Un autor que se mete a fondo con lo más sagrado de la sagrada argentinidad

Todas sus semblanzas resisten la saludable prueba del claroscuro.

27 Octubre 2002
Marcelo A. Moreno no se anda con chiquitas. Se mete, a fondo, con lo más sagrado de la sagrada argentinidad. Entre otras cosas, Eva Perón es una "histérica"; el "Che" Guevara, "un chico de clase alta con una obsesión neurótica cruel y fundamentalista"; Gardel, un "narcisista pleno"; Perón, "el verdadero Fidel Pintos de la política", y San Martín, "un milicote reglamentarista". No se salvan ni la pareja ("Aceptamos dormir noche a noche con el asesino de nuestros sueños"), ni el mismísimo Señor ("Nada elogia más a la mentira, a su efectividad y éxito perdurable como la idea de Dios"), aunque, hilando fino, salen indemnes Manuel Belgrano y Raúl Alfonsín, cuya gestión como presidente merece la curiosa defensa de su política económica.
Pero sería injusto sugerir que Moreno es un señor necesitado de fama barata, que la procura tirando bombas y definiciones al revoleo. Todas y cada una de sus semblanzas, hasta las menos felices, resisten la saludable prueba de los claroscuros. Y algunos de los ensayos que componen el texto son, sencillamente, brillantes. Por ejemplo, "Vidas paralelas: Dorrego y Lavalle", "La síntesis trágica de Lugones" y "¿Enseñar?", imperdible lupa vivencial sobre la naturaleza del ejercicio periodístico.
"Contra los argentinos", sin embargo, es uno de los más polémicos, pero también uno de los menos ajustados. Lo que pretende ser una descarnada visión del "argentino medio" es, en realidad, una forzada generalización de medio argentino o, en todo caso, más allá de beneficios de replicancia, una pintura de eso que el antropólogo Néstor García Canclini designa como "la Argentina blanca y porteña".
De antemano, tal vez para sentirse a salvo de eventuales imputaciones de maniqueo, Moreno sostiene que ser argentino "no infiere una desgracia automática ni constituye una felicidad específica". Subrayada la complejidad del tema, enumerados hábitos y rasgos que lo convierten en sujeto y objeto de las reflexiones que componen Contra los argentinos, invita a abismarse en "las páginas que siguen y quieren no aburrir". Así termina la introducción.
Y no, de aburrirse, ni hablar. Entretener, entretiene, porque es rico, provocador, riguroso en su cadena argumentativa, potente en su adjetivación (lúcida, y cuando no certera, y cuando no ocurrente), y está escrito con un buen gusto a tono con los paladares más exigentes. Pero, además, formula y desarrolla unas cuantas ideas atrayentes, si no para desentrañar el enigma de la argentinidad, al menos para transitarlo ligeros de equipaje, menos crispados y, por qué no, un poco más avisados.

(c) LA GACETA

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