29 Septiembre 2002 Seguir en 

Licenciado en Historia, autor prolífico y ejercitante de todo tipo de periodismo, desde el gastronómico hasta el político -que no están divorciados-, Caparrós se interroga sobre nuestro país, desquiciado por porteños y provincianos. Como desquiciar es violentar o sacar algo de su natural curso o estado y pues ese natural curso se supuso casi siempre para la Argentina ser el progreso y un destino atractivo, cabe preguntarse qué hacer para retornarla al quicio. De paso, plantearse cuál será entonces su auténtico quicio.
Ya empiezan a verse, dice Caparrós, carteles donde se habla de la Argentina, "somos, otra vez, eficaces en lo único que sabemos hacer bien: producir íconos". Argentina, señala, es ahora un nombre mundial para sintetizar que el neoliberalismo no funciona.
Para hacer alguna luz convocó a 23 participantes, (¿acaso íconos también?), algunos conocidos por los medios, como Lanata, Carrió, Ardura, Zamora, De Gennaro y D?Elía. Hay periodistas de Le Monde Diplomatique; hay economistas, sociólogos y un médico; están el filósofo Tomás Abraham y el historiador Tulio Halperín Donghi (que lamentablemente tiene sólo tres intervenciones); y Abel, Azucena, Susana, de las asambleas barriales.
La obra se divide en tres partes. La primera y más breve es "La irrupción": en el país no sucede nada que no se haya preparado durante meses y años. La segunda se llama "El pasado pesado" y sostiene que una de las peores cosas de la crisis es obligarnos a entender de economía. La última parte, la más extensa, se titula "El futuro imperfecto": la política ha vuelto y nos sorprende encontrando formas nuevas.
El enfoque es de izquierda, con pinceladas de varios colores; algunas opiniones apuntan al centro y algunas son plenamente radicalizadas. Se afirma que no se trata de tomar el poder del Estado sino los intersticios; se reivindica al poder estatal como única solución; se pregunta si, según Lenin, no estaremos en una situación prerrevolucionaria; y se dice que la música más maravillosa fueron los cacerolazos frente a los bancos.
No es esto una falla, porque no lo son los distintos puntos de vista que despertarán adhesión o disenso. La falla radica en que estas ideas y estas palabras los argentinos las conocemos hasta la saturación, justamente merced a los medios, y entonces uno tiene la sensación clara de lo "ya visto", "ya oído" y "ya leído", esto es, una especie de compendio de lugares comunes.
A esto se añade el lenguaje chabacano y desmañado, por ende carente de rigor, propio de la televisión argentina, el estilo de Jorge Lanata, el "lanatismo". El virus del "lanatismo" no atacó a todos los participantes, justo es reconocerlo, pero sí a quienes dan el tono al encuentro. Es una lástima, por ejemplo, ver a Abraham caer en este tipo de discurso que habla de todo creyendo aprehender la esencia de cada asunto con una frase rápida mechada de un vocablo soez.El libro tiene más de 350 páginas. Podría tener el doble y seguirían diciendo lo mismo.
(c) LA GACETA
Ya empiezan a verse, dice Caparrós, carteles donde se habla de la Argentina, "somos, otra vez, eficaces en lo único que sabemos hacer bien: producir íconos". Argentina, señala, es ahora un nombre mundial para sintetizar que el neoliberalismo no funciona.
Para hacer alguna luz convocó a 23 participantes, (¿acaso íconos también?), algunos conocidos por los medios, como Lanata, Carrió, Ardura, Zamora, De Gennaro y D?Elía. Hay periodistas de Le Monde Diplomatique; hay economistas, sociólogos y un médico; están el filósofo Tomás Abraham y el historiador Tulio Halperín Donghi (que lamentablemente tiene sólo tres intervenciones); y Abel, Azucena, Susana, de las asambleas barriales.
La obra se divide en tres partes. La primera y más breve es "La irrupción": en el país no sucede nada que no se haya preparado durante meses y años. La segunda se llama "El pasado pesado" y sostiene que una de las peores cosas de la crisis es obligarnos a entender de economía. La última parte, la más extensa, se titula "El futuro imperfecto": la política ha vuelto y nos sorprende encontrando formas nuevas.
El enfoque es de izquierda, con pinceladas de varios colores; algunas opiniones apuntan al centro y algunas son plenamente radicalizadas. Se afirma que no se trata de tomar el poder del Estado sino los intersticios; se reivindica al poder estatal como única solución; se pregunta si, según Lenin, no estaremos en una situación prerrevolucionaria; y se dice que la música más maravillosa fueron los cacerolazos frente a los bancos.
No es esto una falla, porque no lo son los distintos puntos de vista que despertarán adhesión o disenso. La falla radica en que estas ideas y estas palabras los argentinos las conocemos hasta la saturación, justamente merced a los medios, y entonces uno tiene la sensación clara de lo "ya visto", "ya oído" y "ya leído", esto es, una especie de compendio de lugares comunes.
A esto se añade el lenguaje chabacano y desmañado, por ende carente de rigor, propio de la televisión argentina, el estilo de Jorge Lanata, el "lanatismo". El virus del "lanatismo" no atacó a todos los participantes, justo es reconocerlo, pero sí a quienes dan el tono al encuentro. Es una lástima, por ejemplo, ver a Abraham caer en este tipo de discurso que habla de todo creyendo aprehender la esencia de cada asunto con una frase rápida mechada de un vocablo soez.El libro tiene más de 350 páginas. Podría tener el doble y seguirían diciendo lo mismo.
(c) LA GACETA







