25 Agosto 2002 Seguir en 

Uno de los principales objetivos asumidos por Jorge Bucay es simplificar al máximo ideas, nociones, conceptos y postulados. Más aún: se jacta de escribir para entenderse a sí mismo. De arranque, nada costará admitir que, en efecto, el hombre ha resultado un inobjetable ganador de semejante batalla personal, que se ha revelado como un formidable simplificador.En la inalterable línea de sus libros anteriores (Cartas para Claudia, Recuentos para Demián, Cuentos para pensar, De la autoestima al egoísmo, Amarse con los ojos abiertos), Bucay se aboca ahora a un tema que, según él mismo reconoce, comporta el peligro de la cursilería, pero lejos de arredarse se le anima con envidiable convicción. A su entender, cuatro son los caminos "inevitables": autodependencia, encuentro, lágrimas y felicidad, y justamente este preciado estado de dicha es el que propicia un texto llano, dadivoso, facilitador, democrático y notablemente simplificado. ¿Cómo? Primero con un tono cordial, intimista, coloquial ("fijate", "dejame", "tenés razón"); después, por la valentía con que condensa pensamientos variados, opuestos, complejos. No es poca cosa resumir la dialéctica hegeliana en veinte líneas, ni hacer coexistir, tan campante, sentencias de Epicuro, consejos de la Madre Teresa de Calcuta y recetarios del Dalai Lama, con hipótesis de su propio peculio que él se autoriza a llamar "teorías", alegorías, parábolas, aforismos y chistes, que van de un tono apto para adolescentes de colegios marianos a otro más emparentado con los guarangos profesionales de Café Fashion.
Cinco son los capítulos reunidos en El camino de la felicidad: "¿Qué es la felicidad?", "Algunos desvíos", "Retomando el camino", "Bienestar, psicología y felicidad", "¿Y después qué?". Como se ve, el doctor Bucay apuesta fuerte. Siglos de reflexión filosófica y cien años de psicoanálisis no bastan para hacerlo retroceder ni un solo paso. Estamos hechos para buscar la felicidad, concluye. Resuelto el intríngulis sentido/sinsentido, va más a fondo, nos desayuna con que "el desafío es ser uno mismo" y salta, sin obstáculos, los pequeños o grandes detalles de las marcas sociales, políticas, culturales y psicológicas. Si la neurosis es "una idiotez", si la única vida que merece ser vivida es aquella digna, intensa, plena, y la felicidad es "la certeza de no estar perdido", él hace punta y sugiere rumbos, sendas posibles, todas bajo la suprema bendición de la voluntad.
Al mismo tiempo, ya que aludimos a alguien políticamente correcto, insiste una y otra vez en que sus palabras deben ser tomadas con pinzas, por qué no desechadas, no sea cosa que algún malentendido haga suponer que habla y pontifica desde la tarima del tipo más piola del barrio. Cultor de la obviedad, de la obviedad de la obviedad, Bucay se propone como lo que en verdad parece ser: un vendedor de ilusiones, generoso en las ofertas, razonable en las rebajas y, desde luego, muy advertido de los humores de la demanda.
Por si no se ha notado, hemos recogido, a pie juntillas, la vocacion simplificadora de nuestro próspero terapeuta. Y a propósito, una sencilla pregunta: ¿qué extraño sortilegio ha fecundado para que los paradigmas de la intelectualidad argentina sean, por ejemplo, Marcos Aguinis, Jaime Barylko y el doctor Bucay?
(c) LA GACETA
Cinco son los capítulos reunidos en El camino de la felicidad: "¿Qué es la felicidad?", "Algunos desvíos", "Retomando el camino", "Bienestar, psicología y felicidad", "¿Y después qué?". Como se ve, el doctor Bucay apuesta fuerte. Siglos de reflexión filosófica y cien años de psicoanálisis no bastan para hacerlo retroceder ni un solo paso. Estamos hechos para buscar la felicidad, concluye. Resuelto el intríngulis sentido/sinsentido, va más a fondo, nos desayuna con que "el desafío es ser uno mismo" y salta, sin obstáculos, los pequeños o grandes detalles de las marcas sociales, políticas, culturales y psicológicas. Si la neurosis es "una idiotez", si la única vida que merece ser vivida es aquella digna, intensa, plena, y la felicidad es "la certeza de no estar perdido", él hace punta y sugiere rumbos, sendas posibles, todas bajo la suprema bendición de la voluntad.
Al mismo tiempo, ya que aludimos a alguien políticamente correcto, insiste una y otra vez en que sus palabras deben ser tomadas con pinzas, por qué no desechadas, no sea cosa que algún malentendido haga suponer que habla y pontifica desde la tarima del tipo más piola del barrio. Cultor de la obviedad, de la obviedad de la obviedad, Bucay se propone como lo que en verdad parece ser: un vendedor de ilusiones, generoso en las ofertas, razonable en las rebajas y, desde luego, muy advertido de los humores de la demanda.
Por si no se ha notado, hemos recogido, a pie juntillas, la vocacion simplificadora de nuestro próspero terapeuta. Y a propósito, una sencilla pregunta: ¿qué extraño sortilegio ha fecundado para que los paradigmas de la intelectualidad argentina sean, por ejemplo, Marcos Aguinis, Jaime Barylko y el doctor Bucay?
(c) LA GACETA







