Victoria Ocampo y la traducción de "El troquel"

Para LA GACETA - BUENOS AIRES.

25 Agosto 2002
Victoria Ocampo empieza a interesarse en T.E. Lawrence a partir de la publicación de Los siete pilares de la sabiduría, en 1935, año de la muerte de su autor. Entre esa fecha y la Segunda Guerra Mundial aparecen otros libros de y sobre Lawrence -cartas, testimonios de amigos y otros documentos- que van completando la particular visión que ella tendrá del enigmático personaje. Lo que hay que tener en cuenta es que ella no parte de la leyenda sino de la literatura. Va directamente a la fuente. Es decir su interés por los libros de Lawrence la llevó a estudiar su personalidad. De sus conversaciones con Roger Caillois, en 1939, surgió la idea de trazar un retrato moral de esa figura escurridiza y desconcertante. Ella misma explicó las razones que la llevaron a escribir ese libro extrañamente titulado T.E. 338171. Dice Victoria Ocampo: "El pensamiento, la vida, la acción del coronel Lawrence, tan ardientemente fundidos, me parecen un tema de meditación muy apropiado para fortificarnos en una época en que ser indeciso, flotante, pusilánime, complaciente con las propias debilidades, indulgente con los propios intereses, dividido y debilitado por esta anarquía interior y exterior, contribuyen a romper el equilibrio tambaleante del mundo moral. De un mundo fuera del cual la existencia de hombres como T.E. Lawrence no tiene sentido; ni libros como Los siete pilares, valor, como no sea decorativo".
Como su libro fue publicado en 1942, pasó inadvertido en Inglaterra hasta 1947, año en que conoció a A.W. Lawrence, el hermano menor de T.E., quien le permitió consultar un libro inédito de su hermano titulado The Mint (El troquel) cuya publicación había sido diferida por orden expresa del autor. Pero le permitió publicar como anticipo un capítulo de ese libro, ya que quedó muy bien impresionado por el ensayo de la escritora argentina. Ese capítulo que describe vertiginosamente la carrera entre una motocicleta, manejada por Lawrence, y un avión, apareció ese mismo año, 1947, en traducción de Borges y de Bioy; una traducción que Victoria Ocampo incorporó a la que ella hizo de todo el libro varios años después. Se limitó a corregir algunas distracciones como haber dejado millas y kilómetros y algún nombre misteriosamente cambiado. La traducción de ese capítulo, y sobre todo de un párrafo en especial, es un hallazgo que sólo puede provenir de la colaboración de dos escritores de talento.
En 1951 Victoria Ocampo fue autorizada a publicar ocho nuevos capítulos. Esta vez corrió el riesgo de traducir las malas palabras, cosa nada corriente en esa época. Eligió malas palabras actuales, corrientes en la Argentina, no malas palabras obsoletas. Había contado con la colaboración del joven Enrique Pezzoni. Cuatro años más tarde, por no sé qué racha de puritanismo -el puritanismo es recurrente en nuestro país- omitió las malas palabras de su traducción integral de El troquel. Sólo figuran en la edición para suscriptores. Igual criterio se había seguido en Inglaterra.
El troquel está dividido en tres partes y refiere la vida de Lawrence como soldado raso en la RAF (la Real Fuerza Aérea) desde 1922 hasta 1935. ¿Por qué Lawrence, llamado por algún periodista el rey sin corona de Arabia, no aceptó ni títulos ni honores, ni dinero desde luego y entró como recluta a los 34 años usando el seudónimo de Ross?Hay varias razones. Lawrence había convencido a los árabes de que se rebelaran contra los turcos porque les había prometido, en nombre del gobierno británico, que se les daría su independencia. La promesa no fue cumplida; otros intereses prevalecieron. En la Conferencia de Paz de Versailles, Lawrence se desempeñó como intérprete del emir Feisal, aunque en realidad era su consejero. Pero Lawrence fracasó; tuvo que luchar dos años más en Londres y en El Cairo para que el gobierno británico creara dos reinos árabes semiindependientes, en lo que luego serían Irak y Jordania.
También en esos años emprendió la redacción de Los siete pilares de la sabiduría, donde cuenta su participación en la campaña árabe. Pero lamentablemente Lawrence perdió los originales de su libro en una estación de tren. Lo increíble es que lo rehízo consultando los informes que él mismo había enviado a la cancillería británica.
Recordemos que la obra consta de 684 páginas en la vieja edición de Jonathan Cape. Creo que esto da una idea de la disciplina a la que Lawrence se había sometido. Pero también explica por qué estaba al borde de un colapso nervioso. "Lawrence, dice Victoria Ocampo, no quería mandar sino obedecer. Lo deseaba de manera frenética, casi enfermiza".
A la promiscuidad de la barraca donde dormían los reclutas, hay que agregar el sadismo de los cabos. Diariamente, Lawrence aprovechaba el toque de queda para tomar notas, pero no se contentaba con eso, las corregía varias veces con la finalidad de comprimirlas. El estilo de El troquel no se parece en nada ni al de Los siete pilares ni al de las Cartas. Según Victoria Ocampo, este libro póstumo está escrito con una constante preocupación de veracidad y con la cruel exactitud de las fotografías sin retoques. Tan crudo es el lenguaje que por momentos dan ganas de apretarse la nariz.
David Garnett, después de leer El troquel, le escribe a Lawrence: "Los hospitales de Damasco huelen a flores comparados con el aliento que se desprende de los cuarteles". Lawrence, que no podía reprimir cierta vanidad, se describe a sí mismo como "un unicornio en una caballeriza".
Si algunos capítulos son poco soportables para el olfato de los imaginativos, otros, muy diferentes, llaman la atención por su agudeza visual. Por ejemplo, en el capítulo IX de la tercera parte describe el funeral de la reina Alejandra, mujer de Eduardo VII: "Fue una extraña mañana aquella en que supimos que la reina Alejandra había muerto. La neblina que se junta aquí en las mañanas de otoño era poco espesa. Se extendía como un velo sobre la tierra, pero cuando mirábamos hacia arriba podíamos ver destellos que indicaban la presencia de un sol casi brillante sobre los aleros y los mástiles. Cuando formamos en la niebla, nuestros cuerpos se achatan.
No hay espesor, no hay sombra, no hay luces en nuestros botones lustrados, los muchachos parecen recortados en cartón gris con los bordes marcados por tintes más oscuros, allí donde las flechas de luz reflejada los dibujan". Tal vez resulte menos sorprendente este ojo profesional cuando nos enteramos de que Lawrence había estudiado fotografía aérea cuando estuvo en la RAF.
Según A.W. Lawrence, traducir The Mint es una empresa de locos, y más aún cuando es el español el idioma al que se lo traduce. En su versión de 1951 -ocho capítulos- Victoria Ocampo no consideró inconveniente usar argentinismos, a pesar de la circulación que Sur tenía por entonces. Pero sí se planteó este dilema, el de usar palabras que fueran comprensibles para todos los países de habla española, cuando realizó la traducción integral de The Mint. Lamentando no poder usar el argot como lo hizo Etiemble, el traductor francés, dice Victoria Ocampo: "nos hemos visto en la necesidad de adoptar términos más o menos comprensibles para todos los países de lengua española, lo que naturalmente quita fuerza y color local al texto. Hasta hemos tenido dificultad en la elección de las palabrotas, tan abundantemente empleadas en el ejército y por consiguiente en The Mint". Pero este propósito loable no lo lleva a cabo enteramente. Se le cuelan algunos argentinismos como "pelotón macanudo", "caloteo", "firuletes" y algo muy difundido en el cono sur: "macaneo militar".
Estas palabras y otras mucho peores que Victoria Ocampo, según nos dice, oyó en sus diarios paseos por San Isidro eran de uso corriente entre los soldados, eran automatismos, como los que usan actualmente los chicos argentinos para llamarse unos a otros sin percatarse de la denigración general que ello significa. Me imagino que habrán descifrado este púdico circunloquio... Si es cierto que la supresión de las palabrotas quita fuerza al texto, también es cierto que esa limitación es inherente al idioma español. Se nota en los verbos, sobre todo en los verbos de acción. En inglés son más gráficos, están dotados de una especie de animismo. Por lo general esos verbos provienen de palabras de origen sajón. Suelen tener una o dos sílabas. Esto influye en el ritmo de la narración, y más aún si es fragmentaria, como es el caso de El troquel, cuyos capítulos son breves. En español, como en francés, es más difícil ganar velocidad. Y la maestría de Lawrence se nota en la concisión, particularmente en el capítulo a que me refería al principio, el de la carrera entre la moto y el avión.
El español, en cambio, es un idioma más apto para la poesía que para la prosa. Son pocos los grandes prosistas en español. Borges, Alfonso Reyes, desde luego, pero vacilo en incluir el nombre de Octavio Paz, aunque lo admiro enormemente.
Una particularidad de El troquel es que está escrito casi en su totalidad en primera persona del plural, aun cuando ese plural es incompatible con ciertas características, ciertas fobias del autor. Y esto tiene que ver directamente con la sexualidad. Lawrence emplea el plural para mimetizarse porque, en realidad, tenía horror a la carne, al contacto físico. "He aprendido a tener solidaridad con los reclutas. No es que seamos o vayamos a ser parecidos. Me alisté con la esperanza de compartir sus gustos y su manera de vivir. Pero mi naturaleza persiste en verlo todo en el espejo de mí mismo, y no con la mirada directa. Así que nunca seré del todo feliz, con la felicidad de estos muchachos que encuentran su néctar de vida y su elixir en la profunda excitación de alguna glándula seminal".
Pero, sin embargo, la sexualidad reprimida de Lawrence aparece bajo un disfraz inesperado, mucho más seguro para su equilibrio emocional por ser inconsciente, porque Lawrence había transferido su sexualidad al contacto con las máquinas, con las motocicletas, sobre todo, que lo fascinaban. Las mandaba hacer según sus indicaciones y a cada una le daba un nombre y a veces hasta un sobrenombre.
Boanarges es la que aparece en el capítulo XVI de la tercera parte de El troquel (ya mencionada). Escribe Lawrence: "Como flechas me pinchaban las mejillas los leves insectos; a veces, un cuerpo más pesado, una mosca o un escarabajo, se estrellaban contra mi cara o mis labios, como una bala perdida. Una ojeada al velocímetro: setenta y ocho. Boanarges está calentándose.
Acelero a fondo en lo alto de la loma y nos precipitamos cuesta abajo y cuesta arriba, como en una montaña rusa. La pesada máquina se lanza como un proyectil, con un zumbido de ruedas en el aire a cada acelerada, para caer oblicuamente, con un tirón de la cadena de transmisión, que me sacude la columna vertebral como una convulsión". Y más adelante: "Una motocicleta retozona, con algo de pura sangre, es mejor que todos los animales de montar de la tierra, por su lógica prolongación de nuestras facultades, y la sugestión, la provocación al exceso conferido por su incansable y poderosa suavidad. Porque Boa me quiere me da cinco millas más de velocidad de lo que daría a un extraño".
En esas carreras en que cedía al vértigo de la velocidad es evidente que Lawrence lograba lo que había estado buscando desde que entró en la RAF: la extinción de su personalidad. Pero lo lograba arriesgando su vida, y es imposible que no lo supiera, siendo un experto en motocicletas y conociéndose como se conocía. Murió Lawrence el 13 de mayo de 1935, a raíz de un accidente de motocicleta. No quiso embestir a dos ciclistas que se le cruzaron en el camino.
Pienso que T.E. Lawrence fue conocido en la Argentina como escritor gracias a Victoria Ocampo que editó sus libros, tradujo uno de ellos y lo propuso como ejemplo de integridad moral. Pero lamento que no le hubiese encargado a Borges la traducción de Los siete pilares de la sabiduría. Ella se quejaba de la versión publicada por Sur y una vez me mostró una lista de los errores principales en que había incurrido el traductor. De todos modos, Victoria Ocampo realizó una tarea insustituible, y su traducción de El troquel, aunque puede resultar a veces descolorida, es, sin duda, meritoria y en algunos capítulos, admirable, sobre todo en la primera parte.
(c) LA GACETA

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