La tragedia de los "vivos" es que deben enfrentar su fracaso

Una estafa de 200 millones de dólares al fisco argentino y un fraude aduanero por 1.000 millones a EE. UU.

27 Octubre 2002
Enrique Piana es el protagonista de esta biografía, de una estafa de 200 millones de dólares al fisco argentino y de un fraude aduanero contra los EE.UU. por otros 1.000 millones, que lo convirtieron en el paradigma de la viveza criolla. El periodista Sergio Ciancaglini, coautor de este libro, fue convocado por Piana para brindarle una estructura narrativa a su historia; la de un chico del Barrio Norte de Buenos Aires, de clase media acomodada, heredero de una empresa próspera (la tradicional casa Piana, dedicada a la venta de medallas de oro) y de la avidez que destiló la década menemista, que se tradujo en variadas trapisondas y en el estilo de vida cínico y frívolo que caracterizó a esa era. En 1992 Piana se enteró de que un joyero chileno quería comprarle medallas con la imagen de la Virgen María. El hijo de un despachante de aduana le explicó los mecanismos para concretar la operación y le aclaró que debía cobrar reintegros que el Estado argentino pagaba por este tipo de negocios para fomentar las exportaciones auríferas. A través de la venta de sus medallas "milagrosas", Piana descubriría su propia fórmula alquímica para convertir su "viveza" en oro. Montó una "calesita" internacional: se asoció con empresas que compraban oro de Suiza (al banco Credit Suisse) y él se encargaba de transformarlo en medallas que exportaba a Handy & Harman (sus socios norteamericanos). H&H recibía las medallas, las fundía, las convertía en lingotes y los vendía a Suiza. Y así el circuito se repetía con un mismo stock de oro. Mientras tanto, se cobraban los reintegros, que llegaron a constituir un 12% de los montos declarados. Como el proceso era extremadamente sencillo, Piana comenzó a exportar metales sin valor, en lugar de oro. Su empresa cobró 20 millones de dólares en concepto de reintegros.
Para resguardar sus operaciones simuladas, "fruto de desarrollos creativos" (sic), Piana debió sobornar a funcionarios aduaneros y, según afirma, a numerosos allegados al menemismo. Resultan involucrados el ex secretario de la presidencia Alberto Kohan -a quien Piana dice haberle entregado 300.000 dólares- y los ex subsecretarios de Relaciones Económicas y de Cooperación Internacional de la Cancillería, Jorge Campbell y Marcelo Avogadro.
Los frutos inmediatos de sus maniobras se transformaron en fastuosas cenas a bordo de barcos en el Sena o en "La Tour d?Argent", habanos "Montecristo", autos BMW y una mansión, mirando al Río de la Plata, de un millón y medio de dólares. El destino del autoproclamado "rey de los vivos" no fue muy distinto del que hoy enfrenta su reino. Terminó quebrado y en el abismo. Fue detenido en Estados Unidos y luego extraditado a nuestro país, donde enfrenta un proceso por asociación ilícita.
El ataque a la hermana del fiscal Lanusse, quien investigaba en la causa, por unos desconocidos que la obligaron a inscribirse con una gillette la palabra "oro" en la frente, y las hipótesis periodísticas que señalan que el "caso del oro" podría encubrir un enorme lavado de dinero y que tendría como a uno de sus protagonistas a Emir Yoma, terminan de agregar los componentes a esta trama que supera a las de los thrillers de John Grisham. Las contradicciones de Piana y las lagunas de su libro apoyan la tesis que afirma que "el jefe de la mafia del oro" sería sólo un chivo expiatorio para encubrir a los responsables de un negociado de proporciones faraónicas.
En una nota publicada en el diario "La Nación", hace más de 20 años, Marco Denevi decía que la viveza se encuentra a mitad de camino entre la inteligencia y la estupidez. "Comparte con la inteligencia el dinamismo mental y, con la estupidez, la incapacidad de encontrar la solución a un problema". La viveza se mueve, decía Denevi, pero no para encontrar la solución del problema, como la inteligencia, sino para desviar sus efectos y, en lo posible, obtener ventajas de ellos. Esa dinámica genera la acumulación de problemas que, naturalmente, se van multiplicando hasta que, después de un cierto tiempo y por su propio peso, estallan. Ahí es cuando el "vivo" pierde su fachada de inteligente y se transforma en el mayor de los estúpidos.
Los dirigentes corruptos del primer mundo, en general, captaron los límites del ejercicio de la viveza, que no es patrimonio exclusivo de los argentinos, como muchos creen; lo mismo sucedió con los empresarios deshonestos y los mafiosos de los Estados Unidos, que no pusieron en riesgo el sistema que les permitía desarrollarse, sino que, incluso en los momentos más álgidos, lo defendieron. Esa es la lección que no aprendieron Piana, ni muchos de nuestros dirigentes, ni gran parte de la sociedad argentina. La tragedia de los vivos es que, a diferencia de los estúpidos, deben enfrentar su fracaso.

(c) LA GACETA

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