La economía desde el 75, una historia de terror

No debe creerse que la realidad se desarrolla entre buenos y malos a secas.

22 Septiembre 2002
Tiene razón el profesor de Historia Económica Mario Rapoport en el prólogo del libro. Este puede ser leído como una novela policial, pero no porque pertenezca a ese género, sino porque la historia que narra es de terror: los avatares -pesares más bien- de la economía argentina desde 1975 hasta el presente.
La fecha que el autor toma como punto de partida no es azarosa: considera que en el 75, durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, comienza la aplicación cada vez más progresiva y sistemática de medidas económicas en un mismo sentido y que llegarán a su clímax durante la década menemista: privatización de las empresas públicas, desmantelamiento del Estado y del sistema de la seguridad social y consolidación de una concepción de la economía basada en la especulación financiera.
Uno de los grandes triunfos ideológicos de Carlos Menem fue el de presentar su programa como fruto de una fatalidad del destino contra la que no se podía marchar dada la caída del Muro de Berlín, el fin del mundo bipolar con el triunfo de Estados Unidos y la imposición de la globalización. El acierto de Sevares es recordar que la historia, por propia inercia, no marcha ciega e infaliblemente en una única dirección. No. Son los individuos, agrupados en partidos políticos, fuerzas armadas, corporaciones empresarias, organizaciones sindicales, iglesias y fundaciones, los que deciden, asienten, presionan y conspiran -o todas estas cosas a la vez- para que los hechos marchen en uno u otro sentido. Esta es una verdad de Perogrullo que conviene tener muy fresca ahora que pululan las investigaciones acerca de qué maldición trágica encierra la condición de argentino para soportar tantas calamidades.
Durante años Menem se jactó de que, convertibilidad mediante, introdujo a la Argentina en la modernidad y de que echó las raíces de un sistema económico capitalista construido a imagen y semejanza de los países del ansiado primer mundo. Pero Sevares, a fuerza de números, estadísticas y curvas, que pueden marear al lector no acostumbrado a semejante trajín, demuestra lo contrario. Así, por ejemplo, explica que entre 1992 y 2001 se fugaron del país 106.000 millones de dólares, el 75% de la deuda externa. Lo más notable es que, según sus palabras, "el establishment económico sacó capitales en abundancia aun en los años en que presentaba al modelo como un ejemplo de reconstrucción virtuosa... (Esto) muestra que, detrás de las palabras, el establishment comprendía o intuía la debilidad de las bases sobre las que pronunciaba sus discursos".
Hay muchas personas a las que, ante la impericia de Fernando de la Rúa y de Eduardo Duhalde, no las sonrojaría un regreso de Menem al poder. "Por lo menos, los precios no subían, el peso estaba fijo y se podía comprar electrodomésticos en cuotas", argumentan. Esas personas se deprimirían si leyeran con sinceridad el capítulo en el que se analizan las limitaciones, obsesiones y contradicciones de la convertibilidad y de su sucedánea: la dolarización. Es que Sevares prueba que la bomba de tiempo que se activó por esos años (vía apertura comercial regresiva, endeudamiento, inequidad fiscal, entrada y salida de capitales especulativos e insensibilidad social) explotó después. En otras palabras, dice en términos económicos lo que Antonio Machado ya dijo para la vida en general: "si aquellos polvos trajeron estos lodos, no se puede condenar el presente y absolver el pasado".
En definitiva, el libro cumple con su cometido: explica por qué cayó la Argentina y, volviendo a la metáfora de la novela policial, señala quiénes fueron los responsables del crimen. No obstante puede objetársele lo que a las concepciones conspirativas y policíacas de la historia en general: la creencia maniquea de que la realidad se desarrolla entre víctimas y victimarios, entre buenos y malos a secas. Según este punto de vista, desde 1975 la Argentina habría sido saqueada deliberadamente por "cúpulas políticas, en asociación con los grandes poderes económicos, empeñadas en mantener el orden imperante". Una afirmación muy concluyente no tanto por lo que sugiere, sino por lo que no explica -aunque no era la obligación de la obra-: ¿qué hacía la sociedad, los individuos concretos, ante semejante asesinato? ¿Dormía, calló, lo aprobó, fue cómplice? De todos modos, los 19 millones de pobres que existen en el país hoy perdonarían una visión conspirativa de las cosas, pero no una ingenua.

(c) LA GACETA

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