Las consecuencias del 11 de setiembre en variados enfoques

Más preguntas que respuestas y algunas claves.

29 Septiembre 2002
Es posible que los atentados del 11 de setiembre de 2001 se conviertan, en el futuro, en un hito fundamental de la Historia Universal. Dependerá de la significación que sus efectos les confieran. Las libertades de la democracia norteamericana hicieron posible la concreción de los atentados, la globalización del horror que generaron y el contagio de la irracionalidad de los agresores a las propias víctimas. El pueblo y los dirigentes norteamericanos hoy se cuestionan si la libertad y la legalidad deben subordinarse a la seguridad. La democracia liberal está en riesgo.
Este libro reúne una serie de artículos periodísticos de destacados observadores, en su mayoría intelectuales, publicados en distintos diarios europeos, donde se indagan las causas y se analizan las consecuencias de los ataques del 11 de setiembre. Mario Vargas Llosa vaticina que el siglo XXI será el de la confrontación entre el terrorismo de los movimientos fanáticos y las sociedades libres, así como el siglo XX fue el de la guerra entre estas últimas contra el fascismo y el comunismo. Señala que el 11 de setiembre instaló, en el imaginario social, la idea de que cualquier día, y en cualquier lugar del mundo, un suicida puede hacer estallar desde una granada hasta un pequeño artefacto atómico que cause un millón de muertos. Esta idea puede -según Vargas Llosa- atentar contra las libertades básicas de las democracias occidentales, ya que si estas no renuncian a ellas, no hay ninguna forma segura de protegerse contra todo tipo de actos terroristas. El escritor peruano piensa que el atentado no está dirigido a los EE.UU. en particular sino a la democracia y al liberalismo en general. Desde el otro extremo ideológico, Susan Sontag afirma que la prensa y la clase dirigente estadounidense han ocultado la verdadera causa del ataque a los Estados Unidos, con el eslogan de que se trata de una agresión a la "libertad" y a la "civilización", omitiendo recordar las intervenciones armadas norteamericanas en Medio Oriente. No muy lejos de esta postura, Juan Goytisolo se pregunta si el magnicidio podrá lograr que el norteamericano medio, que es quien elige al gobierno con mayor gravitación en el planeta, intente entender lo que pasa más allá de sus fronteras y que reconozca los errores y las contradicciones de su país para poder reforzar los principios que dice sostener.
José Saramago atribuye el horror del 11 de setiembre, y la violencia en todos los tiempos, a la influencia de las religiones. Esgrime que todas ellas, sin excepción, nunca han servido para congraciar a los hombres sino que siempre fueron causa de las mayores monstruosidades que el hombre ha concebido. En una vertiente de este pensamiento, Salman Rushdie concibe al Islam como el responsable indirecto de los atentados. Se apoya en la teoría de Samuel Huntington, el autor de "El choque de las civilizaciones", que pronosticó un conflicto entre el Islam y Occidente como dominador de la escena política mundial de las próximas décadas. Las manifestaciones de apoyo a Bin Laden en Medio Oriente y las decenas de miles de voluntarios para la "guerra santa" evidencian, según el autor de "Versos Satánicos", la relación entre el Islam y la violencia. Señala que las creencias religiosas tienen menos que ver con la teología que con la tradición; y que en la mayoría de los musulmanes se encuentra arraigado un profundo desprecio por la modernidad y el liberalismo de las sociedades occidentales. En la otra vereda se encuentra Edward Said, el autor de "Crónicas palestinas", quien afirma que la realidad actual no puede ser etiquetada tan fácilmente como pretende Huntington ni interpretarse con fórmulas maniqueas (como lo hicieron -a su juicio- las autoridades norteamericanas); ya que nuestra realidad -dice Said- es el resultado de un proceso de interdependencia extenso y complejo.
Gilles Kepel, autor del best seller "La yihad", analiza los objetivos que, a su juicio, tuvieron los ataques: provocar una represión desmesurada contra los musulmanes e invertir el proceso de decadencia en que estaba sumido el fundamentalismo en la última década. Umberto Eco se pierde en digresiones sucesivas que lo alejan de la temática convocante. Igualmente prescindibles y olvidables son los textos de John Le Carré, Ahmed Rashid y Felipe González.
Libro breve, ameno (a pesar de algunos baches), con buenos contrapuntos, con más preguntas que respuestas, con algunas claves para interpretar la nueva realidad que se insinúa en el incipiente siglo XXI.
(c) LA GACETA

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