La prosa concisa de un profesor inglés

Por Coriolano Fernández

03 Noviembre 2002
Tras verme lidiar con el verboso francés Michel Onfray, los dioses tucumanos han querido aliviarme con la prosa concisa del inglés Anthony Grayling, profesor de Filosofía en el Birkbeck College, de la Universidad de Londres.
Suele creerse que la filosofía inglesa se circunscribe al análisis del lenguaje y de la epistemología. Más no es así, la ética ocupa un lugar preferencial y viene de antigua prosapia. Es el caso de la preocupación moral del siglo XVIII, y valga el ejemplo de Anthony Ashley, tercer conde de Shaftesbury y discípulo de John Locke.
Al insertarse libremente en una larga tradición, Grayling despliega la tesis de su venerado Sócrates de que una vida sin examen no merece ser vivida.
Pese a su humanismo ateo, no vacila en ponerse bajo la advocación del clérigo Julius Hare, que en el siglo XIX escribió: "Si usted me lee para saber qué tiene que pensar, no siga leyendo, pero si está edificando sus propias opiniones y desea recibir algunos materiales, quizá este libro le sea útil".
El volumen es la recopilación de la columna semanal de Grayling en The Guardian, en su momento ilustrada por el gran dibujante Clifford Harper y ahora distribuida en tres partes, pero lamentablemente sin esas ilustraciones.
La primera parte es "Virtudes y Actitudes". Las sociedades occidentales a comienzos del siglo XXI, afirma el autor, son, en cuanto a la moral, mejores que hace un siglo; baste pensar en el Londres de la era victoriana, con sus talleres y su prostitución.
El mundo actual no está atravesando una época de inmoralidad, como suele pensarse, sino que se trata de un fenómeno diferente: hay un gran déficit de tolerancia, de cortesía, de buenos modales. Se ha quebrado ese mutuo respeto que da a los seres humanos el espacio necesario para vivir su vida en paz en sociedades pluralistas. Y paradójicamente, nuestra época, a su juicio, es moralista hasta el hartazgo y esto es negativo pues los moralistas suelen ser intolerantes.
A lo anterior se suma el análisis de otros temas, como el miedo, el coraje, la muerte, la esperanza, la prudencia, la mentira, el amor y la felicidad.
La segunda parte, "Enemigos y Falacias", se abre con la crítica del nacionalismo disfrazado de patriotismo. "Si a usted le dicen: ?vamos a mandar a su hijo a que mate al hijo del vecino?, usted protestará, furioso; pero si le dicen: ?Por el Reino y por la Reina?, usted acepta fascinado".
Critica el racismo y también el "racismo antirracista" (el movimiento del Poder Negro). Y aborda el odio, la venganza, la depresión, la profecía, el capitalismo, la obscenidad, los milagros y el cristianismo.Se detiene en las guerras y persecuciones religiosas -su crítica no puede menos que compartirse- y se declara partidario de una Moral sin Dios, para usar el título del polémico libro del obispo anglicano Richard Holloway, primado de Escocia. Pero el capítulo es pobre, porque encandilado con su ácido enfoque de las religiones, Grayling no repara en que para captar el sentido profundo de la religiosidad y de lo sagrado no hace falta adherirse a una religión; lo que hace falta es conocer la fenomenología de la religión.
En la última parte, "Amenidades y Bienes", reaparece el mejor Grayling, el gozador de la vida sencilla: trata sobre la razón, el arte, la educación, la salud, la lectura, la memoria, el ocio, la privacidad, los regalos (cita un aforismo de Antonio Porchia: "Sé lo que te di, pero no sé lo que has recibido"). Y cierra el libro con "Menudencias" una apología de las cosas pequeñas.
Debemos vivir, escribe, como si fuéramos viajeros curiosos en busca de lo extraño y pequeño de las cosas, poder así verlas como nuevas, y esto es el mejor antídoto contra la anestesiante influencia de los mass media. Evoca a José Ortega y Gasset, cuando apuntaba que, para quienes las cosas pequeñas no existen, lo grande no es grande. ¿Por qué? Porque no tienen sentido de la proporción.
La traducción de Carlos Schröder se pliega demasiado al criterio literal. (c) LA GACETA

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