otro plano consiste en integrar el triángulo formado por dicha presencia, denominada Lucila de Camoens, su hijo, Octavio, y el amigo de este, Julián, que se convertirá en amante fugaz de Lucila. Y en París. Octavio es arqueólogo y Julián, astrónomo, lo que conjuga un impulso hacia la tierra y otro hacia el cielo. La acción transcurre en Buenos Aires, durante la realización de un Campeonato Mundial de Fútbol, y se traslada a Túnez, Atenas y París, donde se pone punto final a la acción.
Alina Diaconú hace jugar los conceptos de una realidad evasiva, cambiante, difícilmente descifrable, con los de una fantasía exploradora y ávida de experiencias que sólo la ficción es capaz de proporcionar. Y lo hace con mano experta, colocando como lema el término árabe "Metkoub", es decir, está escrito. Lo que supone un determinismo que en cierta forma se contradice en apariencia con la conclusión de la novelista, en el sentido de que deja libres a sus personajes, en persecución o siendo perseguidos por sus propios destinos.
Novelista con oficio, la autora ha dotado a su protagonista de un aura mágica (inclusive es sanadora y medio vidente) y de un interés y en encanto manifiestos, en los que la intimidad y el amor, también por el prójimo, juegan un papel relevante. Para lo cual ha utilizado una prosa fluida, culta, cuidada en general, aunque a veces se le escapa un "cualunque" que desentona en el contexto del buen castellano en que está compuesta. Y pensamos que vale la pena ocuparse, como en el caso presente, de una novela bien escrita y bien estructurada. (c) LA GACETA

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