15 Septiembre 2002 Seguir en 

Al hablar de las traducciones de Shakespeare al alemán, el poeta Heinrich Heine indicó una vez su preferencia por versiones hechas en prosa, que reproducen mejor "la sencilla, llana, natural pureza de ciertos pasajes". Son cualidades que se pueden atribuir a la prosa castellana con la que la profesora Belfiore de Mártire ha ofrecido al lector actual las sutilezas y las honduras de esta obra latina cuyo título -una palabra de origen griego- remite a la agricultura. Virgilio, que por su origen campesino tenía la experiencia del ámbito rural, no se limitó evocar con sus hexámetros la experiencia de campo que tenía, sino que elaboró a través de ella una visión poética del existir humano, en su relación con la naturaleza y la Providencia, entre la vida y la muerte; fuera de que, con la protección de Mecenas y el favor de Augusto, exhortó al trabajo y a la paz.
En el libro primero, tras esbozar el plan de toda la obra y rendir homenaje a los "luminares del universo", a las figuras de la mitología que imperan sobre los distintos ámbitos -entre las que propone incluir al César, al Emperador-, emprende la descripción de la actividad campesina. Impresiona la manera como en cada pasaje se unen dinámicamente la naturaleza y el esfuerzo humano con aprovechamiento de las herramientas y la energía animal; y no omite el poeta referirse una y otra vez al mundo trascendente representado por el Olimpo antiguo. Así como registra que "el duro trabajo y la necesidad apremiante en las circunstancias difíciles lo vencieron todo", exhorta: "...venera a los dioses..." Y ¿cómo negar vigencia al lamento final: "...tantas guerras en el mundo, tantas formas reviste el crimen, el arado carece de la honra debida..."?
Los árboles, pero en particular el olivo y la vid, constituyen el centro de interés en el libro segundo. El complejo trabajo que requiere este cultivo empieza con el aprendizaje de "los cuidados propios de cada especie". Minuciosamente aporta el poeta los datos de su experiencia, que lo aproximan cada vez más a la tierra natal, de ahí que se explaye cantando las "excelencias de Italia". Se cierra este libro con poéticos pasajes en los que no cuesta reconocer el origen de la lírica inspirada en el "tranquilo reposo", de la "Vida retirada" cuya revelación experimentó también y expuso Fray Luis de León.
El libro tercero, dedicado al ganado, capta las vicisitudes de la vida animal tanto en las manifestaciones intensas del crecimiento y la apasionada multiplicación cuanto en la experiencia del tiempo fugitivo y de "la muerte inexorable". Las evocaciones del poeta dejan entrever la semejanza con el destino humano.
El asunto de la cría de las abejas y del misterioso donde "la miel celestial" lleva la consideración del cuarto libro hacia las colmenas, hacia las características de esta comunidad animal, no exenta de luchas y de muertes, pero sostenida por la perduración de la especie... El misterioso final, dominado por el canto de Orfeo, quien penetra triunfante en el mundo de los muertos pero incurre en la amorosa debilidad de volverse y "mirar a Eurídice", sella toda la historia de muerte y aspiración a lo inmortal.
Las oportunas y exhaustivas notas agregadas al texto por la traductora completan la encomiable tarea de haber puesto al alcance del lector esta obra maestra de la literatura universal, en la que no sólo está la plenitud de Virgilio sino también resuenan interminables ecos, desde Dante, pasando por Garcilaso y Fray Luis de León, también por Goethe, hasta nuestro Lugones y su oda "A los ganados y las mieses". Las imágenes de dibujos de Gerardo Medina anticipan simbólicamente el contenido de cada uno de los libros.
(c) LA GACETA
En el libro primero, tras esbozar el plan de toda la obra y rendir homenaje a los "luminares del universo", a las figuras de la mitología que imperan sobre los distintos ámbitos -entre las que propone incluir al César, al Emperador-, emprende la descripción de la actividad campesina. Impresiona la manera como en cada pasaje se unen dinámicamente la naturaleza y el esfuerzo humano con aprovechamiento de las herramientas y la energía animal; y no omite el poeta referirse una y otra vez al mundo trascendente representado por el Olimpo antiguo. Así como registra que "el duro trabajo y la necesidad apremiante en las circunstancias difíciles lo vencieron todo", exhorta: "...venera a los dioses..." Y ¿cómo negar vigencia al lamento final: "...tantas guerras en el mundo, tantas formas reviste el crimen, el arado carece de la honra debida..."?
Los árboles, pero en particular el olivo y la vid, constituyen el centro de interés en el libro segundo. El complejo trabajo que requiere este cultivo empieza con el aprendizaje de "los cuidados propios de cada especie". Minuciosamente aporta el poeta los datos de su experiencia, que lo aproximan cada vez más a la tierra natal, de ahí que se explaye cantando las "excelencias de Italia". Se cierra este libro con poéticos pasajes en los que no cuesta reconocer el origen de la lírica inspirada en el "tranquilo reposo", de la "Vida retirada" cuya revelación experimentó también y expuso Fray Luis de León.
El libro tercero, dedicado al ganado, capta las vicisitudes de la vida animal tanto en las manifestaciones intensas del crecimiento y la apasionada multiplicación cuanto en la experiencia del tiempo fugitivo y de "la muerte inexorable". Las evocaciones del poeta dejan entrever la semejanza con el destino humano.
El asunto de la cría de las abejas y del misterioso donde "la miel celestial" lleva la consideración del cuarto libro hacia las colmenas, hacia las características de esta comunidad animal, no exenta de luchas y de muertes, pero sostenida por la perduración de la especie... El misterioso final, dominado por el canto de Orfeo, quien penetra triunfante en el mundo de los muertos pero incurre en la amorosa debilidad de volverse y "mirar a Eurídice", sella toda la historia de muerte y aspiración a lo inmortal.
Las oportunas y exhaustivas notas agregadas al texto por la traductora completan la encomiable tarea de haber puesto al alcance del lector esta obra maestra de la literatura universal, en la que no sólo está la plenitud de Virgilio sino también resuenan interminables ecos, desde Dante, pasando por Garcilaso y Fray Luis de León, también por Goethe, hasta nuestro Lugones y su oda "A los ganados y las mieses". Las imágenes de dibujos de Gerardo Medina anticipan simbólicamente el contenido de cada uno de los libros.
(c) LA GACETA







