
De causas...
Los argentinos nos encontramos, una vez más, ante una crisis de amplias proporciones y, todavía, imprevisibles consecuencias. Su análisis admite distintas causalidades y, por ello, diagnósticos. Causalidades que van desde cuestiones culturales hasta económicas, pasando por las políticas, institucionales y hasta de recursos humanos, podrían explicar diferentes aspectos de lo que estamos viviendo. Valores, costumbres, instituciones, liderazgos, gastos ilimitados, "corralitos", pueden ser tomados como variables independientes, aunque también confluyentes, para explicar partes o el todo de lo que estamos experimentando -y percibimos que experimentamos-.
Aunque discutible, es razonable pensar que las decisiones económicas de fines del año pasado y principios de este han tenido un efecto decisivo en nuestra situación y, por sobre todo, en la percepción de lo que vivimos. Entre otras cosas, ha despertado lógicas iras y resentimientos, aunque de manera casi unánime y exclusiva, contra nuestros gobernantes. Y al calor de los bien llamados "bachilleres de la patria locutora, en su negocio de corrupción y derrotismo." (Abel Posse, LA GACETA Literaria, 14/7/02).
De algún modo, lo económico hizo patente reales debilidades culturales, políticas e institucionales. Pero una suerte de lógica urgencia por encontrar responsables del caos nos llevó a localizar a los culpables, en lo supuestamente "extraño" a nosotros, al modo de Adán en el Paraíso: "no fui yo, Señor, sino la mujer que tú me diste como compañera". El problema es que, en democracia, la "compañera" que nos gobierna no la elige Dios, sino cada uno de nosotros. Y no es "extraña", sino, por el contrario, surgida de nuestras propias entrañas... como Eva.
En efecto, hay muchas debilidades, y muchas de ellas son culturales, institucionales y políticas. Sin embargo, no son nuevas ni exclusivas de los argentinos. La dificultad para vivir de acuerdo con las normas establecidas, la falta de participación, la corrupción, la crisis de representatividad y muchas otras más, se verifican, en distintos grados y con diferentes acentos, en muchas otras latitudes y, entre nosotros, desde hace bastante tiempo. Algo que nos distingue de los ciudadanos norteamericanos, cuyos votantes no superan el 50% en las elecciones nacionales, no es que allí no haya corrupción, aunque en grado seguramente menor, sino su certeza de que esta será castigada. Como lo comprobaron, en lo más alto de la cima, Richard Nixon y, por motivos ciertamente diferentes, Bill Clinton. Y en este orden de cosas, ¿hay acaso buenos motivos para pensar que Brasil, Méjico, Polonia o Corea posean desarrollos culturales o institucionales mucho más altos que los nuestros?
Entre nosotros mismos, y sin recurrir a nuestra "rica" historia del siglo pasado tampoco parece seguro afirmar que en el último año hubo más corrupción, falta de participación o anomia colectiva en Argentina que a principios de la década pasada. Pero es posible que en aquella época nos contentaran mucho más los beneficios económicos que nos reportaba individualmente el "Primer Mundo" que los costos colectivos de la desocupación, la pobreza y la corrupción. Como muchos otros seres humanos del planeta, actuamos -y elegimos a nuestros gobernantes- por motivos egoístas, materiales y de corto plazo. La eventual consecuencia es que, sin contrapesos morales y límites legales, como prevenía Montesquieu, "el tesoro público se convierte en patrimonio de los particulares. La República es un despojo y su fuerza ya no es más que el poder de algunos ciudadanos y la licencia de todos".
También debemos cotejar empíricamente supuestas debilidades. Como aquella de la que deviene la exigencia de renovación absoluta de todos los cargos políticos. Desde 1983 a esta parte, el porcentaje de congresales nuevos en cada renovación legislativa nacional ha variado entre el 40 y el 50%. Lo cual no es poco en comparación con el 15-20% que caracteriza a los países desarrollados. En la misma provincia de Tucumán, desde la Constitución de 1990, se han renovado todos los cargos legislativos, por imposición de un mecanismo institucional que no permite su reelección inmediata. Y en este caso, cuando pudieron volver a presentarse, luego del intervalo de un período, se reeligió solamente a tres legisladores que ya habían ocupado bancas previamente. Dicho de otra manera, el 93% de los elegidos fueron nuevos. Un poco más cerca, en octubre de 2002, elegíamos una amplia renovación de diputados y senadores -los mismos que dos meses más tarde pedíamos "que se vayan"-.
Algo similar se puede observar entre los partidos políticos. La Ucedé en los 80 y el Frepaso en los 90, en el ámbito nacional, y Fuerza Republicana en el provincial, reflejaron alternativas políticas nuevas y que efectivamente llegaron al poder por elección ciudadana. En este sentido, el proceso político argentino a partir de 1983 ha respondido a características básicas de lo que en la teoría política contemporánea (Dahl, Bobbio, Linz, entre otros) se define como sistema democrático: elecciones abiertas y regulares, alternativas y competencia electoral, alternancia partidaria en el gobierno.
...a gestos e instituciones
Cualquiera sea la debilidad que uno finalmente destaque, uno de los efectos más devastadores de la crisis actual radica en la destrucción de la confianza que se ha producido. Por sobre todo, en el ordenamiento económico-jurídico y en el pacto político entre gobernantes y gobernados. Lo primero no sólo mina las interacciones y las inversiones posibles de los grandes actores económicos, sino que también ha amenazado el futuro de miles de pequeños ahorristas, creando una de las mayores amenazas al desarrollo de cualquier sociedad: incertidumbre sobre el corto y el largo plazo. Las medidas de política económica que permitan salir de esta situación y recuperar la credibilidad son sumamente complejas y de difícil consenso. Una prueba de ello está en las conclusiones de la Mesa del Diálogo Argentino, que ha destacado el área de los temas económicos como aquella donde ha encontrado mayor desacuerdo y diferencias de soluciones para la actual crisis del país.
La recreación de la confianza entre gobernantes y gobernados no parece un tema menos complejo y delicado. Por lo pronto, el acierto o desacierto en las medidas de política económica actuará de manera permanente como una suerte de clima general que distenderá o no los ánimos hacia nuestros gobernantes.
En cualquier caso, la real crisis de representatividad política actual requiere sin duda alguna el perfeccionamiento de nuestras instituciones políticas. Posiblemente menos de lo que muchos grupos y ciudadanos desean, pero seguramente más de lo que algunos políticos están dispuestos a conceder. En este sentido, la misma Mesa del Diálogo Argentino ha mostrado importantes coincidencias sociales a este respecto. Y constituyen, por ello, un punto focal y de partida insoslayable.Un paso quizás inevitable serán los gestos: desprendimiento, grandeza, cierto desapego por lo individual en pos del bien común por parte de aquellos que hoy ejercen la función pública y los cargos políticos. Y también de aquellos a quienes el calor del hogar y cierto desarrollo profesional nos han asegurado algún cobijo en medio de la tempestad.
Pero aun si logramos hacer converger, de lo viejo y de lo nuevo, a aquellos "que posean la mayor capacidad para discernir y la mayor virtud para perseguir el bien común", al decir de Madison, quedará todavía el arduo camino de "tomar las más efectivas precauciones para que se mantengan virtuosos mientras sigan siendo depositarios de la confianza pública". En política, esto no es sino el camino de los mecanismos institucionales y reglas de juego que ordenan los intereses, siempre dispares y conflictivos, y regulan las pasiones, de los gobernantes y de los gobernados.
En general, los teóricos políticos, incluidos nuestros padres fundadores, no creyeron que los diseños institucionales podían descansar únicamente sobre la virtud de los gobernantes y sus ambiciones prudentes y medidas. "¡Quién lo diría! La misma virtud necesita límites. Para que no se abuse del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder", exclamaba Montesquieu. Por esto, uno de los desafíos mayores para el perfeccionamiento de nuestras instituciones radica en los mecanismos de control horizontal entre los mismos ámbitos desde los que se ejerce la acción gubernamental: la separación de poderes; la supervisión de la administración pública; las agencias de administración independientes la descentralización de las decisiones.
Algo similar refleja la historia de la teoría política respecto no ya de los que ejercen el poder, sino del pueblo mismo. Según Madison y Tocqueville, esta preocupación casi obsesiva se refería no sólo a la eventual tiranía de las mayorías contra las minorías, sino a las pasiones mismas de esa mayoría deseando hoy algo distinto de lo que quería ayer. Los intervalos electorales, la duración de los mandatos, los mecanismos de reelección son parte de una búsqueda constitucional no sólo para equilibrar las ambiciones de aquellos que ocupan el poder o las eventuales mayorías legislativas, sino también -y en particular- para regular las pasiones de un mismo pueblo en el tiempo respectivo de sus propias preferencias. A la hora de eventuales rediseños constitucionales y electorales, y en el contexto de tantos ánimos polarizados, aquellas "obsesiones" experimentadas constituyen un buen recordatorio.
¿Serán suficientes los gestos y los refinamientos institucionales? Madison diría que, por lo menos, ello es una condición necesaria. Montesquieu, en la línea de Platón y Aristóteles, apostaría a algo más, implicando a todos y a cada uno de los miembros de la sociedad: "en el gobierno republicano se necesita de todo el poder de la educación... Se puede definir la virtud (en este tipo de gobierno) como el amor a las leyes y a la patria. Dicho amor requiere una preferencia continua del interés público sobre el interés de cada cual; todas las demás virtudes vienen dadas por añadidura. Este amor afecta especialmente a las democracias. Sólo en ellas se confía el gobierno a cada ciudadano. Ahora bien, el gobierno es como todo el mundo: para conservarlo hay que amarlo... Hay un medio seguro para que los niños puedan adquirirlo y es que sus propios padres lo posean. Cada uno es dueño de dar a sus hijos los conocimientos que tenga, pero más aún de darles sus pasiones. Si esto no ocurre, es que lo que se hizo en la casa paterna fue destruido por las impresiones exteriores. Un pueblo naciente no degenera; sólo se pierde cuando los hombres hechos se corrompen."
Más allá de una u otra diferencia conceptual, la historia por construir seguramente requerirá de las columnas provistas tanto por las instituciones republicanas como por la virtud democrática y de los esfuerzos conjuntos tanto de gobernantes como de gobernados. Para los argentinos, tan acostumbrados a los ensueños de la gloria y los arrebatos de la desazón, a las tentaciones de lo inmediato y la facilidad de lo absoluto, no es poco desafío.(c) LA GACETA
* Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Chicago.







