20 Octubre 2002 Seguir en 

Stiglitz logra que sus ideas sean accesibles al público. Cuenta sus experiencias como economista jefe y vicepresidente senior en el Banco Mundial entre 1997 y 2000. Concibe la globalización como la supresión de barreras al libre comercio y como la integración de las economías nacionales; opina que puede ser una fuerza benéfica en la medida en que ayude al enriquecimiento de todos, en especial, de los países pobres. El autor rememora que al acceder al cargo de asesor económico de Clinton -cuando era el presidente de los EE.UU.- y luego en el Banco Mundial, se sorprendió al advertir que la ideología y la política prevalecían al momento de tomar decisiones sobre aquellas pautas.
El premio Nobel de Economía 2001 sabe que los mercados no operan en forma perfecta, como lo suponen los modelos simplistas. Las asimetrías en materia económica, que se presentan en casos donde hay diferencias de información entre los distintos agentes (trabajador y empleador, prestamista y prestatario, asegurador y asegurado, etc.), deberían dar lugar, a su entender, a teorías más realistas sobre los mercados laborales y financieros que expliquen por qué existe el desempleo y por qué quienes necesitan más crédito son los que no lo obtienen. Stiglitz critica las políticas del FMI basadas en el supuesto de que los mercados generan por sí mismos resultados eficientes y son refractarios a la intervención de los gobiernos en ellos, siendo que esa intervención estatal muchas veces es deseable y beneficiosa. Sostiene que el rol del Estado en el desarrollo, en el manejo de crisis y en las transiciones no puede soslayarse.
La información hace a la transparencia; por ello califica de hipócrita la actitud del FMI y del Tesoro de los EE.UU. en el manejo de la crisis del este asiático, por la ausencia de transparencia y publicidad en la actuación del organismo. Afirma que el Estado y el mercado son complementarios, sin ignorar que el primero no puede resolver todas las fallas del segundo, ni a la inversa; por lo que en ciertas áreas, como la salud, la desigualdad estructural o el desempleo, el Estado debe asumir un rol importante. En el libro se afirma que hay que "reinventar" la Administración haciendo al Estado eficiente y sensible. El autor señala que cuando quiso aplicar sus ideas en materia de políticas internacional se encontró con que el FMI se opuso en forma dogmática; dogmatismo que aparentaba velar por intereses creados, corporativos y financieros. Analiza, concienzudamente, cómo las políticas del FMI y del Tesoro de EE.UU. condujeron a la crisis del este asiático y cómo las políticas contractivas, de altas tasas de interés, llevaron al mundo al borde de un colapso global. Cuenta cómo las recetas del FMI perdieron a Rusia, ya que este país durante el decenio del 90 al 2000 tuvo una caída en su PBI del 54%, aplicando un programa de estabilización/liberalización/privatización, que no es un programa de crecimiento. Por el contrario, afirma, se sentaron las bases de la decadencia. La contrapartida fue China, que no siguió los consejos del Fondo y que tenía al comienzo de la década un PBI notablemente inferior al ruso y que hoy lo supera ampliamente.
Stiglitz explica qué le ocurrió a la Argentina por seguir esas políticas y cómo el Fondo utiliza la técnica de justificar sus errores adjudicando la culpa a los gobernantes de los países donde se siguen sus recetas. Cree firmemente que no existe capitalismo sin que exista la bancarrota; pretender, como lo hace el FMI, crear un sistema donde el prestamista no asume riesgos es ir contra un requisito fundamental de la economía capitalista. En ese sentido, hoy observamos que en la reunión anual de Washington, que se desarrolló a fines de setiembre, se puso sobre el tapete el tema de que los países puedan caer en concurso, además de que se replantearon las políticas que el Fondo desarrolla.
En definitiva: un libro clarificador sobre las cosas que nos ocurren y de cuya lectura no se puede prescindir.
(c) LA GACETA
El premio Nobel de Economía 2001 sabe que los mercados no operan en forma perfecta, como lo suponen los modelos simplistas. Las asimetrías en materia económica, que se presentan en casos donde hay diferencias de información entre los distintos agentes (trabajador y empleador, prestamista y prestatario, asegurador y asegurado, etc.), deberían dar lugar, a su entender, a teorías más realistas sobre los mercados laborales y financieros que expliquen por qué existe el desempleo y por qué quienes necesitan más crédito son los que no lo obtienen. Stiglitz critica las políticas del FMI basadas en el supuesto de que los mercados generan por sí mismos resultados eficientes y son refractarios a la intervención de los gobiernos en ellos, siendo que esa intervención estatal muchas veces es deseable y beneficiosa. Sostiene que el rol del Estado en el desarrollo, en el manejo de crisis y en las transiciones no puede soslayarse.
La información hace a la transparencia; por ello califica de hipócrita la actitud del FMI y del Tesoro de los EE.UU. en el manejo de la crisis del este asiático, por la ausencia de transparencia y publicidad en la actuación del organismo. Afirma que el Estado y el mercado son complementarios, sin ignorar que el primero no puede resolver todas las fallas del segundo, ni a la inversa; por lo que en ciertas áreas, como la salud, la desigualdad estructural o el desempleo, el Estado debe asumir un rol importante. En el libro se afirma que hay que "reinventar" la Administración haciendo al Estado eficiente y sensible. El autor señala que cuando quiso aplicar sus ideas en materia de políticas internacional se encontró con que el FMI se opuso en forma dogmática; dogmatismo que aparentaba velar por intereses creados, corporativos y financieros. Analiza, concienzudamente, cómo las políticas del FMI y del Tesoro de EE.UU. condujeron a la crisis del este asiático y cómo las políticas contractivas, de altas tasas de interés, llevaron al mundo al borde de un colapso global. Cuenta cómo las recetas del FMI perdieron a Rusia, ya que este país durante el decenio del 90 al 2000 tuvo una caída en su PBI del 54%, aplicando un programa de estabilización/liberalización/privatización, que no es un programa de crecimiento. Por el contrario, afirma, se sentaron las bases de la decadencia. La contrapartida fue China, que no siguió los consejos del Fondo y que tenía al comienzo de la década un PBI notablemente inferior al ruso y que hoy lo supera ampliamente.
Stiglitz explica qué le ocurrió a la Argentina por seguir esas políticas y cómo el Fondo utiliza la técnica de justificar sus errores adjudicando la culpa a los gobernantes de los países donde se siguen sus recetas. Cree firmemente que no existe capitalismo sin que exista la bancarrota; pretender, como lo hace el FMI, crear un sistema donde el prestamista no asume riesgos es ir contra un requisito fundamental de la economía capitalista. En ese sentido, hoy observamos que en la reunión anual de Washington, que se desarrolló a fines de setiembre, se puso sobre el tapete el tema de que los países puedan caer en concurso, además de que se replantearon las políticas que el Fondo desarrolla.
En definitiva: un libro clarificador sobre las cosas que nos ocurren y de cuya lectura no se puede prescindir.
(c) LA GACETA







