18 Agosto 2002 Seguir en 

Curzio Malaparte cuenta, no recordamos si en "Kapput" o en "La Pelle", la historia de un embajador italiano que sobrevivió a todas las vicisitudes políticas de su patria, pero no a una tentación infantil.
El hombre -hermosa planta de varón, simpático, mundano- pertenecía al clan social del conde Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Relaciones Exteriores de su gobierno. Ciano era el eje de la vida elegante de la sociedad romana y estar bajo su ala era garantía de permanencia en la cancillería y de lograr buenos destinos en el extranjero.
Cuando cayó el gobierno fascista Ciano pasó a ser un proscripto, lo mismo que este miembro de la carrera. Los enemigos, que en las cancillerías suelen ser más feroces que en otros ambientes, se regodeaban con el derrumbe de Ciano y de sus favoritos.
Giancarlo -le daremos este nombre ficticio a nuestro personaje- "está terminado", decían con fruición sus adversarios y, con algún recato, sus íntimos.
Pero el hombre tenía el arte de caer de pie. Su familia estaba muy bien vinculada con la corte -que al caer el fascismo había ganado algún poder- y consiguió que se le conservase el cargo de embajador.
Los pesares de Giancarlo parecían no tener fin. Poco tiempo después cayó la monarquía y con ella el tío influyente. Nuevamente con sana alegría se comentaba en los clubes y salones romanos: "Giancarlo, kapput".
Un cardenal medio pariente logró agarrarlo de los fundillos antes de que cayera en el abismo de la cesantía. Giancarlo siguió disfrutando de la jerarquía diplomática. Nuevamente había caído como un buen jinete en el picadero.
Para completar su buenaventura fue designado embajador en una de las ciudades más hermosas de América. Cuando subió al avión para viajar a su destino, hizo un elegante corte de manga a la Urbs y ordenó un whisky. La azafata, con esa cortesía postiza de su oficio, lo atendió con todas las apariencias del cariño aeronáutico. Giancarlo estaba exultante. Una turbulencia vino en su ayuda. Cuando la muchacha pasó para la cabina, con discreción le pellizcó leve y respetuosamente el trasero.
No hubo chambelán del reino ni cardenal del Vaticano que lo salvara. El sindicato de azafatas acabó con su carrera conservada con tanta suerte.Malaparte entendemos que no llegó a saber el fin digital de esta historia.
(c) LA GACETA
El hombre -hermosa planta de varón, simpático, mundano- pertenecía al clan social del conde Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Relaciones Exteriores de su gobierno. Ciano era el eje de la vida elegante de la sociedad romana y estar bajo su ala era garantía de permanencia en la cancillería y de lograr buenos destinos en el extranjero.
Cuando cayó el gobierno fascista Ciano pasó a ser un proscripto, lo mismo que este miembro de la carrera. Los enemigos, que en las cancillerías suelen ser más feroces que en otros ambientes, se regodeaban con el derrumbe de Ciano y de sus favoritos.
Giancarlo -le daremos este nombre ficticio a nuestro personaje- "está terminado", decían con fruición sus adversarios y, con algún recato, sus íntimos.
Pero el hombre tenía el arte de caer de pie. Su familia estaba muy bien vinculada con la corte -que al caer el fascismo había ganado algún poder- y consiguió que se le conservase el cargo de embajador.
Los pesares de Giancarlo parecían no tener fin. Poco tiempo después cayó la monarquía y con ella el tío influyente. Nuevamente con sana alegría se comentaba en los clubes y salones romanos: "Giancarlo, kapput".
Un cardenal medio pariente logró agarrarlo de los fundillos antes de que cayera en el abismo de la cesantía. Giancarlo siguió disfrutando de la jerarquía diplomática. Nuevamente había caído como un buen jinete en el picadero.
Para completar su buenaventura fue designado embajador en una de las ciudades más hermosas de América. Cuando subió al avión para viajar a su destino, hizo un elegante corte de manga a la Urbs y ordenó un whisky. La azafata, con esa cortesía postiza de su oficio, lo atendió con todas las apariencias del cariño aeronáutico. Giancarlo estaba exultante. Una turbulencia vino en su ayuda. Cuando la muchacha pasó para la cabina, con discreción le pellizcó leve y respetuosamente el trasero.
No hubo chambelán del reino ni cardenal del Vaticano que lo salvara. El sindicato de azafatas acabó con su carrera conservada con tanta suerte.Malaparte entendemos que no llegó a saber el fin digital de esta historia.
(c) LA GACETA







