El mito entre la santidad y el látigo

Intento de desentrañar un perfil.

20 Octubre 2002
El cincuentenario de la muerte de Eva Perón ha sido una ocasión máxima para incursionar en el mito, el bueno y el malo, sin el cual su personalidad real difícilmente habría podido someterse a las reglas de la historia. Marysa Navarro y sus compañeros en la aventura -Ana María Amar Sánchez, Nina Gerassi-Navarro y Andrés Avellaneda- recorren ese largo camino con destinos múltiples y prolija investigación, por el que Evita aparece o se esfuma irritando alternativamente a santificadores y a depredadores. Desde la Dama de la Esperanza a la Mujer del Látigo -como el "Che" Guevara-, el personaje muestra una dimensión típicamente argentina, sin que su gravitación en la política alcance, ni remotamente, el peso específico que la imaginación le confiere, más allá del populismo vernáculo, hasta integrarse en los contradictorios mitos universales del siglo veinte.
Consecuentemente, las ideas de Evita no ocupan espacio significativo en estas investigaciones -tampoco se lo proponen mayormente- con extensa bibliografía local y llamativamente anglosajona, donde la literatura, el cine y el espectáculo musical hallan frondosos recursos que pueden ofender a tirios y a troyanos, cautivos de su santidad o de su desprecio, pero que han sido generados por aquel debate de intransigencias del medio siglo. Como todo mito, el de Eva Perón tiene también más de fantasía que de realismo, y es por ello que muy buena parte de los hechos y circunstancias que lo alumbran con perduración son frutos de la devoción apasionada o del rencor del odio. Lo que no consiguen los investigadores es explicar cómo con tan débiles testimonios la mitología de Evita perdura a cincuenta años de su muerte y a pesar de la indiferencia de generaciones iconoclastas que expresan en la cultura pop creencias y aflicciones tan diversas.Ese excluyente perfil mítico conferido por la muerte -joven y en el apogeo de los balcones sobre las multitudes-, se agiganta con el error de sus enemigos, al ocultar su cadáver sin advertir que no se trata de un sujeto histórico convencional, sino de una metáfora política que sus adoradores asumirían para explicar lo más indescifrable de la realidad argentina, es decir, la difícil relación entre la sociedad y el poder.
(c) LA GACETA

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