15 Septiembre 2002 Seguir en 

En forma ineludible tan dignamente centroeuropea como judía, a esta vienesa nacida en 1920 bien cabría aplicarle aquel adagio de los antiguos chinos: "Que los dioses te libren de vivir una época interesante". Porque la historia y su destino la hicieron padecer, en carne propia y desde primera fila, el horroroso absurdo del imperio nazi, con su indeleble secuela de sometimiento, destrucción, barbarie y exterminio.
Pesadilla de la que sólo consiguió evadirse a comienzos de 1943, después de una auténtica odisea, al pisar nuestro país para reunirse con los restos de su familia.
En colaboración literaria con Helena Pardo, Ilse Hahn de Kaufmann nos va desplegando sencillamente su vida, sin grandilocuencias y sin tremendismos. Y si en un comienzo es precisamente su tono personal, casi íntimo, el que amenaza descolocarnos frente a la extrema gravedad de los acontecimientos, que constituyen una auténtica apoteosis del Mal, pronto advierte el lector que acaso tal era la única posibilidad de narrar lo inenarrable, desde la simple y siempre milagrosa vida cotidiana.
No pretendamos entonces, aquí, la grandeza sombría de los libros de Primo Levi o la desafiante lucidez que Hannah Arendt alcanzó con Eichmann en Jerusalén. Ni tampoco el demoledor impacto de cineastas como Alain Resnais (Noche y niebla) o Claude Lanzmann (Shoah, toda una serie). Quien nos habla, con serena franqueza, no es uno de esos intelectuales o artistas a los que el filósofo Theodor W. Adorno se animó a dictaminar: "La crítica cultural se encuentra frente al último escalón de la dialéctica de cultura y barbarie: luego de lo que pasó en el campo de Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema, y este hecho corroe incluso el conocimiento que dice por qué se ha hecho imposible escribir poesía".
Y aunque a tan comprensible admonición, sin duda a la altura de cuanto la origina, nada menos que Paul Celan vendría por un lado a contradecirla con su memorable poema "Fuga en muerte" y por el otro a ratificarla con su propio suicidio, es quizá a través de un testimonio tan insoslayable y estremecedor como el que nos ofrece, tantos años después, Ilse Kaufmann, con el solo hecho de contar su vida (y no sin volver a iluminar de paso algunos aspectos hoy asordinados de nuestra propia historia institucional y política), que podemos tal vez reconciliarnos con aquella afirmación que James Joyce puso en boca del protagonista de Ulises: "La historia de una pesadilla de la cual intento despertarme".
(c) LA GACETA
Pesadilla de la que sólo consiguió evadirse a comienzos de 1943, después de una auténtica odisea, al pisar nuestro país para reunirse con los restos de su familia.
En colaboración literaria con Helena Pardo, Ilse Hahn de Kaufmann nos va desplegando sencillamente su vida, sin grandilocuencias y sin tremendismos. Y si en un comienzo es precisamente su tono personal, casi íntimo, el que amenaza descolocarnos frente a la extrema gravedad de los acontecimientos, que constituyen una auténtica apoteosis del Mal, pronto advierte el lector que acaso tal era la única posibilidad de narrar lo inenarrable, desde la simple y siempre milagrosa vida cotidiana.
No pretendamos entonces, aquí, la grandeza sombría de los libros de Primo Levi o la desafiante lucidez que Hannah Arendt alcanzó con Eichmann en Jerusalén. Ni tampoco el demoledor impacto de cineastas como Alain Resnais (Noche y niebla) o Claude Lanzmann (Shoah, toda una serie). Quien nos habla, con serena franqueza, no es uno de esos intelectuales o artistas a los que el filósofo Theodor W. Adorno se animó a dictaminar: "La crítica cultural se encuentra frente al último escalón de la dialéctica de cultura y barbarie: luego de lo que pasó en el campo de Auschwitz es cosa barbárica escribir un poema, y este hecho corroe incluso el conocimiento que dice por qué se ha hecho imposible escribir poesía".
Y aunque a tan comprensible admonición, sin duda a la altura de cuanto la origina, nada menos que Paul Celan vendría por un lado a contradecirla con su memorable poema "Fuga en muerte" y por el otro a ratificarla con su propio suicidio, es quizá a través de un testimonio tan insoslayable y estremecedor como el que nos ofrece, tantos años después, Ilse Kaufmann, con el solo hecho de contar su vida (y no sin volver a iluminar de paso algunos aspectos hoy asordinados de nuestra propia historia institucional y política), que podemos tal vez reconciliarnos con aquella afirmación que James Joyce puso en boca del protagonista de Ulises: "La historia de una pesadilla de la cual intento despertarme".
(c) LA GACETA







