29 Septiembre 2002 Seguir en 

El 11 de setiembre se derrumban las Torres Gemelas y el mundo mira azorado el fuego, el humo, el odio. Inmediatamente en Afganistán comenzaron a derrumbarse miles de torres pequeñas, vivas, hambrientas, pero esta vez tienen rostros de niños y ojos de mujeres; ellos, como torres, son decapitados, ejecutados por el poder de las bombas, lágrimas, dolor.
El imperio hace sentir su voluntad. El 20 de diciembre se derrumban las torres en Argentina, caen con fuerza, con estrépito.
Desorientación, gritos, desconfianza, crisis. Al fin se ve que no tenían basamento. Una más, una torre, dos torres, millones de torres se precipitan. Aquí también tienen rostro y hacen muecas. Cada argentino lleva dentro de sí el dolor, la frustración, la desconfianza.
Las torres ardientes son ahora propias, cobran formas de hambre, de dolor sin medicamentos, de hospitales sin cura, de funcionarios que saquean comedores infantiles, de alumnos que deambulan por las calles sin clases, sin educación, sin futuro; de políticos que esconden su rostro para que no se vea que arden, que están destruidos, que ellos tampoco tienen futuro. Arden en mentiras, corrupción, violencia. Sus estructuras éticas y solidarias se han fundido en los miles de grados que levantan la codicia y el desamor, ya no sostienen la dignidad. Violación de todos los derechos imaginables.
Derecho a comer, a trabajar, a pensar, a enseñar, a jugar, a estar limpios, a soñar, a tener justicia, a crear, a planificar siquiera. Las torres arden todavía y con ellas la injusticia, la irresponsabilidad y el egoísmo del poder.
Ojalá que no sea cierto, que sea sólo una pesadilla, así, al despertar, todavía podremos mirarnos a nosotros mismos con respeto.
(c) LA GACETA
El imperio hace sentir su voluntad. El 20 de diciembre se derrumban las torres en Argentina, caen con fuerza, con estrépito.
Desorientación, gritos, desconfianza, crisis. Al fin se ve que no tenían basamento. Una más, una torre, dos torres, millones de torres se precipitan. Aquí también tienen rostro y hacen muecas. Cada argentino lleva dentro de sí el dolor, la frustración, la desconfianza.
Las torres ardientes son ahora propias, cobran formas de hambre, de dolor sin medicamentos, de hospitales sin cura, de funcionarios que saquean comedores infantiles, de alumnos que deambulan por las calles sin clases, sin educación, sin futuro; de políticos que esconden su rostro para que no se vea que arden, que están destruidos, que ellos tampoco tienen futuro. Arden en mentiras, corrupción, violencia. Sus estructuras éticas y solidarias se han fundido en los miles de grados que levantan la codicia y el desamor, ya no sostienen la dignidad. Violación de todos los derechos imaginables.
Derecho a comer, a trabajar, a pensar, a enseñar, a jugar, a estar limpios, a soñar, a tener justicia, a crear, a planificar siquiera. Las torres arden todavía y con ellas la injusticia, la irresponsabilidad y el egoísmo del poder.
Ojalá que no sea cierto, que sea sólo una pesadilla, así, al despertar, todavía podremos mirarnos a nosotros mismos con respeto.
(c) LA GACETA







