18 Agosto 2002 Seguir en 

Alrededor de cuarenta obras publicadas -casi todas novelas cortas- hacen que este autor nacido en Pringles, provincia de Buenos Aires, en 1949, sea considerado actualmente en algunos países, entre ellos España, una especie de fenómeno editorial muy de moda. Excelente traductor, admirador de la obra de su amigo Osvaldo Lamborghini, de quien se convirtió a su muerte en especie de albacea, escribe novelas cortas ("novelitas", a su decir) caracterizadas por la originalidad de sus procedimientos. Entre ellos, el hecho de no corregir lo escrito "para no perder tiempo", finalizar las obras anticipadamente por cansancio o aburrimiento, y realizar disquisiciones filosóficas personales. Lo indiscutible de estas obras es el armado de esquemas o premisas que preparan el terreno para hacer creíble una historia, razón por la que puede ser objetado pero no invalidado. Este método literario, usado por muchos autores de diferentes épocas y estilos, sobre todo en cuento fantástico, realismo mágico o novelas policiales (Anderson Imbert, García Márquez, Chesterton, Denevi, Kafka y el mismo Lamborghini, entre ellos), es siempre efectivo. La trama urdida es "posible" aun cuando sea "poco probable". Y aunque Aira toma distancia para diferenciarse de todo lo convencional, no siente horror a la hora de usar estos valiosos esquemas heredados. Su incorporación es, junto con la sinceridad, uno de sus mayores logros.
Cumpleaños es un ensayo autobiográfico realizado por Aira al cumplir sus cincuenta años, circunscrito primordialmente a la literatura, la libertad, la razón de la existencia y las asignaturas pendientes. Y aprovecha esa oportunidad para justificar públicamente sus métodos literarios, ya que escribe "como una coartada para justificar sus propias novelas" (pág. 81). La inspiración para escribir la obra surgió así: cierto día, observando la luna, se entera de la verdadera razón de la existencia de fases en ella, distinta de la versión que recordaba de toda la vida. Ello lo obliga a replantearse la verosimilitud de todo concepto heredado. Este poético planteo le lleva las veinte primeras hojas del libro. A partir de allí, un viaje a su Pringles natal le permite recrear una historia de fábulas y recuerdos. Al tomar conciencia del paso del tiempo, realiza numerosas disquisiciones, muy propias de él, en las que el Juicio Final, la vida, la inmortalidad, la libertad se mezclan con disquisiciones menos paradigmáticas acerca de la conveniencia o no de corregir lo que se escribe. Aira cuenta que al promediar las veinte obras publicadas, se propuso comenzar a escribir no convencionalmente sin preocuparse por la ambientación de sus novelas. A partir de allí sus obras conformarán a lo largo de su vida un conjunto o totalidad, obra única que lo representará al finalizar su existencia. Sus consideraciones parecen muy sinceras, hechas con la entereza de reconocer sus propios errores, desde la humildad de una confesión de partes que lleven a relevar las pruebas en su contra. Dice Aira: "Yo me hice escritor, y mi block maravilloso, mi anotación, son mis novelitas. Pero uno querría ser otro escritor". "A mí me gustaría tener estilo. Yo hice de una falta de estilo, mi estilo. Así es como llegué a ser un escritor conocido y celebrado. Si hubiese querido ser como los demás habría tenido demasiada competencia y casi todos lo habrían hecho mejor que yo" (pág. 31).
En la última parte del ensayo, la meditación de un hecho histórico anecdótico obra de disparador: en 1832, el matemático Évariste Galois debe batirse a duelo de pistola por una cuestión de honor. Esa noche, mientras espera el momento, se encierra en su cuarto a anotar todos los descubrimientos realizados, que le garanticen la inmortalidad. Aira, reflexionando sobre el mismo, intenta hallar la fórmula para escribir, en una noche, una obra que contenga todas sus ficciones. Aunque es un sofisma, no deja de resultar un desafío interesante y emotivo capaz de despertar la imaginación. La prosa llana, el estilo lúdico, la mente desvelada por las preguntas que desde siempre se plantea el hombre, conviven con el humor propio de su obra, configurando un ensayo creíble y veraz, toda vez que realiza sobre sí mismo declaraciones polémicas que no lo favorecen. Obviamente no se puede cambiar toda la literatura por un autor. Pero después de esta confesión de parte y sus explicaciones, no se puede menos que respetar su propio y bien ganado espacio.
(c) LA GACETA
Cumpleaños es un ensayo autobiográfico realizado por Aira al cumplir sus cincuenta años, circunscrito primordialmente a la literatura, la libertad, la razón de la existencia y las asignaturas pendientes. Y aprovecha esa oportunidad para justificar públicamente sus métodos literarios, ya que escribe "como una coartada para justificar sus propias novelas" (pág. 81). La inspiración para escribir la obra surgió así: cierto día, observando la luna, se entera de la verdadera razón de la existencia de fases en ella, distinta de la versión que recordaba de toda la vida. Ello lo obliga a replantearse la verosimilitud de todo concepto heredado. Este poético planteo le lleva las veinte primeras hojas del libro. A partir de allí, un viaje a su Pringles natal le permite recrear una historia de fábulas y recuerdos. Al tomar conciencia del paso del tiempo, realiza numerosas disquisiciones, muy propias de él, en las que el Juicio Final, la vida, la inmortalidad, la libertad se mezclan con disquisiciones menos paradigmáticas acerca de la conveniencia o no de corregir lo que se escribe. Aira cuenta que al promediar las veinte obras publicadas, se propuso comenzar a escribir no convencionalmente sin preocuparse por la ambientación de sus novelas. A partir de allí sus obras conformarán a lo largo de su vida un conjunto o totalidad, obra única que lo representará al finalizar su existencia. Sus consideraciones parecen muy sinceras, hechas con la entereza de reconocer sus propios errores, desde la humildad de una confesión de partes que lleven a relevar las pruebas en su contra. Dice Aira: "Yo me hice escritor, y mi block maravilloso, mi anotación, son mis novelitas. Pero uno querría ser otro escritor". "A mí me gustaría tener estilo. Yo hice de una falta de estilo, mi estilo. Así es como llegué a ser un escritor conocido y celebrado. Si hubiese querido ser como los demás habría tenido demasiada competencia y casi todos lo habrían hecho mejor que yo" (pág. 31).
En la última parte del ensayo, la meditación de un hecho histórico anecdótico obra de disparador: en 1832, el matemático Évariste Galois debe batirse a duelo de pistola por una cuestión de honor. Esa noche, mientras espera el momento, se encierra en su cuarto a anotar todos los descubrimientos realizados, que le garanticen la inmortalidad. Aira, reflexionando sobre el mismo, intenta hallar la fórmula para escribir, en una noche, una obra que contenga todas sus ficciones. Aunque es un sofisma, no deja de resultar un desafío interesante y emotivo capaz de despertar la imaginación. La prosa llana, el estilo lúdico, la mente desvelada por las preguntas que desde siempre se plantea el hombre, conviven con el humor propio de su obra, configurando un ensayo creíble y veraz, toda vez que realiza sobre sí mismo declaraciones polémicas que no lo favorecen. Obviamente no se puede cambiar toda la literatura por un autor. Pero después de esta confesión de parte y sus explicaciones, no se puede menos que respetar su propio y bien ganado espacio.
(c) LA GACETA







