Texto osado y provocador

Grietas, ambigüedades o francos vacíos.

06 Octubre 2002
Hombre de curiosas derivas literarias, Dalmiro Sáenz. De lo más fecundo de las letras criollas, talentoso si los hay, pero también de lo más desconcertante. No será casual que en la reseña de su obra omitan aquella serie de El día que mataron a Alfonsín y El día que mataron a Cafiero, a cuán más desafortunado, sólo recordables porque los concibió el mismo de Setenta veces siete o El pecado necesario.
Ahora, cuando orilla los 76, el inefable Dalmiro Sáenz se da el gusto de entregar un texto estupendo, susceptible de escandalizar a más de un historiador solemne, o simplemente despistado, puesto que, El Depredador, Ptolomeo II de Egipto es, antes que otra cosa, ambicioso, osado y provocador.
Sáenz y su compañera de viaje, la socióloga Laura Elizalde, se abisman en grietas, ambigüedades o francos vacíos que suelen dispensar biografías de personajes tan remotos, y sin embargo no se apartan del debido rigor que comporta toda reconstrucción histórica.
Se sabe: ficción sobre ficción, comida de zonzos; pero ficción que no arranca de cero, que se vale de algunas consistencias para tender a otras, goza de buen pronóstico.
A grandes trazos la historia oficial de Ptolomeo II Philadelphos (308-246 a.C.), rey de Egipto, da cuenta de que fomentó en Grecia una alianza antimacedónica, formada por Atenas, Esparta y algunos estados peloponesios, rubricada con la guerra "cremónida"; fundó el culto dinástico, impulsó el desarrollo urbanístico y científico y, he aquí los pilares de sus celebridad, construyó el faro, el museo y la biblioteca de Alejandría, a la sazón convertida en la capital del Mediterráneo.
Sin apartarse de tales referencias, Sáenz y Elizalde conciben un Ptolomeo II no sólo posible, sino tanto o más adorable y detestable que aquel faraón entregado en cuerpo y alma a una épica del guerrero, a una poética del pensar y, por qué no, a una estética de la crueldad.
Hijo de un general de Alejandro Magno, hermeneuta de sí mismo ("Dejé de hacer la historia, ahora cuento la historia"), escritor sensualista, Ptolomeo II anda y desanda sus huellas de conquistador, en los sentidos amplio y estricto del término. Conquistador de territorios, sí, pero también conquistador de sueños, voluntades, amores. De hecho, el triángulo erótico con su esposa, Arsínoe Primera, y su propia hermana, lo desvela, lo inflama y favorece sus mejores cavilaciones sobre la posesión, la libertad, la lealtad y, por añadidura, sobre el bien y sobre el mal.
Mas no serán esos los únicos buenos momentos que ofrece el texto. La irrupción de un misterioso gigante asesino aporta una dosis de suspenso que, sin mellar el tono confesional, termina por diluir la formalidades de los géneros hasta rubricar una original y vigorosa invitación a la buena lectura.

(c) LA GACETA

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