Efecto cuya base es la instantaneidad

Por Juan María Darre

13 Octubre 2002
Jorge Emilio Gallardo es dueño de una larga trayectoria en el mundo de las letras. Fue director del Suplemento Literario de La Nación, diario donde trabajó durante más de 30 años, ocupando diversos puestos, desde aspirante a secretario de Redacción. Allí publicó comentarios de libros y ensayos literarios. En 1998 fundó la prestigiosa gaceta cultural "Idea Viva", que comparte a muchos de sus colaboradores con LA GACETA Literaria. Su obra ensayística fue reunida en su libro "Raíces y letras".
Los cuentos de "Posgrado salvaje", al igual que los de sus dos anteriores libros, son estrictamente microcuentos. No superan, en general, una página, y algunos sólo constan de una frase, lo que nos recuerda, inmediatamente, a "El dinosaurio", de Monterroso, considerado el cuento más breve de la lengua castellana. "Los cuentos brevísimos -decía en estas mismas páginas Enrique Anderson Imbert (un maestro en la teoría y en la práctica de este subgénero)- son átomos con una compleja estructura interior, son mónadas leibnitzeanas llenas de intenciones". La comprensión de la anécdota, la precisión del lenguaje, el carácter proteico están presentes en los textos de Gallardo. Tienen la intensidad de un acto vital, como diría Anderson Imbert.
Dilemas aritméticos, aficiones librescas, misteriosas transformaciones, disquisiones sobre botánica nos conducen a imprevistos desenlaces y desopilantes asociaciones. Hechos cotidianos son, también, puntos de partida para las escuetas narraciones que nos sugieren insólitas revelaciones detrás de la aparente trivialidad de la realidad descripta. El autor descubre el valor estético de una imagen incongruente, de una situación singular. La instantaneidad es la base de su efecto. No nos brinda tiempo para digerir los cuentos, para intuir sus finales; siempre sorprendentes, dinámicos, contundentes, son un verdadero "cross en la mandíbula", como propiciaba Arlt.
Los cuentos se mueven, en general, entre lo lúdico, lo extraño y lo fantástico. Algunos rozan el aforismo y el poema en prosa, pero no abandonan los márgenes del género. Valga este ejemplo de "El borrado": "Nada anima mi contorno y mi cesto de papeles está vacío, como la hoja de papel ya amarillento que espera, junto al lápiz, el trazo que la goma borrará. El teléfono no suena, porque a nadie se le ocurre comunicarse conmigo, ni el timbre anuncia el pie que arrugaría la impecable moquette. De todos modos, peino con cuidado la alfombra con la escoba".
En una selección personal de cuentos breves argentinos incluiría algunos del ya mencionado Anderson Imbert, otros de Cortázar, de Blaisten, de Di Benedetto, de Javier Villafañe, de Denevi, de Rodolfo Modern, de Juan Jacobo Bajarlía, de Daniel Dessein. También agregaría algunos de Gallardo.(c) LA GACETA

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