08 Septiembre 2002 Seguir en 

Para ser sincero, debo decir que pocos libros de crítica sobre poesía me han resultado tan exasperantes como este de Harold Bloom, a pesar de la expectativa y el interés con que me apresté a su lectura. La expectativa se originaba en la simpatía que había despertado en mí la testaruda defensa de la "alta literatura" que este crítico norteamericano viene haciendo desde hace años, defensa complementada por la solitaria polémica que lleva adelante contra la atmósfera predominante en los claustros universitarios de su país, donde el aire calefaccionado de lo "políticamente correcto" a menudo se confunde con la irradiación de lo literariamente valioso. Por otro lado, una implacable invectiva de Terry Eagleton traducida tiempo atrás en un suplemento cultural argentino, paradójicamente avivaba mi curiosidad hacia un estudioso sobre el cual se decía que "tras su heroísmo se advierte cierta desesperación", la de quien considera la literatura como "la última fuente de valor en un mundo degradado". En cuanto a la razón inmediata de mi interés, estribaba en el conjunto de poetas cuyo análisis anuncia el índice: Blake Wordsworth, Shelley, Keats, Tennyson, Browning, Yeats, Whitman, Steven, todo un festín para el amante de la poesía en lengua inglesa.
Poesía y represión, publicado originariamente en 1976, es una puntual aplicación a estos autores de la tesis central de un libro anterior de Bloom, La angustia de las influencias (1973), según la cual "la historia de la poesía (...) es considerada como imposible de distinguir de la influencia poética, dado que los poetas fuertes crean esa historia gracias a malas interpretaciones mutuas, con el objeto de despejar un espacio imaginativo para sí mismos". Esta tesis parte de la premisa de que todo poeta "fuerte" -como le gusta decir a Bloom- no escribe su poema original, sino que en realidad reescribe un poema ya escrito por otro gran poeta precedente, quien a su vez redacta en forma nueva un texto de otro precursor, quien a su vez... Tal operación supone una "mala lectura" ("misreading", vertida aquí como "dislectura") del texto anterior, un desvío inconsciente, semejante al del adolescente que busca diferenciarse de su padre para llegar a ser él mismo. En tanto que, según el autor, "los poemas no son cosas sino apenas palabras que se refieren a otras palabras, y aquellas palabras se refieren además a otras palabras, y más aún, se adentran en el mundo superpoblado del lenguaje literario". La historia literaria es una constante reescritura y una competitiva sucesión de geniales epígonos.
Ahora bien, la decepción no se debe a estas proposiciones generales de Bloom, que tienen su indudable interés (aunque no dejemos de sentir que privilegiar la explicación de los libros exclusivamente por su relación con otros libros lleva a una cierta "deshumanización" de la exégesis, que descuida los factores extraliterarios que pueden influir en la elaboración artística), sino al estilo mismo del autor. Eliot señalaba como finalidades de la crítica acrecentar al mismo tiempo el conocimiento de una obra y el placer de su lectura: esta función servicial pareciera ser insuficiente para Bloom, quien, como crítico "fuerte", no quiere ceder el papel protagónico, y llama más la atención sobre su modo de lectura que sobre lo leído. De allí también que su polémico abogar por un enfoque estrictamente intertextual resulte a veces limitativo en su interpretación de los poemas: El Tigre, de Blake, busca superar a Job, a Cowper y a Milton; la wordsworthiana Abadía de Tintern es poco más que un conjuro contra la influencia de Milton; Shelley exorciza en El triunfo de la vida la sombra de Wordsworth; Tennyson, la de Keats, etc. Por otra parte, la terminología esotérica maniobrada por el crítico (catacresis, clinamen, kenosis, etc.), no intensifica demasiado el gusto de leer a estos poetas.
Es de lamentar, con respecto a la edición, que las traducciones de los poemas citados y comentados largamente en cada capítulo no vayan acompañadas por el original. También se podrían haber aprovechado las excelentes versiones que ya existen de algunos de esos textos, como La toccata de Galuppi, de Robert Browning, en el buen castellano de Cernuda, por lo menos para allanar ripiosidades (traducir "¡Valiente Galuppi!" en vez de "¡Bravo, Galuppi!", por ejemplo, es tan grueso como despachar uno de los momentos más intensos de The Second Coming de W.B. Yeats en "...veinte siglos de sueño pétreo / fueron hechos pesadilla por una cuna que se mece", donde este singular hacer pesadilla quizás busque remitir, por asociación con la cuna a hacer papilla, consistencia a la cual se ve transmutado el célebre poema de Yeats en la presente traslación).(c) LA GACETA
Poesía y represión, publicado originariamente en 1976, es una puntual aplicación a estos autores de la tesis central de un libro anterior de Bloom, La angustia de las influencias (1973), según la cual "la historia de la poesía (...) es considerada como imposible de distinguir de la influencia poética, dado que los poetas fuertes crean esa historia gracias a malas interpretaciones mutuas, con el objeto de despejar un espacio imaginativo para sí mismos". Esta tesis parte de la premisa de que todo poeta "fuerte" -como le gusta decir a Bloom- no escribe su poema original, sino que en realidad reescribe un poema ya escrito por otro gran poeta precedente, quien a su vez redacta en forma nueva un texto de otro precursor, quien a su vez... Tal operación supone una "mala lectura" ("misreading", vertida aquí como "dislectura") del texto anterior, un desvío inconsciente, semejante al del adolescente que busca diferenciarse de su padre para llegar a ser él mismo. En tanto que, según el autor, "los poemas no son cosas sino apenas palabras que se refieren a otras palabras, y aquellas palabras se refieren además a otras palabras, y más aún, se adentran en el mundo superpoblado del lenguaje literario". La historia literaria es una constante reescritura y una competitiva sucesión de geniales epígonos.
Ahora bien, la decepción no se debe a estas proposiciones generales de Bloom, que tienen su indudable interés (aunque no dejemos de sentir que privilegiar la explicación de los libros exclusivamente por su relación con otros libros lleva a una cierta "deshumanización" de la exégesis, que descuida los factores extraliterarios que pueden influir en la elaboración artística), sino al estilo mismo del autor. Eliot señalaba como finalidades de la crítica acrecentar al mismo tiempo el conocimiento de una obra y el placer de su lectura: esta función servicial pareciera ser insuficiente para Bloom, quien, como crítico "fuerte", no quiere ceder el papel protagónico, y llama más la atención sobre su modo de lectura que sobre lo leído. De allí también que su polémico abogar por un enfoque estrictamente intertextual resulte a veces limitativo en su interpretación de los poemas: El Tigre, de Blake, busca superar a Job, a Cowper y a Milton; la wordsworthiana Abadía de Tintern es poco más que un conjuro contra la influencia de Milton; Shelley exorciza en El triunfo de la vida la sombra de Wordsworth; Tennyson, la de Keats, etc. Por otra parte, la terminología esotérica maniobrada por el crítico (catacresis, clinamen, kenosis, etc.), no intensifica demasiado el gusto de leer a estos poetas.
Es de lamentar, con respecto a la edición, que las traducciones de los poemas citados y comentados largamente en cada capítulo no vayan acompañadas por el original. También se podrían haber aprovechado las excelentes versiones que ya existen de algunos de esos textos, como La toccata de Galuppi, de Robert Browning, en el buen castellano de Cernuda, por lo menos para allanar ripiosidades (traducir "¡Valiente Galuppi!" en vez de "¡Bravo, Galuppi!", por ejemplo, es tan grueso como despachar uno de los momentos más intensos de The Second Coming de W.B. Yeats en "...veinte siglos de sueño pétreo / fueron hechos pesadilla por una cuna que se mece", donde este singular hacer pesadilla quizás busque remitir, por asociación con la cuna a hacer papilla, consistencia a la cual se ve transmutado el célebre poema de Yeats en la presente traslación).(c) LA GACETA







