08 Septiembre 2002 Seguir en 

En la jerga teatral, el furcio es una equivocación del actor por las dificultades que presenta un texto para recitarlo. A veces se produce por el cambio de una palabra por otra fonéticamente semejante. Otras veces por una alteración silábica que nada significa.En cambio la morcilla es un agregado que el comediante introduce en el texto para mejorarlo, según su criterio, o para salvar una laguna que se produce sorpresivamente en su memoria.
En el teatro argentino de fines de siglo XIX y de comienzos de siglo pasado el apuntador era un personaje necesario y hasta imprescindible. Ocurría que las compañías renovaban su cartel cada dos o tres días, sobre todo en el "teatro por horas", especie de continuado que comenzaba a mediodía y terminaba a la medianoche, lapso en el cual subían a escena entre cuatro y cinco piezas: dramas, sainetes musicales y comedias cómicas. Ante tal avalancha de textos, los actores casi no tenían tiempo de memorizar las letras; apenas si el director podía marcarles los movimientos. Pero ahí estaba el apuntador para salvar el texto en boca de los intérpretes. Metido en su escotilla, un agujero instalado casi al borde del proscenio y recubierto con un caparazón forrado de terciopelo, el soplador (souffleur, como lo llamaban los franceses) penetraba en su cueva y permanecía más de doce horas porque, terminaba la función, comenzaban los ensayos (o "suplicados", como se les llamaba en ese entonces). Héroes anónimos, no merecieron ni la crítica de los diarios, ni recibían los aplausos, ni pasaron a la historia del teatro nacional. Milagros de la Vega, en su memorias ("En aguas del recuerdo"), recuerda algunos de sus nombres: Rivelli, Rinaldi, Pardo, Noblecilla y Bertone. Pero no sólo apuntaban el texto sino que recordaban a los actores sus movimientos de escena. Tan importantes eran los apuntadores, que una vez Bertone traspapeló los libretos y en lugar de El sobrino de Malbrán, comenzó a dictar Muerte civil.
Con tales apremios, no era raro que los artistas echaran mano a las "morcillas", o que se produjeran algunos "furcios" desopilantes y hasta escandalosos.
Mi recordado amigo Miguel Ligero decía que en aquellos tiempos los cómicos trabajaban en colaboración con Shakespeare, Molière, Goldoni y con autores argentinos que después pasaron a la categoría de clásicos.
Más felices (y más "morcilleros") eran los intérpretes de la Comedia del Arte, en la Italia del Renacimiento a quienes el actor, patrón de la compañía, les acotaba el argumento, canevas o lazzi y sobre esto improvisaban el texto.
Desaparecido el teatro por horas, las brevísimas temporadas y los apuntadores, ahora que las obras se eternizan en los escenarios, los actores se aprenden el texto de memoria. Pero ello no impide el peligro de los "furcios" y la tentación de las "morcillas".Son famosos los furcios en la historia del teatro argentino. El más restallante es, sin lugar a dudas, el que cometió el actor que hacía de vigía en La fundación del desengaño. La pieza narraba las angustias de los pobladores del Buenos Aires fundado por don Pedro de Mendoza, quienes, rodeados por los indios, se morían de hambre y esperaban su salvación desde el Paraguay. Desde su mangrullo, el casi figurante debía gritar: "¡Las velas de Ayolas!" Pero las palabras se le entreveraron y lo que dijo fue una barbaridad.
En la función inaugural de nuestro Teatro Estable de Tucumán, Alberto Rodríguez Muñoz produjo un furcio histórico. Cuando se levantó el telón de El casamiento, de Gogol, el personaje de Rodríguez Muñoz entraba en escena acompañado por un amigo, descubría que su criado dormía la mona acostado en un canapé, y debía exclamar: "¡Ahí lo tienes, duro como un tronco!" Pero la memoria lo traicionó y dijo: "¡Ahí lo tienes con el tronco duro!". Los actores debieron esperar a que se acallaran las risotadas del público para continuar.
Y también en el Estable, el siempre recordado Mario Vanadía (que cerraba la puesta de Romeo y Julieta de Shakespeare por Diffborn Pinto en el papel de "El príncipe"), debía entregar a los Capuletos y a los Montescos, en prenda de paz y reconciliación tras la tragedia familiar, una "medallita" que para el actor se transformaba en melladita. En todas las funciones, el furcio le jugaba una mala pasada a Vanadía. Pero en la última, "El príncipe" dijo correctamente "medallita". Entonces todos los actores estallaron en una carcajada de satisfacción. Y el público no atinaba a comprender qué era lo ocurría en el escenario. (c) LA GACETA
En el teatro argentino de fines de siglo XIX y de comienzos de siglo pasado el apuntador era un personaje necesario y hasta imprescindible. Ocurría que las compañías renovaban su cartel cada dos o tres días, sobre todo en el "teatro por horas", especie de continuado que comenzaba a mediodía y terminaba a la medianoche, lapso en el cual subían a escena entre cuatro y cinco piezas: dramas, sainetes musicales y comedias cómicas. Ante tal avalancha de textos, los actores casi no tenían tiempo de memorizar las letras; apenas si el director podía marcarles los movimientos. Pero ahí estaba el apuntador para salvar el texto en boca de los intérpretes. Metido en su escotilla, un agujero instalado casi al borde del proscenio y recubierto con un caparazón forrado de terciopelo, el soplador (souffleur, como lo llamaban los franceses) penetraba en su cueva y permanecía más de doce horas porque, terminaba la función, comenzaban los ensayos (o "suplicados", como se les llamaba en ese entonces). Héroes anónimos, no merecieron ni la crítica de los diarios, ni recibían los aplausos, ni pasaron a la historia del teatro nacional. Milagros de la Vega, en su memorias ("En aguas del recuerdo"), recuerda algunos de sus nombres: Rivelli, Rinaldi, Pardo, Noblecilla y Bertone. Pero no sólo apuntaban el texto sino que recordaban a los actores sus movimientos de escena. Tan importantes eran los apuntadores, que una vez Bertone traspapeló los libretos y en lugar de El sobrino de Malbrán, comenzó a dictar Muerte civil.
Con tales apremios, no era raro que los artistas echaran mano a las "morcillas", o que se produjeran algunos "furcios" desopilantes y hasta escandalosos.
Mi recordado amigo Miguel Ligero decía que en aquellos tiempos los cómicos trabajaban en colaboración con Shakespeare, Molière, Goldoni y con autores argentinos que después pasaron a la categoría de clásicos.
Más felices (y más "morcilleros") eran los intérpretes de la Comedia del Arte, en la Italia del Renacimiento a quienes el actor, patrón de la compañía, les acotaba el argumento, canevas o lazzi y sobre esto improvisaban el texto.
Desaparecido el teatro por horas, las brevísimas temporadas y los apuntadores, ahora que las obras se eternizan en los escenarios, los actores se aprenden el texto de memoria. Pero ello no impide el peligro de los "furcios" y la tentación de las "morcillas".Son famosos los furcios en la historia del teatro argentino. El más restallante es, sin lugar a dudas, el que cometió el actor que hacía de vigía en La fundación del desengaño. La pieza narraba las angustias de los pobladores del Buenos Aires fundado por don Pedro de Mendoza, quienes, rodeados por los indios, se morían de hambre y esperaban su salvación desde el Paraguay. Desde su mangrullo, el casi figurante debía gritar: "¡Las velas de Ayolas!" Pero las palabras se le entreveraron y lo que dijo fue una barbaridad.
En la función inaugural de nuestro Teatro Estable de Tucumán, Alberto Rodríguez Muñoz produjo un furcio histórico. Cuando se levantó el telón de El casamiento, de Gogol, el personaje de Rodríguez Muñoz entraba en escena acompañado por un amigo, descubría que su criado dormía la mona acostado en un canapé, y debía exclamar: "¡Ahí lo tienes, duro como un tronco!" Pero la memoria lo traicionó y dijo: "¡Ahí lo tienes con el tronco duro!". Los actores debieron esperar a que se acallaran las risotadas del público para continuar.
Y también en el Estable, el siempre recordado Mario Vanadía (que cerraba la puesta de Romeo y Julieta de Shakespeare por Diffborn Pinto en el papel de "El príncipe"), debía entregar a los Capuletos y a los Montescos, en prenda de paz y reconciliación tras la tragedia familiar, una "medallita" que para el actor se transformaba en melladita. En todas las funciones, el furcio le jugaba una mala pasada a Vanadía. Pero en la última, "El príncipe" dijo correctamente "medallita". Entonces todos los actores estallaron en una carcajada de satisfacción. Y el público no atinaba a comprender qué era lo ocurría en el escenario. (c) LA GACETA







