15 Septiembre 2002 Seguir en 

El torrente crítico que la obra de Jorge Luis Borges suscita -y merece- se enriquece con un aporte original y riguroso, cuyo autor reúne condiciones más que suficientes para hablar con autoridad sobre este hombre que en un momento de su vida escribió que el peor de sus pecados era el de no haber sido feliz. Rolando Costa Picazo no sólo es un destacado estudioso de la literatura anglófona y un celebrado traductor (Konex de Platino 1994), sino que fue sucesor de Borges en la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la carrera de Letras de la UBA, además de ser su amigo personal. Fue uno de los fieles lectores que acercaban al ilustre ciego sus textos favoritos o, quizás con menor frecuencia, textos nuevos que le pudieran interesar.
Costa Picazo explora con lúcida solvencia los contactos que vinculan a Borges al gran libro de la humanidad en lo que respecta a la literatura en inglés, idioma al que el pequeño "Georgie" accedió a través de su abuela paterna con esa precoz eficiencia que le permitió traducir "El Príncipe Feliz" de Oscar Wilde, a los nueve años.
Como quien nos guía por un arduo pero luminoso laberinto, Costa Picazo parte del interés de Borges por la lengua inglesa para dar cuenta de sus vinculaciones intelectuales y emotivas con las obras de Shakespeare y con autores británicos y estadounidenses, muchos de los cuales tradujo al español. La labor de Borges como traductor ocupa también un interesante capítulo.
Costa Picazo hace gala de una valiosa objetividad a la hora de justificar rasgos en común o de explicar entusiasmos o rechazos por los autores aludidos, citando los textos que sirven como prueba de tales vinculaciones, estén estas concretadas a la manera de influencias o en apreciaciones críticas concretas sobre aquellos.
En el prólogo, María Kodama agradece el título elegido y lo interpreta como una ambigüedad que oscila entre la felicidad de leer a Borges y la felicidad que el mismo Borges sentía al leer a sus autores anglófonos favoritos. Arriesgo otra lectura del título: la de apreciar cómo se puede concertar, dentro de la tremenda maraña de influencias que es una mente creadora, un cierto orden, aunque no sea más que parcial, un orden que lleva a caracterizar las vinculaciones entre quienes hacen arte a partir de los conflictos humanos como uno de los rostros de la fraternidad posible entre los protagonistas de esos conflictos.
(c) LA GACETA
Costa Picazo explora con lúcida solvencia los contactos que vinculan a Borges al gran libro de la humanidad en lo que respecta a la literatura en inglés, idioma al que el pequeño "Georgie" accedió a través de su abuela paterna con esa precoz eficiencia que le permitió traducir "El Príncipe Feliz" de Oscar Wilde, a los nueve años.
Como quien nos guía por un arduo pero luminoso laberinto, Costa Picazo parte del interés de Borges por la lengua inglesa para dar cuenta de sus vinculaciones intelectuales y emotivas con las obras de Shakespeare y con autores británicos y estadounidenses, muchos de los cuales tradujo al español. La labor de Borges como traductor ocupa también un interesante capítulo.
Costa Picazo hace gala de una valiosa objetividad a la hora de justificar rasgos en común o de explicar entusiasmos o rechazos por los autores aludidos, citando los textos que sirven como prueba de tales vinculaciones, estén estas concretadas a la manera de influencias o en apreciaciones críticas concretas sobre aquellos.
En el prólogo, María Kodama agradece el título elegido y lo interpreta como una ambigüedad que oscila entre la felicidad de leer a Borges y la felicidad que el mismo Borges sentía al leer a sus autores anglófonos favoritos. Arriesgo otra lectura del título: la de apreciar cómo se puede concertar, dentro de la tremenda maraña de influencias que es una mente creadora, un cierto orden, aunque no sea más que parcial, un orden que lleva a caracterizar las vinculaciones entre quienes hacen arte a partir de los conflictos humanos como uno de los rostros de la fraternidad posible entre los protagonistas de esos conflictos.
(c) LA GACETA







