Lucidez para iluminar el mundo de todos los días

Por Federico Peltzer

08 Septiembre 2002
La escritora brasileña de origen ucraniano (1925-1978), autora de novelas, cuentos y libros para niños, publicó La araña, su segunda novela, en 1946. La presente es reedición de la de 1977 en castellano. Traducida por Haydée H. Jofre Barroso, lleva un excelente prólogo de Raúl Antelo, cuya lectura aclara sin duda las perplejidades que pueden plantearse a los lectores no iniciados en el mundo de la novelista. En algunos casos, como el presente, y como en Agua viva, es preciso familiarizarse con su modo de narrar y su estilo, muy afín con lo que llamamos novela lírica.
Quien espera un desarrollo con variadas peripecias, difícilmente lo hallará en este libro. Una joven, Virginia, vive en la hacienda de sus padres (Granja quieta) con ellos y sus hermanos, Esmeralda y Daniel. Su relación es distante, salvo con el último. Con él existe una comunicación profunda, que puede ser amor en ella y voluntad de dominio en él. Juntos han fundado la "Sociedad de las sombras", especie de alianza secreta hecha de complicidades y hostilidad hacia la hermana. Ya crecidos, viven juntos en la ciudad hasta que, finalizados sus estudios, Daniel vuelve a la fazenda y se casa con Ruth. Virginia anuda con Vicente una relación extraña, mantenida pese a las diferencias de los dos y a la distancia con que se miran. Tras el regreso temporal de Virginia y la comprobación de que esa es "su" tierra, vuelve a la ciudad donde ocurre el desenlace con un hecho que, años atrás, auguró la vieja Cecilia.
"Ella vivía en la orilla de las cosas", dice a poco de comenzar la narradora. Así se siente Virginia en su casa (salvo con Daniel) y así en la ciudad, con excepción de Adriano, quien vislumbra, mejor que el amante, el verdadero conflicto de la protagonista. Este se traduce en la prolija introspección que ocupa buena parte del libro.
Sensible ante la naturaleza, el paisaje familiar, las manifestaciones del mundo exterior y las del propio cuerpo, Virginia resiste la asimilación con los seres. Es como si su comprensión con Daniel (mutilada por la ausencia) la hiciera impermeable a los demás. Ciertos atisbos con Vicente, algunos momentos con María Clara, son excepciones. Predomina un permanente descubrimiento del ser propio, a partir de las cosas y de los otros. Esta modalidad (constante en la autora) da la razón al juicio de Cristina Peri Rossi citado en el Prólogo: "Literatura de la percepción" podría ser el subtítulo de toda su obra. Quizá por eso la protagonista llama a los suyos "pensamientos flaquitos"; pero esa delgadez que parte de la observación de las cosas, o también del propio yo, genera revelaciones de insospe- chada hondura, aunque no definitivas, porque las perplejidades no suelen abandonar a Virginia.
Un lenguaje continuamente original en sus imágenes ("un frío inteligente", "un Cristo de heridas secas, cansado") mantiene pendiente la atención del lector, atento al hallazgo poético, la mirada iluminadora, donde asoma la voz de la escritora junto con la de su protagonista. Libro para ser paladeado, sin sorpresa en la anécdota, pero rico en cada frase, cada metáfora, invita a compartir la exploración de Virginia, que es la de alguien dotado de una lucidez que ilumina el mundo cotidiano. (c) LA GACETA

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