Reedición de Hemingway donde se reconoce sólo parte de su estilo

Por Horacio Semeraro

13 Octubre 2002
La sola mención del nombre de Ernest Hemingway nos trae inmediatamente a la memoria sus obras maestras, algunas llevadas al cine como El viejo y el mar, Por quién doblan las campanas o París era una fiesta. Pocos como él escarbaron en el alma, la voluntad y el deseo de superación del hombre, que se redime en la lucha contra la adversidad hasta emerger de la soledad y del sufrimiento hacia el mayor y más valioso encuentro que es consigo mismo.
Esta es casi una constante en la obra literaria del autor norteamericano premio Nobel de Literatura en 1954 y anteriormente premio Pulitzer en 1953. Con pocos elementos y un libro breve, contando con personajes sencillos, como un pescador semianalfabeto, un niño y el escenario del mar, escribió una obra maestra capaz de hacer pronunciar a Faulkner aquella célebre frase:
"Hemingway descubrió a Dios". Es por ello que una primera lectura de Al otro lado del río y entre los árboles desconcierta al no encontrar esa genialidad esperada.
La novela trata del amor de un coronel del ejército americano, Richard Cantwell, quien se enamora de Renata, una joven veneciana de familia noble y de sólo diecinueve años de edad. Como consecuencia de las heridas sufridas durante su actuación en la Segunda Guerra Mundial, arrastra secuelas que limitan sus expectativas de vida, por lo que se decide a vivir intensamente esa etapa a pesar de los treinta y dos años de diferencia de edad con ella y en el marco de un invierno en Venecia.
Hemingway intentó remarcar esa necesidad de aprehender las vivencias. De esa forma describió minuciosamente las preferencias por determinadas comidas y bebidas, a veces excesivamente, al punto de volver irónicamente insulsos los contenidos de la obra. Los diálogos interminables, propios de una novela romántica al estilo de Stendhal o Balzac -donde son naturales y aceptables-, desdicen el habitual estilo del autor.
Sí, en cambio, están tratados con vigor y capacidad técnica normales en él, los recuerdos de relatos bélicos en cuanto a acción y personajes; las estrategias, el coraje, el compañerismo, las miserias de la condición humana, el defecto y la virtud. La pareja protagonista establece una relación casi platónica a lo largo de casi toda la obra en la que Cantwell trata de cuidar en forma paternalista la imagen de Renata, personaje al que todos conocen y respetan en la Venecia de posguerra.
Paralelamente a ella se desarrolla otra lucha: la que Cantwell libra contra su enfermedad. Escrita antes de 1950, año en que fue publicado el libro por primera vez, la obra orilla temas de valoración respecto del comportamiento de los militares americanos, ingleses y alemanes en el campo de batalla durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero no son ellos los temas primordiales, y uno de sus elementos afines con el resto de su obra es el hecho de que aun "perdiendo" (aparentemente) sus personajes "ganan", porque la lucha que libran no intenta demostrar a los demás sus aptitudes, sino a sí mismos la propia superación y resurrección moral.
En resumen, una novela en la que se reconocen sólo algunos de los valores literarios propios del autor y se produce un desencuentro con su acostumbrada genialidad.(c) LA GACETA

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