Historia construida en torno de un triángulo erótico-familiar

Por Gustavo Bernstein

13 Octubre 2002
Decir que Jaime Bayly es el sucesor de Vargas Llosa es un tanto temerario por parte de cierta crítica española. Ambos tienen en común, es cierto, que componen oraciones por escrito y las editan bajo la forma de un libro, o que gozan con su condición de personajes públicos. Pero mientras uno se ha ganado su espacio a fuerza de notable literatura, el otro lo ha hecho a través de su arte como animador televisivo, erigiéndose en un popular showman de la TV de habla hispana. Desde allí se ha sabido labrar un lugar de privilegio en el competitivo mercado editorial a razón de un libro por año desde 1994, cuando, con su novela No se lo digas a nadie, abordó la historia de un joven limeño de clase alta que se descubre homosexual.
Provocador de profesión y poseedor de una redituable aptitud para el efectismo más banal, Bayly se decide en esta nueva novela por un triángulo erótico-familiar, compuesto por el banquero Ignacio; su mujer, Zoe, y Gonzalo, hermano pintor del primero. Un esquema simple: Zoe, movida por el desinterés de un marido abrumado por los emprendimientos financieros, emprende una aventura con su cuñado, artista bohemio y amoral que acaba así viviendo de los bienes fraternos: dinero y esposa.
La historia deambula escénicamente entre la mansión de uno, el atelier del otro y el cementerio donde reposan los restos del padre de la dupla. Y presenta un trauma insalvable entre los hermanos: un incidente de homosexualidad en los comienzos de la adolescencia que perdura gravitando entre ambos. Completa el cuadro la secuela conflictiva del adulterio: Zoe descubre que está embarazada de su cuñado.
Sin embargo, Bayly se cuida bien de no ahondar demasiado en lo dramático y adoptar un tono cínico y festivo que mantenga la fluidez del relato y lo trivialice en el marco de un costumbrismo fácil y ligero. O para ser más precisos: apela a los condimentos de un melodrama elemental, cuya temática recurrente no gira más que en torno del sexo y del placer, o del displacer de sus personajes.
Si no fuera precisamente por las abundantes escenas sexuales, el esquema (quizá para mantenerse fiel a su ámbito televisivo) no varía mucho de las fórmulas de la telenovela, un género donde Bayly demuestra, vale decirlo, su buen mérito en la oralidad: buen oído para diálogos de jerga cotidiana y para el fraseo corto. Lástima grande que la suma incesante de oraciones breves dé como resultado una novela extensa, rica en repeticiones previsibles y prescindibles.
Tratándose de un folletín, huelga decir que la trama se adhiere al happy ending. Y vaya paradoja, todo lo que podría ostentar de provocativo en lo sexual queda anulado precisamente por su forma conservadora, inscribiendo esas pecaminosas trastiendas en lo cánones más tradicionales del novelón rosa de estos tiempos.
Se sabe: nada hay que fuerce más a un escritor al conservadurismo que su afán de éxito inmediato. Eso lo lleva a recurrir a fórmulas probadas. Pero más que emular la pluma del autor de La fiesta del chivo, Bayly se inserta con modestia en la prolífica literatura de Corín Tellado. (c) LA GACETA

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