25 Agosto 2002 Seguir en 

Stephen W. Hawking es uno de los más notorios forjadores de la concepción con que hoy contamos acerca del universo. Su labor, desarrollada en buena medida junto a Roger Penrose, se orientó a la formulación de una teoría que uniera de modo consistente lo que sabemos del universo a gran escala -en el orden estelar de las galaxias y las constelaciones- con lo que de él sabemos a escala pequeñísima -en el orden de las partículas subatómicas-.
Hawking concibió la posibilidad de esa síntesis al invertir la "flecha del tiempo" en el llamado teorema de Penrose, según el cual una estrella que colapsa bajo el efecto de su propia gravedad comprime toda su materia en una región de volumen nulo, con lo que llega a constituir una singularidad contenida en un "agujero negro", cuya gravedad es tan intensa que ni la luz puede sustraerse de ella y acceder a un observador externo. Hawking advirtió que la formación de un "agujero negro", descripta con el tiempo "al revés" -como cuando se proyecta una película cinematográfica comenzando por el final y concluyendo por el principio- era una descripción convincente del origen del universo, tal como resultaba deducible de la Relatividad General (aunque Einstein se negaba a esa deducción) y de las observaciones de Hubble sobre el alejamiento de los cuerpos estelares en todas direcciones, esto es, una gran explosión ocurrida en una singularidad, seguida de una formidable expansión que condujo a la actual distribución de la materia en el espacio-tiempo que incluye a seres capaces de reconstruir hipotéticamente ese proceso y de interrogarse por su significado.
Hawking asigna particular importancia a los instantes iniciales del universo, en los que este es lo suficientemente pequeño como para que los efectos cuánticos predominen sobre los gravitacionales, relación que permite esbozar precisamente una teoría cuántica de la gravedad, tendiente a explicar las diferentes fuerzas físicas conocidas como expresiones de una única fuerza de rango cósmico.
Antes de desplegar sus propias conjeturas, el autor expone brevemente las principales teorías cosmológicas formuladas en el curso del tiempo: Aristóteles, Copérnico, Galileo, Newton, Einstein son explicados con admirable concisión y claridad.
La hondura de las cuestiones que Hawking encara se expresa, por ejemplo, en la siguiente: "incluso si hay sólo una teoría unificada posible, se trata únicamente de un conjunto de reglas y de ecuaciones. ¿Qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que puede ser descripto por ellas?".En cuanto a los quilates de sus conjeturas, véase esta: "no obstante, si descubrimos una teoría completa, con el tiempo habrá de ser, en sus líneas maestras, comprensible para todos y no únicamente para unos pocos científicos. Entonces todos, filósofos, científicos y la gente corriente seremos capaces de tomar parte en la discusión de por qué existe el universo y por qué existimos nosotros. Si encontrásemos una respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios".
Este libro fue publicado en castellano en 1988; la versión que comentamos es una segunda edición en nuestro idioma. Si tal cosa valiese como un indicio de que la cosmología es de interés popular, entonces deberíamos revisar con alegría los sombríos dictámenes de quienes aseguran que el progreso de las luces ya no es asunto de nuestro tiempo.
(c) LA GACETA
Hawking concibió la posibilidad de esa síntesis al invertir la "flecha del tiempo" en el llamado teorema de Penrose, según el cual una estrella que colapsa bajo el efecto de su propia gravedad comprime toda su materia en una región de volumen nulo, con lo que llega a constituir una singularidad contenida en un "agujero negro", cuya gravedad es tan intensa que ni la luz puede sustraerse de ella y acceder a un observador externo. Hawking advirtió que la formación de un "agujero negro", descripta con el tiempo "al revés" -como cuando se proyecta una película cinematográfica comenzando por el final y concluyendo por el principio- era una descripción convincente del origen del universo, tal como resultaba deducible de la Relatividad General (aunque Einstein se negaba a esa deducción) y de las observaciones de Hubble sobre el alejamiento de los cuerpos estelares en todas direcciones, esto es, una gran explosión ocurrida en una singularidad, seguida de una formidable expansión que condujo a la actual distribución de la materia en el espacio-tiempo que incluye a seres capaces de reconstruir hipotéticamente ese proceso y de interrogarse por su significado.
Hawking asigna particular importancia a los instantes iniciales del universo, en los que este es lo suficientemente pequeño como para que los efectos cuánticos predominen sobre los gravitacionales, relación que permite esbozar precisamente una teoría cuántica de la gravedad, tendiente a explicar las diferentes fuerzas físicas conocidas como expresiones de una única fuerza de rango cósmico.
Antes de desplegar sus propias conjeturas, el autor expone brevemente las principales teorías cosmológicas formuladas en el curso del tiempo: Aristóteles, Copérnico, Galileo, Newton, Einstein son explicados con admirable concisión y claridad.
La hondura de las cuestiones que Hawking encara se expresa, por ejemplo, en la siguiente: "incluso si hay sólo una teoría unificada posible, se trata únicamente de un conjunto de reglas y de ecuaciones. ¿Qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que puede ser descripto por ellas?".En cuanto a los quilates de sus conjeturas, véase esta: "no obstante, si descubrimos una teoría completa, con el tiempo habrá de ser, en sus líneas maestras, comprensible para todos y no únicamente para unos pocos científicos. Entonces todos, filósofos, científicos y la gente corriente seremos capaces de tomar parte en la discusión de por qué existe el universo y por qué existimos nosotros. Si encontrásemos una respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios".
Este libro fue publicado en castellano en 1988; la versión que comentamos es una segunda edición en nuestro idioma. Si tal cosa valiese como un indicio de que la cosmología es de interés popular, entonces deberíamos revisar con alegría los sombríos dictámenes de quienes aseguran que el progreso de las luces ya no es asunto de nuestro tiempo.
(c) LA GACETA







