¿Y si filosofamos?

Por Coriolano Fernández, para LA GACETA - BUENOS AIRES

13 Octubre 2002
1) "¡Que se vayan todos!" no es verdadero ni falso. Sea que encierre una expresión emocional o una exhortación, se trata de lenguaje no descriptivo, lenguaje ajeno a los llamados "valores veritativos" (esto es, lo verdadero y lo falso) porque no está integrado por enunciados.
Pero no radica aquí su falla; al fin y al cabo emociones y exhortaciones son condimento inexcusable de la vida. Le pasa que es incompleto, debería decir: "¡Váyanse todos a leer libros!", o "¡Idos todos vosotros a sumergiros en los textos!" si se prefiere un habla más hispana.
El último presidente amante de los libros en sentido amplio debe haber sido Arturo Frondizi, a quien este mismo año 2002 la crónica periodística memoró, pues hace cuatro décadas los militares lo derrocaron (¿quizá por leer demasiado?).
Para los políticos de otros tiempos valía la pena ocuparse de las ideas y, por lo tanto, se nutrían con libros. Cuando Juan B. Justo dijo no haber entendido filosofía, Alejandro Korn escribió que no era cierto pues, argumenta Korn, cómo ha de carecer de conceptos generales una personalidad con una cosmovisión tan definida.
La dirigencia política, en su inmensa mayoría, vive divorciada de los libros; entiéndase: de los buenos libros, no elegidos de las efímeras listas de best-sellers. ¿Cómo lo sé? Porque jamás citan a los autores ni las ideas ni las frases que se habrían depositado en ellos si hubieran ejercido la fruición espiritual de la auténtica lectura; aludo a ese zumo del libro amado que brota espontáneo, fresco, no a los discursos y declaraciones escritos por los asesores.
¿Y cómo forman los conceptos generales invocados por Korn? ¿Qué leen? Los periódicos, las revistas y las dos pantallas (el monitor y el televisor). Un conocimiento así forjado no es auténtico conocimiento; carecerá siempre del espesor de lo que ha sido trabajado lentamente por el pensar; pues, como ha recordado en estas mismas columnas Cristina Bulacio, la etimología de "pensar" significa sopesar, examinar cuidadosamente el pro y el contra de un asunto. (Lejos estoy de desaconsejar la lectura del periódico, pero es insuficiente, y cuando es de calidad, su propia índole pide trascenderlo, ir más allá hasta recalar en el libro).
Ahora se vuelve claro, escribe Wittgenstein en Diario filosófico, por qué pensé que pensamiento y lenguaje habrían de ser lo mismo, "el pensamiento, quién lo duda, es una especie de lenguaje". La televisión argentina exime del trabajo de pensar y por eso quienes viven de y para la televisión prácticamente no saben hablar, no tienen buen lenguaje, sino un repertorio de pocas palabras, una suerte de "español básico" paupérrimo y chabacano.
¿Y qué obtiene así nuestro personaje dirigente? Una insignificante porción de la realidad y de la vida; una serie de puntos inarticulados: el accidente aéreo y la denuncia del precandidato, el triunfo del tenista y la última encuesta... una insustancial cultura del fragmento donde, además, el punto es el punto reciente; entre nosotros el debate está condenado a ser prisionero (¿gozoso?) de lo que está en el aire, el hecho de esta mañana, de ayer o de anteayer.
A eso se le llama "noticia", perseguida con ansiedad neurótica por los mass media, que viven muriéndose para alcanzar la primicia. Y se generan dos errores. El primero reside en creer que "todo cambia" -lo proclama una difundida canción-, un relativismo que en rigor es la destrucción del tiempo cualitativo y de la verdad.
El otro error es revestir al último suceso del dudoso atractivo de ser el mejor saber, ignorando que así se llenan de cosas exteriores y queda su yo vacío de vida interior, desierto de vida intransferible, la vida de cada cual. Triste destino el de la "patria locutora" pugnando por espejar la realidad social, pero cuyo oficio reside en abotagarse (y abotagarnos) con las vidas y decires de los otros.
El lenguaje de la crisis torna patente la crisis del lenguaje. En la lectura de la crisis descubre su rostro la crisis de la lectura.

2) Lugar común: la crisis tiene varias causas. ¿Es psicológica la principal? Así ve las cosas Alejandro Rozitchner. Para una comunidad -explica siguiendo a David Winnicott- es imposible ostentar una maduración mayor que la que posean sus integrantes; nuestro país es inmaduro pues inmaduros somos sus miembros.
Según Héctor A. Murena, en El pecado original de América, la soledad, en lugar de unirnos, nos divorcia; y pesa tanto sobre nosotros que la gracia se trueca en sentimentalismo y la dignidad, en altanería.
A mi juicio, la mayoría de las letras de tangos, tanto si es causa como si es efecto del sentimentalismo, fue moldeando una suerte de "alma popular" cargada de sensiblería y escepticismo barato.
La altanería esteriliza la auténtica comunicación -por algo acaba en fracaso la pomposa Mesa del Diálogo Argentino- y desemboca en una actitud más bien peleona, "pelea" es el vocablo predilecto para informar sobre cualquier disputa o desacuerdo.
¿Fue casualidad el alborozo general cuando el Estadio Luna Park, de Buenos Aires, reanudó los combates de boxeo, actividad cruel y perversa? El combate de boxeo es el paradigma de la vida pública y de los medios: en este rincón... y en aquel rincón... Cuando un episodio cualquiera impacta, los medios dicen que "pegó".
Un filósofo ha observado que entre nosotros no predomina el diálogo sino el denuesto.

3) La voz plural dictamina: el mal argentino es la corrupción. Mas quienes así hablan suelen olvidar una de las peores corrupciones, la del lenguaje. Y no faltan los que en tanto denuncian la corrupción van corrompiendo el lenguaje.
También padecen olvido público las corrupciones de cada día, que Santiago Kovadloff ha llamado "pequeñas estafas cotidianas": estoy en un bar con un amigo frente al modesto café, pero no podemos hablar; la música ensordecedora llena todo el ámbito; ¿y qué decir del grito ululante con que los relatores deportivos anuncian los goles? ¿O de la publicidad abusiva y las marquesinas faraónicas?
Las pequeñas corrupciones son aceptadas y celebradas por nuestra sociedad. Acaso se piensa que la única corrupción digna de tal nombre es la del dinero y afecta básicamente a la clase política, aunque en el último tiempo se le han sumado los banqueros. Entonces la voz plural engendra una marea de moralidad: el bien argentino será la honestidad.
Esta obsesión moralizante convertida en exigencia absoluta entiende que, sentada la honestidad, todo lo demás se dará por añadidura; y merced al uso del dinero basado en esa purísima moralidad, en tanto condición suficiente, reanudará la Argentina la marcha hacia sus grandes destinos.
¿Qué idea del dinero, de lo que con él se obtiene, de su circulación, su llegada y salida, tiene la sociedad argentina? ¿Qué extraña fascinación y simultánea repulsa la alimentan?
Para acariciar, al menos, la absolutización de la honestidad, para confortarse acaso, se esparce la idea de mirar a los próceres. Todos hemos leído en estas páginas el bello poemita de Félix Luna, nostálgico de don Manuel, don José y don Domingo. Nombres que, sea dicho de paso, aparecieron en los sobres de las elecciones de octubre como repudio de la situación presente.
También insurge, aunque en pequeña escala todavía, la corriente opuesta: desde el Virreinato (¿por qué no desde Colón?) nuestra historia ha sido un rosario de desaciertos, engaños y corrupciones.
Propongo otro camino: acudir a los libros de filosofía. Darles descanso al sueño patrio de don Manuel, a las respuestas ingeniosas de Borges, al lamento crepuscular de Sábato, al empuje social de Evita, a la politología televisiva. Y volver a los grandes filósofos, pero "volver" no es la palabra justa; primero, porque para muchos será entrar por primera vez en ellos; y segundo, porque a Platón, a Aristóteles, a Kant o a Popper nunca, en rigor, volvemos, sino que siempre estamos llegando.
Al fin y al cabo, don José llevaba en su arcón de las campañas militares libros de filosofía, entre ellos el Manual, de Epicteto. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios