
Tal extremo desastre concluyó la era, de una década de duración, de reforma neoliberal en Argentina. Carlos Menem se convirtió en adepto a esta doctrina en un momento particularmente oportuno. Poco tiempo después de su llegada al poder, el Consenso de Washington de 1990 aportó una definición formal al credo neoliberal, el cual tomó forma en el FMI y el Banco Mundial para luego ser impuesto al mundo en vías de desarrollo con renovado vigor (1). En este punto, aparecieron fortuitamente los recursos para llevar a cabo una revolución neoliberal en la Argentina. Cuando Estados Unidos cayó en la pronunciada recesión de principios de los 90, los capitales volaron afuera en busca de mercados emergentes. Las tasas de interés permanecieron bajas hasta fines de 1994. La era de bajas tasas de interés americanas demarcó exactamente la duración del "boom" ocurrido bajo el gobierno de Menem. (2).
La mágica transición ocurrió en 1991.
Coincidió con un flujo de inversiones extranjeras, la estabilización de los gastos gubernamentales y el resultante freno a la inflación. A principios de los 90 la Argentina se convirtió en el cuarto mayor receptáculo de fondos extranjeros del mundo. El flujo entrante ascendió de U$S 3.200 millones en 1991 a 11.000 en 1992 y a 10.700 en 1993. De aquí en adelante, el país se convirtió en modelo del neoliberalismo y muestra ejemplar de la globalización. Cavallo creó el más grande "boom" económico en la Argentina desde 1880 y la mayor debacle económica desde la crisis de 1890, que muestra algunas similitudes con el colapso de 2001-2002. En ambos casos el gobierno argentino usó la política monetaria para crear un "inflado boom" económico que finalmente colapsó. En ambas ocasiones la cesación del pago de la deuda y la depresión económica siguieron al cese de las inversiones extranjeras. A mediados de la década de 1890 tres condiciones facilitaron la recuperación. En primer lugar, un peso devaluado restableció la balanza de pagos al estimular las exportaciones y restringir las importaciones. Segundo, el gobierno negoció una moratoria de la deuda con acreedores británicos. En tercer lugar el régimen conservador liderado por el PAN (Partido Autonomista Nacional) consiguió unidad y restableció el orden. A mediados de 2002 Argentina había fallado en reproducir cualquiera de estos puntos. Hasta entonces, las exportaciones permanecían estancadas, los acreedores extranjeros se mantenían inflexibles y el régimen político perpetuaba la inestabilidad. El gran contraste entre 1890 y la situación actual depende de condiciones del mercado externo; particularmente en relación con la demanda de productos argentinos en Europa Occidental, consistente en el período anterior pero escasa en el más reciente.
La convertibilidad
El rasgo cuestionable de la convertibilidad reside en el intento de prolongar su permanencia. Los expertos, incluyendo algunos de los americanos neoliberales más extremos, reconocían el valor de la convertibilidad como arma contra la hiperinflación, pero respaldaban una tasa de cambio flotante como política a largo plazo. La convertibilidad puso al país en camino hacia el colapso cuando el ciclo económico se invirtió, pero en la Argentina nadie pareció preocuparse. El consenso sobre la convertibilidad era amplísimo.
En diciembre de 1994 las bruscamente crecientes tasas de interés americanas precipitaron la crisis financiera y la devaluación en Méjico. Seguidamente a la devaluación del peso mejicano, la popularidad de los mercados emergentes se hundió junto con los suministros de fondos externos. El capital comenzó a abandonar América Latina. En Méjico los economistas concluyeron que el gobierno mejicano había cometido un grave error en 1994 al sostener fija la tasa de cambio cuando el peso estaba sobrevaluado. Dichos economistas afirmaron que el inevitable resultado era una dolorosa devaluación que el gobierno debería haber llevado a cabo provisoriamente largo tiempo atrás. (3).
Siguiendo la lección de Méjico, la Argentina bien podría haber considerado una devaluación preventiva. El peso argentino también estaba sobrevaluado en muchos mercados externos. Las condiciones se tornaron crecientemente desfavorables desde principios de 1996, ante el intempestivo crecimiento del dólar americano. La Argentina tenía muchos y diversos problemas. Fundamentalmente el cese en el flujo de capitales extranjeros. Segundo, el incremento del dólar intensificó el impacto negativo sobre los decrecientes precios de los productos de exportación argentinos en los mercados europeos. Tercero, el mercado brasileño, que había sido el salvador de la Argentina, comenzó a contraerse. Predeciblemente, una crisis ligada a la deuda externa amenazaba a la Argentina. Cuando Brasil devaluó, a principios de 1999, parecía imperativo que la Argentina lo siguiera para evitar el complejo colapso del comercio exterior y el severísimo impacto de la deflación. Si la economía colapsaba, la devaluación ocurriría de cualquier manera. James Tobin, un economista liberal americano, advirtió que el mejor momento para devaluar es "cuando el sol aún brilla y no en medio de la tormenta". A este argumento se respondía con intensa hostilidad en Argentina. Ello reflejaba la inmensa presión de sostener la convertibilidad para proteger a ahorristas y a deudores. El capital comenzó a salir de la Argentina. Para noviembre de 2000 la amenaza del default se cernía sobre el país y la deflación se agudizaba. En este punto el gobierno se volvió desesperadamente hacia el FMI en busca de asistencia de emergencia. En esta coyuntura el FMI podría haber jugado un rol positivo y constructivo. Podría haber provisto la ayuda financiera necesaria, pero permitió una moratoria sobre el pago de la deuda externa. Podría haber aconsejado a la Argentina que dejara flotar el peso usando las reservas para minimizar la devaluación y disminuir la fuga de capitales.
A fines de 2000, el FMI otorgó a la Argentina un enorme préstamo de casi U$S 40.000 millones, que mantuvo a flote a De la Rúa pero exigiéndole que intensificara políticas fiscales conservadoras. El canje representaba lo peor que el FMI podía ofrecer. U$S 40.000 millones representaban un gigante aumento en la deuda externa argentina, mientras que el FMI no ofrecía nada que ayudara a la Argentina a reactivar el crecimiento económico. El dinero fue simplemente tirado; o, habiendo alimentado a los bancos, inició la fuga de capitales. Más austeridad, como recomendaba el FMI, sólo sirvió para acentuar los malignos efectos de la deflación. Profundizó la recesión e incrementó las posibilidades del eventual default.
El desenlace
A mediados de 2001 los depositantes vaciaban las cuentas bancarias y las cajas de seguridad. Al poco tiempo el FMI garantizó otro préstamo de U$S 8.000 millones a condición de que el gobierno alcanzara el déficit cero. Este préstamo sólo sirvió para posponer la caída del gobierno. Los retiros alcanzaron los $ 500 millones diarios a fines de noviembre y ascendieron a 1.000 a principios de diciembre. El final llegó cuando el FMI rehusó más préstamos y Cavallo instituyó el corralito.
Los analistas habían pronosticado el quiebre durante meses. El apoyo a De la Rúa se desvaneció. Su administración pretendió infructuosamente salvar la convertibilidad. La deflación provocó una interminable y fútil lucha para eliminar el déficit fiscal. Los grandes déficits provinciales en parte resultaron del crecimiento del empleo público en los últimos años de la década del 90. La tendencia indicaba más que corrupción e ineficiencia, como alegaban los críticos. Estos pasaron por alto el nexo entre el ascenso en el empleo público provincial y el impacto de la reforma neoliberal. A fines de los 90, el primero apareció como compensación parcial por la abolición de las corporaciones estatales. Sin gastos públicos compensatorios, la democracia en la Argentina perdería sus ya delgadas bases. El neoliberalismo, bajo la forma prescripta por el FMI, corría el riesgo de causar el retorno de la dictadura.
En la Argentina los primeros años de la década del 90 se asemejaron a épocas anteriores de efímeros y ficticios "booms" en América Latina, creados por el influjo de capitales internacionales. La inversión extranjera creó una impresión de prosperidad pero la ilusión se desvaneció en cuanto el flujo de capitales cesó. A fines de los 90 la Argentina podría haber evitado los peores efectos de la deflación devaluando a tiempo, pero la gran coalición que apoyaba la convertibilidad cerró de antemano esa opción. La deflación sostenida posteriormente por el FMI resultó la peor opción posible. Hoy, los principales objetivos incluyen diversificar la producción, conseguir acceso a los mercados y derrotar el desempleo estructural. El simple remedio para el excesivo empleo estatal reside en el crecimiento económico, el cual también representa el único camino para consolidar la democracia y eliminar el fantasma de la dictadura. (Traducción del original en inglés de Cecilia González). (c) LA GACETA
NOTAS:
1) Robert Solomon, Money on the Move. The Revolution in International Finance since 1980 (Princeton, 1999).
2) Ver Pablo Bustos, Más allá de la estabilidad (Buenos Aires, 1995).
3) Solomon, cit.
* Profesor de Historia Latinoamericana de la Universidad de California, PhD de la Universidad de Cambridge. Su último libro es Latin America in the 1940s. War and Post War Transitions. (University of California Press). En nuestro país fue recientemente publicado Historia de la Argentina, del cual es coautor junto a John Lynch, Roberto Cortés Conde, Ezequiel Gallo, Juan Carlos Torre y Liliana de Riz (Crítica, 2002).







