08 Septiembre 2002 Seguir en 

He aquí un libro, en muchos sentidos, singular. Por un lado, y no sólo desde el punto de vista editorial, se trata de un testimonio más de la intensa y fecunda vida cultural de la nueva Galicia que, como las otras autonomías españolas, no sólo se ha afirmado en su vida democrática y, con ella, en la libre expresión de su identidad y de su lengua, sino también en las pujantes realidades de la Europa unida. Pero, al mismo tiempo, por tratarse de quien se trata, también nos devuelve el contacto con un pasado, no demasiado lejano, por de más amargo y trágico.
Porque Ramón de Valenzuela (1914-1980), en vida y obra, resulta un testimonio cabal de aquella digna generación de intelectuales y artistas gallegos que, habiendo soñado con el resurgimiento de una Galicia aplastada, en lo más íntimo de su ser, por siglos de sometimiento y represión, tuvieron que enfrentarse con el alzamiento militar contra el legítimo gobierno de la República, que liquidaría también aquellas ilusiones al desencadenar la sangrienta guerra civil española que, merced a la directa intervención de la Italia fascista y la Alemania nazi, iba a culminar en la interminable dictadura franquista.
Y, por si fuera poco, se trata además de una historia que continúa entre nosotros. Porque si Buenos Aires -y con ella el país- hacía ya mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes (obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939 vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos, periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que, firmemente afianzados en su colectividad, entonces mayoritariamente democrática, y reunidos alrededor de una figura ejemplar, Alfonso R. Castelao, no sólo líder político sino en realidad un humanista, durante décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica capital de la cultura gallega.Entre ellos, Valenzuela no fue de los primeros, pero sí de los más significativos. Dirigente galleguista desde su adolescencia, lo primero que hicieron los facciosos fue detenerlo.
Incorporado contra su voluntad al ejército rebelde, se pasó a las filas republicanas, y allí actuó con integridad y coraje. Refugiado en Francia, y cuando muchos de sus compañeros eligen el refugio de América, decide quedarse para enfrentar a los nazis. Detenido por la Gestapo, es entregado a la policía franquista y condenado a veinte años de prisión. Finalmente indultado, recién en 1949 podrá llegar a Buenos Aires.
Y aquí continúan las derivaciones de esta historia. Valenzuela sólo iba a escribir en dos publicaciones argentinas: Galicia emigrante, dirigida por el impar Luis Seoane, entre 1955 y 1957, y estas mismas columnas de LA GACETA, entre 1956 y 1960. En ambas publica, por primera vez, muchos de los relatos que luego se integrarían en la primera edición de O Naranxo, realizada por el sello gallego Brais Pinto en 1974. El título de la obra (en castellano El Naranjo) alude al seudónimo indeleble de un personaje real: Manuel González Ferradás (1879-1945), auténtico "loco de aldea" que, como en tantos otros lugares y tiempos de Galicia, cobró figura de leyenda hasta convertirse en un elemento vivo del folklore de Lalín, y que incluso hoy da su nombre a la Asociación Cultural que ahora reedita este libro.
Seducido sin duda por la originalísima personalidad de aquel que, siendo considerado insano, podía demostrar con sus razonamientos meridianos que el verdadero loco era en realidad el mundo entero que lo rodeaba, Ramón de Valenzuela no podía tampoco dejar de enmarcarlo en ese vívido clima de fábula que había percibido ya desde su infancia en esas mismas tierras. O Naranxo marcaría también el imaginario de otro artista gallego asilado en Buenos Aires: Laxeiro (autodefinido como "un anarquista indolente"), cuyos cuadros y dibujos sobre el tema se reproducen en esta feliz reedición, y que incluso acompañaron aquellas pioneras publicaciones de Valenzuela en LA GACETA. (Debidas sin duda a la inagotable y perspicaz generosidad de Daniel Alberto Dessein, justicieramente aludido en esta edición gallega, a quien yo mismo iba a conocer precisamente en casa de otro pintor exiliado: Leopoldo Nóvoa, hoy consagrado en Galicia.)De modo tal que, como decíamos al comienzo, en este sabroso libro, encarnado en un caudaloso idioma gallego -y más allá de sus evidentes valores literarios y culturales- no sólo se codean la vieja y la nueva Galicia, sino también la Buenos Aires y la Tucumán de una época, por tantos motivos relevante, en la que un escritor apasionado y sensible, Ramón de Valenzuela, supo inscribir estas páginas que, ahora cuidadosamente reeditadas en su suelo natal por Manuel Iglesias y Mario Pereira, como bien dijo Fernando Pessoa, se vuelven literalmente "futuro del pasado". (c) LA GACETA
Porque Ramón de Valenzuela (1914-1980), en vida y obra, resulta un testimonio cabal de aquella digna generación de intelectuales y artistas gallegos que, habiendo soñado con el resurgimiento de una Galicia aplastada, en lo más íntimo de su ser, por siglos de sometimiento y represión, tuvieron que enfrentarse con el alzamiento militar contra el legítimo gobierno de la República, que liquidaría también aquellas ilusiones al desencadenar la sangrienta guerra civil española que, merced a la directa intervención de la Italia fascista y la Alemania nazi, iba a culminar en la interminable dictadura franquista.
Y, por si fuera poco, se trata además de una historia que continúa entre nosotros. Porque si Buenos Aires -y con ella el país- hacía ya mucho tiempo que estaba recibiendo a cientos de miles de inmigrantes (obligados a abandonar una Galicia feudal y sin futuro, que no podía mantenerlos ni educarlos), a partir de la injusta derrota republicana en 1939 vería llegar otra clase de viajeros: los exiliados. Eran poetas, artistas, políticos, periodistas, científicos, universitarios, sindicalistas, editores. Que, firmemente afianzados en su colectividad, entonces mayoritariamente democrática, y reunidos alrededor de una figura ejemplar, Alfonso R. Castelao, no sólo líder político sino en realidad un humanista, durante décadas convirtieron a Buenos Aires en la auténtica capital de la cultura gallega.Entre ellos, Valenzuela no fue de los primeros, pero sí de los más significativos. Dirigente galleguista desde su adolescencia, lo primero que hicieron los facciosos fue detenerlo.
Incorporado contra su voluntad al ejército rebelde, se pasó a las filas republicanas, y allí actuó con integridad y coraje. Refugiado en Francia, y cuando muchos de sus compañeros eligen el refugio de América, decide quedarse para enfrentar a los nazis. Detenido por la Gestapo, es entregado a la policía franquista y condenado a veinte años de prisión. Finalmente indultado, recién en 1949 podrá llegar a Buenos Aires.
Y aquí continúan las derivaciones de esta historia. Valenzuela sólo iba a escribir en dos publicaciones argentinas: Galicia emigrante, dirigida por el impar Luis Seoane, entre 1955 y 1957, y estas mismas columnas de LA GACETA, entre 1956 y 1960. En ambas publica, por primera vez, muchos de los relatos que luego se integrarían en la primera edición de O Naranxo, realizada por el sello gallego Brais Pinto en 1974. El título de la obra (en castellano El Naranjo) alude al seudónimo indeleble de un personaje real: Manuel González Ferradás (1879-1945), auténtico "loco de aldea" que, como en tantos otros lugares y tiempos de Galicia, cobró figura de leyenda hasta convertirse en un elemento vivo del folklore de Lalín, y que incluso hoy da su nombre a la Asociación Cultural que ahora reedita este libro.
Seducido sin duda por la originalísima personalidad de aquel que, siendo considerado insano, podía demostrar con sus razonamientos meridianos que el verdadero loco era en realidad el mundo entero que lo rodeaba, Ramón de Valenzuela no podía tampoco dejar de enmarcarlo en ese vívido clima de fábula que había percibido ya desde su infancia en esas mismas tierras. O Naranxo marcaría también el imaginario de otro artista gallego asilado en Buenos Aires: Laxeiro (autodefinido como "un anarquista indolente"), cuyos cuadros y dibujos sobre el tema se reproducen en esta feliz reedición, y que incluso acompañaron aquellas pioneras publicaciones de Valenzuela en LA GACETA. (Debidas sin duda a la inagotable y perspicaz generosidad de Daniel Alberto Dessein, justicieramente aludido en esta edición gallega, a quien yo mismo iba a conocer precisamente en casa de otro pintor exiliado: Leopoldo Nóvoa, hoy consagrado en Galicia.)De modo tal que, como decíamos al comienzo, en este sabroso libro, encarnado en un caudaloso idioma gallego -y más allá de sus evidentes valores literarios y culturales- no sólo se codean la vieja y la nueva Galicia, sino también la Buenos Aires y la Tucumán de una época, por tantos motivos relevante, en la que un escritor apasionado y sensible, Ramón de Valenzuela, supo inscribir estas páginas que, ahora cuidadosamente reeditadas en su suelo natal por Manuel Iglesias y Mario Pereira, como bien dijo Fernando Pessoa, se vuelven literalmente "futuro del pasado". (c) LA GACETA







