Un drogadicto rehabiltado que narra su propia y desgarradora historia personal

Obra fuerte, que atrapa y golpea al lector con revelaciones de pesadilla.

18 Agosto 2002
Afirmar que el contenido de esta obra es solamente un testimonio más de un drogadicto rehabilitado sería una síntesis insuficiente, además de injusta. La novela, en realidad, lo es de aventuras y su principal protagonista -y autor- es un drogadicto que relata cómo se desarrolló su vida entre mediados del año 1968 y comienzos del 70. La historia es real y Charles Duchaussois la presenta en la dedicatoria como una "confesión". El resultado es sorprendente. El autor logra desde el principio la complicidad del lector y consigue volcar su corazón hacia el personaje principal, atrapándolo con cada una de las historias que se suceden durante ese año y medio, no obstante que la crueldad y la miseria están presentes, brutales, a cada vuelta de página.
Las anécdotas que se entrelazan son fantásticas, al igual que sus escenarios: en Estambul, Charles se desempeña como transportista ilegal de armas; en Beirut, participa en la cosecha de hachis; en Kuwait, se encarga de un club nocturno; Nueva Delhi, Bagdad y por fin, Katmandú son ámbitos de trapisondas y de alguno que otro delito menor.
En medio del turismo hippie que se desplaza por la zona, Duchaussois describe vivamente todo cuando lo rodea: los hoteles, las calles, las comidas, los templos, la gente y las costumbres; cuenta detalladamente el acontecer en Katmandú durante los años de tolerancia estatal hacia los hippies y las drogas; se extiende en detalle y sin tapujos sobre estas últimas, sus diferentes tipos, las modalidades de su ingesta, sus nombres (el hachis se fuma ya sea en cigarrillos, mezclado con tabaco, joints, o en shiloms; el opio, en pipetas; una inyección de heroína, metedrina o morfina se denomina shoot o fix), los primeros efectos de la droga impelida por el émbolo de una jeringa (el flash), y el efecto subsiguiente (la ida o el viaje), también la diferencia entre los que se drogan y los junkies (aquellos drogadictos que se encuentran en las últimas etapas previas a la muerte).
El ritmo del relato se corresponde con el estado general del personaje: cuesta abajo. A medida que este desciende a los infiernos de la dependencia y comienza a convertirse en un junkie, el ritmo, veloz y pujante en el comienzo, decae hasta casi paralizarse, de modo similar al drogoto carente de fuerzas para ceñir el lazo en el bíceps que marca la vena a inyectar. El mensaje es claro y se anticipa incluso en la primera parte de la narración, donde los efectos de los narcóticos, que sugieren trances fantásticos, son opacados por el horror de las imágenes de los relatos subsiguientes.
En resumen, una obra fuerte, cautivante, que logra entretener mientras golpea al lector, revelándole desde dentro un mundo apenas imaginable.

(c) LA GACETA

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