08 Septiembre 2002 Seguir en 

Juan Heller (1883-1950), además de haber sido un destacado hombre de leyes poseía un fino espíritu humanista e integró la "Generación del Centenario" de Juan B. Terán, Julio López Mañán, Alberto Rougés, Ernesto Padilla y José Ignacio Aráoz, entre otros. La última constelación de tucumanos visionarios que con inteligencia, estimulante civismo y pragmática vocación legó la respetuosa consideración que otrora distinguió a Tucumán. Por su mediación, la ciencia, la educación, la jurisprudencia, la filosofía y la acción política fecundaron un proyecto multidisciplinario de relieve inusual y decididamente brillante. En este núcleo humano, la excelencia, más que una virtud, constituyó un patrimonio inalterable de compromiso con la sociedad.
De esta estirpe provenía Juan Heller. Después de su muerte fue recordado con solemnes homenajes por la Universidad Nacional de Tucumán, la Fundación Miguel Lillo y la Corte Suprema de Justicia. Oportuna recordación esta, se nos ocurre, en momentos en que se cuestionan los fundamentos éticos de la justicia entre nosotros, y válida para resaltar los atributos morales y jurídicos a los que se consagró con férrea determinación.
Además de haber sido un jurista de relieve y Presidente de la Corte Suprema de Justicia de Tucumán, dirigió el Museo Provincial de Bellas Artes y la Sociedad Sarmiento; fue un conspicuo impulsor de la Sociedad Filarmónica. Se recibió de abogado en dos años; fue un gran Juez pero, según señala Carlos Páez de la Torre (1), estaba signado por un destino de poeta. Alternaba la Magistratura con la música y desde allí desembocaba en la poesía. Guillermo Orce Remis cuenta que acostumbraba tocar el violín algunas tardes dentro de un aljibe "seguramente invocando a los manes de Demócrito y los Sagrados Juegos" (2). La mención importa pues estudiaba a Horacio, "viajaba con Virgilio o comentaba a Pater o al Dr. Johnson", recitaba a Schiller y tradujo el "Himno a la Sapientísima Atenea" de Proclus.
La formación humanista lo indujo a dejar su huella, incluso, en los "ex libris" (etiqueta que se adhiere a los libros) de la Corte Suprema que lleva un ancla, un pez y debajo la máxima festina lente o sea "apresúrate despacio" de Suetonio, y que se adjudica al emperador Augusto.
Clímaco de la Peña, conocido jurista del medio, atribuye a Juan Heller dos virtudes: certeza jurídica y sentido práctico. En extremo difícil para un juez, pues "la ley es inerme para representar un interés particular". Sin embargo, "sus sentencias -no alcanzó a conocerlo- son reliquias históricas fundadas en el concepto inglés del derecho common law, la ley no escrita sino la que se funda en precedentes jurídicos". Algo como decir: estar en lo decisivo que merecen estudiarse pues constituyen un dechado de sabiduría, prudencia y equidad.
De su variado anecdotario seleccionamos dos hechos que más allá de la curiosa interpretación y sentido común, entrañan una llamativa peculiaridad y retratan al Dr. Heller de cuerpo entero. A una invitación cursada en 1927 por la "Comisión pro plato de locro y provisión de ropa a las escuelas", en calidad de Vicerrector de la Universidad de Tucumán, responde sin gazmoñerías ni retóricos cumplidos: ..."sin desconocer la nobleza de sentimientos" creía "equivocada y dañosa" la iniciativa pues "esa gente y esa niñez no necesitan comida ni ropa sino educación e instrucción para cocinar y vestirse" ..."es el papel que debe tener la escuela y no el pernicioso sentimentalismo que dará su fruto estéril y amargo" ..."forme una huerta escolar, enseñe a cultivar, a aderezar y hágale conocer que hay mil platos distintos y fáciles" provenientes del maíz... "en lugar del indigesto locro criollo". Fue una advertencia premonitoria de Heller (1927), antes de que la ciencia denunciara la nociva ingesta de las grasas en la alimentación. Y de una actualidad sorprendente, por mórbida que nos resulte.
La segunda merece ser analizada y comentada renglón por renglón. Como se sabe, una mañana calurosa de febrero de 1939, el progresista gobierno de Miguel M. Campero inauguró nuestro Palacio de Justicia, obra de excepción que aún conserva la magnificencia con la que fue concebida. El presidente de la Corte era el Dr. Heller. La novedad consistía en que participaba de la fiesta en uno de los jardines internos y en "virtud de sus servicios" una ave "serpentaria" más conocida entre nosotros como "chuña". La pintoresca historia del animal es tan singular como la humanitaria y hasta risueña resolución del 23 de marzo de ese año que emana del propio Presidente del Organismo. En ella dispone al "ordenanza" ...que ocupa allí unas habitaciones y posee un ave ..."del género Gypogenanus" criada en el local por él y también conocida "por el nombre vulgar de Secretario, por la disposición de las plumas en la nuca" y que recuerdan "la pluma de los escribientes colocada detrás de la oreja, así como el nombre popular entre nosotros de Chuña ha remplazado a los quince cardenales criados por un ex mayordomo... "y que en completa libertad se dignaron vivir y permanecer en la Casa, mezclándose con los litigantes y cantando en las puertas de las audiencias y despachos" ..."que la Chuña ha prestado grandes servicios en el viejo local (se refiere al que funcionaba en calle Crisóstomo Alvarez) cazando el número prolijamente homologado de 47 ratas". "Por cuyos antecedentes" y "como lo haría un presidente de un tribunal inglés" resuelve que el citado "traslade la Chuña al jardín del ala izquierda del Palacio" y por "Secretaría se proveerá al ordenanza" para "costear la alimentación necesaria del ave". En rigor, Heller, en uso de las prerrogativas que le confería su cargo de Superintendente, "legalizaba" la presencia del ave en el Palacio y el derecho de ser alimentada de por vida. Altruista y singular rasgo de gratitud hacia un desvalido animal que había cumplido instintivamente un servicio al Alto Tribunal de la provincia.
Este ínclito jurista, que recitaba a Schiller, cultivaba la música y se inspiraba en la doctrina e ideario de los clásicos, de porte esbelto y distinguido, dio sobrado testimonio a la promesa vertida en ocasión de asumir la Presidencia del Tribunal, el 17 de diciembre de 1929. Esto es y entre otras cosas, que "la administración de justicia es un cuerpo sometido a la disciplina y jerarquía de las leyes" y "jamás anticiparía opiniones que importen prejuzgamiento" y finalmente, "que pondría en sus tareas ideales y perseverancia de acuerdo con la vieja máxima que si no es forense es sabia: Apúrate despacio. (c) LA GACETA
De esta estirpe provenía Juan Heller. Después de su muerte fue recordado con solemnes homenajes por la Universidad Nacional de Tucumán, la Fundación Miguel Lillo y la Corte Suprema de Justicia. Oportuna recordación esta, se nos ocurre, en momentos en que se cuestionan los fundamentos éticos de la justicia entre nosotros, y válida para resaltar los atributos morales y jurídicos a los que se consagró con férrea determinación.
Además de haber sido un jurista de relieve y Presidente de la Corte Suprema de Justicia de Tucumán, dirigió el Museo Provincial de Bellas Artes y la Sociedad Sarmiento; fue un conspicuo impulsor de la Sociedad Filarmónica. Se recibió de abogado en dos años; fue un gran Juez pero, según señala Carlos Páez de la Torre (1), estaba signado por un destino de poeta. Alternaba la Magistratura con la música y desde allí desembocaba en la poesía. Guillermo Orce Remis cuenta que acostumbraba tocar el violín algunas tardes dentro de un aljibe "seguramente invocando a los manes de Demócrito y los Sagrados Juegos" (2). La mención importa pues estudiaba a Horacio, "viajaba con Virgilio o comentaba a Pater o al Dr. Johnson", recitaba a Schiller y tradujo el "Himno a la Sapientísima Atenea" de Proclus.
La formación humanista lo indujo a dejar su huella, incluso, en los "ex libris" (etiqueta que se adhiere a los libros) de la Corte Suprema que lleva un ancla, un pez y debajo la máxima festina lente o sea "apresúrate despacio" de Suetonio, y que se adjudica al emperador Augusto.
Clímaco de la Peña, conocido jurista del medio, atribuye a Juan Heller dos virtudes: certeza jurídica y sentido práctico. En extremo difícil para un juez, pues "la ley es inerme para representar un interés particular". Sin embargo, "sus sentencias -no alcanzó a conocerlo- son reliquias históricas fundadas en el concepto inglés del derecho common law, la ley no escrita sino la que se funda en precedentes jurídicos". Algo como decir: estar en lo decisivo que merecen estudiarse pues constituyen un dechado de sabiduría, prudencia y equidad.
De su variado anecdotario seleccionamos dos hechos que más allá de la curiosa interpretación y sentido común, entrañan una llamativa peculiaridad y retratan al Dr. Heller de cuerpo entero. A una invitación cursada en 1927 por la "Comisión pro plato de locro y provisión de ropa a las escuelas", en calidad de Vicerrector de la Universidad de Tucumán, responde sin gazmoñerías ni retóricos cumplidos: ..."sin desconocer la nobleza de sentimientos" creía "equivocada y dañosa" la iniciativa pues "esa gente y esa niñez no necesitan comida ni ropa sino educación e instrucción para cocinar y vestirse" ..."es el papel que debe tener la escuela y no el pernicioso sentimentalismo que dará su fruto estéril y amargo" ..."forme una huerta escolar, enseñe a cultivar, a aderezar y hágale conocer que hay mil platos distintos y fáciles" provenientes del maíz... "en lugar del indigesto locro criollo". Fue una advertencia premonitoria de Heller (1927), antes de que la ciencia denunciara la nociva ingesta de las grasas en la alimentación. Y de una actualidad sorprendente, por mórbida que nos resulte.
La segunda merece ser analizada y comentada renglón por renglón. Como se sabe, una mañana calurosa de febrero de 1939, el progresista gobierno de Miguel M. Campero inauguró nuestro Palacio de Justicia, obra de excepción que aún conserva la magnificencia con la que fue concebida. El presidente de la Corte era el Dr. Heller. La novedad consistía en que participaba de la fiesta en uno de los jardines internos y en "virtud de sus servicios" una ave "serpentaria" más conocida entre nosotros como "chuña". La pintoresca historia del animal es tan singular como la humanitaria y hasta risueña resolución del 23 de marzo de ese año que emana del propio Presidente del Organismo. En ella dispone al "ordenanza" ...que ocupa allí unas habitaciones y posee un ave ..."del género Gypogenanus" criada en el local por él y también conocida "por el nombre vulgar de Secretario, por la disposición de las plumas en la nuca" y que recuerdan "la pluma de los escribientes colocada detrás de la oreja, así como el nombre popular entre nosotros de Chuña ha remplazado a los quince cardenales criados por un ex mayordomo... "y que en completa libertad se dignaron vivir y permanecer en la Casa, mezclándose con los litigantes y cantando en las puertas de las audiencias y despachos" ..."que la Chuña ha prestado grandes servicios en el viejo local (se refiere al que funcionaba en calle Crisóstomo Alvarez) cazando el número prolijamente homologado de 47 ratas". "Por cuyos antecedentes" y "como lo haría un presidente de un tribunal inglés" resuelve que el citado "traslade la Chuña al jardín del ala izquierda del Palacio" y por "Secretaría se proveerá al ordenanza" para "costear la alimentación necesaria del ave". En rigor, Heller, en uso de las prerrogativas que le confería su cargo de Superintendente, "legalizaba" la presencia del ave en el Palacio y el derecho de ser alimentada de por vida. Altruista y singular rasgo de gratitud hacia un desvalido animal que había cumplido instintivamente un servicio al Alto Tribunal de la provincia.
Este ínclito jurista, que recitaba a Schiller, cultivaba la música y se inspiraba en la doctrina e ideario de los clásicos, de porte esbelto y distinguido, dio sobrado testimonio a la promesa vertida en ocasión de asumir la Presidencia del Tribunal, el 17 de diciembre de 1929. Esto es y entre otras cosas, que "la administración de justicia es un cuerpo sometido a la disciplina y jerarquía de las leyes" y "jamás anticiparía opiniones que importen prejuzgamiento" y finalmente, "que pondría en sus tareas ideales y perseverancia de acuerdo con la vieja máxima que si no es forense es sabia: Apúrate despacio. (c) LA GACETA
NOTAS:
1) Las referencias en entrecomillado pertenecen al académico Carlos Páez de la Torre y de algunas de sus notas históricas y sociales publicadas en LA GACETA de Tucumán.
2) Orce Remis, Guillermo, Seis destinos y otros rostros, Troquel, Bs. As. 1963.







