Uno de los libros más entrañables del gran escritor Haroldo Conti

Ritmo sostenido y tocante, hecho de aliento y fuerza.

25 Agosto 2002
Si hay algún escritor argentino contemporáneo con respecto al cual puedan aludirse sin desmedro aquellas lúcidas palabras del gran Cesare Pavese: Narrar es como nadar, ese es sin duda Haroldo Conti. Más allá de que los temas del río y del mar, de barcos y marinos, devienen elementos casi míticamente subyacentes en su mundo, es en los mejores momentos de su escritura, en lo que ya podemos definitivamente llamar su estilo, donde la narración alcanza ese ritmo sostenido y tocante, suelto y escandido, iluminador y contagioso, hecho de aliento y fuerza, de ligereza y de poder, ineludiblemente orgánico y al mismo tiempo etéreo, flotante, mágico.
Que cuajó de manera magnífica (incluso con algunas rebarbas y con algún punto grueso aquí y allá, prueba de su gestación espontánea, en absoluto intelectualizada) con este libro por tantos motivos revelador, especialmente en el breve e indeleble texto inicial, que da título al conjunto pero, también, en otros tan logrados como Memoria y celebración o Las doce a Bragado, por citar sólo algunos, pero sin duda ejemplares. La supuesta discusión sobre los rótulos resulta, aquí también, infinitamente irrelevante. Que yo descubra lirismo donde algún otro percibirá realismo nunca será tan sólo un problema de conceptos. Porque el lenguaje humano, ya lo sabemos, ay, inviste la misma ambigüedad que nuestra condición. Pero es de esa carencia, justamente, de esa dificultad de comunicación monosémica, en un único sentido, que el gran arte de la literatura hizo siempre su cantera, su taller de trabajo.
Como lo prueba, entre nosotros, precisamente Haroldo Conti. Que era además una gran persona, un hombre sensible, afable, humilde, sin pavoneo alguno y sin la más mínima soberbia, a la vez concienzudo y fraternal, pero sin proponérselo, como natural emanación de su ser más legítimo. Como me tocó conocerlo, durante un largo rato, la única vez en que nos fue dado encontrarnos personalmente, cuando yo dirigía una revista y quise hacerle una nota, a comienzos de los años sesenta.
Circunstancia que, felizmente, quedó reflejada en una significativa serie de fotografías, que todavía conservo, donde se lo ve joven y abierto, se lo percibe comunicativo y responsable.
"Dulce farito del Cabo de Santa María, obelisco suplente, ¡cuántas historias alumbrarás todavía cuando yo sólo persista en estas líneas!". De pronto, estas bellísimas palabras de Haroldo Conti, pura intensidad y calidez, transidas de melancólico lirismo, leídas prácticamente poco antes de finalizar esta feliz reedición de uno de sus libros más entrañables, no sólo me atenazaron la garganta con una conmovida emoción, que no me cuesta imaginarme compartida. Sino que de algún modo, como en la tragedia griega, venían a cerrar el círculo que habían inaugurado ya las palabras iniciales del atinado prólogo con que Enrique Foffani abre este mismo volumen.
Porque esa muerte, teórica pero ineludible, apenas presentida en 1975, cuando escribía Tristezas de la otra banda, iba a concretarse en forma perversa el 4 de mayo del año siguiente, cerrando la parábola de su destino sudamericano, al poco tiempo de instalarse la dictadura, que convirtió a este gran escritor en uno de los primeros desaparecidos, en una de las primeras víctimas de la represión ilegal. Como llega a ocurrir sólo en contados casos, en casos señalados, a la límpida metáfora viva de su obra la muerte vino a acuñarle, como sombrío resplandor, como aura trágica, la dolorosa metáfora de su sino.
(c) LA GACETA

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