Combatiente que tenía el aire de un Cristo rumbero

Por Angel Anaya

03 Noviembre 2002
Camilo Cienfuegos, un joven guerrillero de negra barba y larga melena que tenía el aire de un Cristo rumbero, alegre, sonriente, sencillo, sin aires de grandeza, de palabra vibrante y breve, describe su biógrafo recordando aquella mañana espléndida de enero del 59, en La Habana. Carlos Franqui, un cronista imprescindible de la revolución cubana, con largo currículo y experiencia profunda sobre la mutación de un sueño de libertad que despertó en la más larga dictadura, hace de ese muchacho un referente certero de la frustración que muchos pagaron con la muerte, cuando no con el cautiverio. Cienfuegos, con 27 años y un perfil legendario, fue designado jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde, cargo que en la escala jerárquica lo convirtió en el tercer hombre de la revolución de Sierra Maestra y en el personaje más convocante en adhesiones entre las plurales multitudes habaneras. Eran los días de festejos por la libertad tras la caída del dictador Fulgencio Batista, cuando la sociedad cubana imaginaba que comenzaba, por fin, a construir la democracia.
Señala Franqui que si se indaga a un centenar de personajes máximos de la revolución, se advierte que la mayoría de ellos procedía de familias latifundistas ricas, como Fidel y Raúl Castro, o de la clase media, siendo muy pocos los de origen campesino humilde, o los que provenían de familias pobres. Entre estos últimos, llamativamente, estaba Cienfuegos, un personaje impulsivo pero con futuro acotado por el proyecto marxista que, con el impulso intransigente y tenaz de Raúl Castro y de Ernesto Che Guevara, se desarrollaba a la sombra de Fidel.
El autor de esta biografía, o mejor, de esta historia crítica de la más rotunda y perdurable dictadura latinoamericana, detalla con minuciosidad las estratégicas etapas de aislamiento que imperceptiblemente se van cumpliendo durante poco menos de un año, tras la victoria revolucionaria de la libertad, para alejar de los resortes del poder a Cienfuegos y a otras figuras. En ese sentido, un prolijo relato de la última reunión que aquel mantuvo con Fidel, es el testimonio altamente revelador del momento en que ambos, Castro y Cienfuegos, anticipan un enfrentamiento al que pocos días después seguiría el vuelo hacia la muerte de Camilo, ya relevado, por Raúl, de la jefatura del Estado Mayor Militar de la Revolución.
Relata Franqui con lujo de testimonios las dualidades del jefe de la revolución, tan sinuoso que hasta el propio Cienfuegos no advierte, atrapado en el prolongado festejo de la sociedad cubana, la maniobra que se está consumando a la sombra de aquel. Castro demuestra en eso una maestría política excepcional cuando sofoca las exteriorizaciones marxistas de su hermano y del Che, para llevar a cabo previa y disimuladamente la toma de los resortes del Estado y de la vida pública, de tal forma que el poder no halle oposiciones peligrosas al momento de poner fin a la ilusión de los reformistas.
En medio de esa consumación de etapas, Camilo Cienfuegos desaparece en un vuelo entre Camagüey y La Habana, fuertemente sospechado por una serie de coincidencias excepcionales que abonan las sospechas de Franqui.
Es el momento en que el destino totalitario de la Revolución de Sierra Maestra se consuma y Fidel abandona las dualidades, sometiendo a la múltiple sociedad cubana al poderoso aparato aceitado con Moscú, y anunciando la revolución marxista leninista, a la vez que confiesa que ocultó esa meta por razones tácticas. (c) LA GACETA

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