Olores

Para LA GACETA - TafI del Valle (Tucumán)

11 Agosto 2002
En la casa de Gabino Mamaní, Eugenio aprendió los olores del mundo.
En su rancho escondido en la quebrada de un río de deshielo vivía Gabino el solitario, seco y enérgico, sin duda añoso pero de memoria urgente. Amanecía antes que el sol y abría el corral de las ovejas.
Ordeñarlas. Largarlas a pastar. Cuajar la leche en el tinajón grande. Vigilarlas.
Colgar la cuajada en mantel de lienzo.
Vigilarlas. Prensar el atado de cuajada bajo la piedra enorme. Vigilarlas.
Desmenuzar la cuajada hasta la obsesión. Vigilarlas. Salar la cuajada que ya parece harina gruesa. Vigilarlas. Olvidar los quesos en los cinchones...
Después del fuego a leña, de los mates acompañados con pan de mujer -¿de cuál mujer?- salir campo afuera y... vigilarlas.¡Que pasten mientras puedan, mientras el pasto sea pasto! Después, deberán conformarse con la siringuilla que cae como mechones duros de todas las barrancas. Servirá también si hay que espesar el techo.
Para Eugenio, primero fue el olor a oveja, a encierro, a humo denso que jamás se asentaba -pero tampoco se iba nunca- del rancho de Gabino.
Sobre la sillita matera se le hacía agua la boca porque los olores le anticipaban el bollo con chicharrón y algún pedazo de queso que no había en su casa: olor a quebracho de las bateas; a cuero curtido con el que Gabino fabricaba ushutas, boleadoras, petacas y barbijos; a pan recién amasado y a pan recién horneado.Olor a zorrino, pegado a la pelambre de los perros...

Eugenio era uno de diez hermanos.
Sin razón clara ni invitación concreta, visitaba al viejo dos veces por semana. Después del buenos días seguía un silencio largo; luego, la invitación al desayuno y a seguir con los ojos su ajetreo.
Eugenio aprovechaba para adormilarse.En el rancho de Gabino, los recuerdos olían aún más que los objetos; por eso, pensar en la madre era un vaho a fogata extinguida, a guisos espesos, a ausencia de caricias.El padre era un perfume escaso, difícil de olfatear. El hombre que vivía en su casa y que dormía en la cama de la madre, no era el que le había dado la vida; ni a él, ni a los cuatro hermanos más grandes.
Hasta entonces, la existencia había sido una sucesión de días parejos regidos por las horas de luz, la temperatura, las estaciones y los silbidos, porque las ánimas que los visitaban una vez al año eran capaces de cambiarlo todo, igual que los bruscos arranques de melancolía que hacían presa de José, el hermano mayor, en el momento menos pensado. El llanto del mozo sacudía entonces la casa y el temblor que le movía las quijadas y lo arrinconaba tras un montón de leña vieja anunciaba el comienzo de la pesadilla. La madre marcaba los turnos "de cuidarlo", a cumplir estrictamente por cada uno de los miembros de la familia, y con la cara impávida indicaba quién era el encargado de cerrar puertas y ventanas.
A partir de los once años, las visitas de Eugenio a lo de Gabino sufrieron un cambio: aumentaron.
Las primeras letras estallaron después de un desayuno y también el orden de los números, una lista de insectos, ciertas constelaciones, un nombre para Dios y para las huellas de otros dioses, los claros augurios de aguacero, los recovecos donde abunda el azafrán, las partes del cuerpo que importaban y los conjuros mágicos que garantizan la supervivencia.
Por supuesto, olores y perfumes eran parte de esa sabiduría: el número cuatro olía a berro que crece a la vera de la acequia; las palabras difíciles hedían a carroña; las sumas se aspiraban con esfuerzo como el chaparrón que aún no llega; los ensalmos y los sortilegios exhalaban aroma a yuyo desconocido.

Cuando Eugenio iba a cumplir catorce, el 2 de Noviembre los aterró con más silbidos que de costumbre. Es cierto que eran días de esconderse; de evitar las quebradas, las grutas y los atajos. Era momento de visitar el campo santo, de rezar a toda hora, de armar flores de papel para las coronas, pero Eugenio no pudo resistir la tentación de acudir a lo de Gabino y se escapó a la mañana, entre las seis y las seis y media.
La seguridad de haber pecado le cayó sobre el alma como red y lo llenó de una sensación opaca, excitante y renovadora. La casa de Gabino lo esperaba sin coronas de papel, sin miedo a los fantasmas.
Ese día, el recuento de las cosas del mundo olió a tomillo, a entrepiernas de mujer, a ají del monte.
Eugenio volvió a su rancho a deshora, sin mirar de reojo la luz mala; sin haber pasado por el cementerio; ajeno a todo -hasta a su turno en el cuidado de José, víctima desde hacía una semana de un nuevo ataque de melancolía.
Ya cerca de la casa, advirtió un silencio extraño, decididamente aterrador. El joven echó de menos la bienvenida de los perros, los juegos de los hermanos menores, el chirrido de la roldana del pozo...
El súbito alarido de la madre fue suficiente para que entendiera lo que había pasado. La mirada dura de quien no era su padre lo declaró culpable.
Supo que a las once de la mañana, José había logrado salir de detrás del montón de leña vieja y huir río abajo, monte adentro, donde lo esperaba un lazo nuevo atado a una alta queñua.

Parado en la puerta, Eugenio entendió que ya no podría entrar nunca más al rancho. Gusto a sangre le llenó la boca, se le nubló totalmente la mirada y una flojera desconocida le hizo oscilar el cuerpo.
Miró por última vez la cara destruida de la madre, la perplejidad de los ocho hermanos que quedaban vivos y el bulto del suicida.
Dio media vuelta y se perdió en la tarde, cuesta abajo y para siempre...

Trotó durante dos horas, hasta que la oscuridad hizo que aminorara el paso. Había perdido casi del todo la conciencia de la realidad, incluidos el paisaje, el tiempo y las sensaciones. Exhausto, se dejó caer al lado de una piedra y durmió un sueño liso, parecido a la muerte.
Antes de la primera luz se despertó ofuscado, armó como pudo el cuadro de lo que había vivido y reinició la marcha.
A lo lejos, vislumbró la casa de Gabino: el humo, el ladrido de los perros, las ovejas. Ordeñarlas. Largarlas a pastar. Cuajar la leche en el tinajón grande. Vigilarlas.
Colgar la cuajada en mantel de lienzo.
Vigilarlas. Desmenuzar la cuajada hasta la obsesión. Vigilarlas. Salar la cuajada que ya parece harina gruesa. Vigilarlas. Olvidar los quesos en los cinchones...
El aire trajo un tenue perfume a todo lo que existe; un olor familiar que se perdió enseguida, en el alpapuyo que esfumaba los contornos.
Eugenio siguió caminando; cuesta abajo, inexorablemente.

La ciudad era refugio, pulpo y tranquera. En ella, la vida -rápida y absorbente- permitía aturdirse hasta olvidar. Además, se abría generosa a la hora de ofrecer trabajo, estudio, mujer y proyectos.
Eugenio vivió sucesivamente bajo un puente, en el campanario de una iglesia, en el cuartucho de un conventillo, en una pensión...
Bajo el puente supo de un frío nunca conocido porque las temperaturas eran sin duda más altas que las del cerro, pero la humedad, que allá se llamaba amaneceres de alpapuyo, aquí se pegaba a la ropa, a la piel, y mojaba el alma. Conoció la inmundicia, la violencia, la solidaridad y el despojo; aprendió a pensar primero en él y después en él; a comer las sobras sucias de los basurales y a no esperar nada, salvo quizás la muerte.
Al campanario llegó por miedo, huyendo de un peligro que no podía precisar, que no tenía nombre. Un individuo extraño había decidido compartir su espacio sobre el río basural. No llegó a decirle el nombre pero lo fulminó con una mirada empalagosa, húmeda... Eugenio bajó los ojos y alejó instintivamente su jergón del montón de trapos del otro. A la mañana siguiente, alzó su bolsa y partió a buscar nueva guarida.
El campanario le llenó la existencia de palomas, de huellas de tintineos. Desde arriba podía mirar el mundo como desde una atalaya, descartando gusanos y fetidez. Allí fue también donde creyó recuperar algún olor perdido.
El trabajo en un mercado le posibilitó la escuela y el deslumbramiento. Supo él y supieron sus maestros que había nacido para la sabiduría.
En poco tiempo, sus avances lo llevaron a promediar la escuela secundaria. Para ese entonces había abandonado el campanario y compartía una habitación pequeña. El conventillo era un reino de patios con macetas, de gritos desordenados, de seres desparejos, que le hicieron perder por completo el recuerdo del pasado. Allí encontró sus primeros amigos y una mujer bella y madura, con el gesto impávido de la madre. Su piel olía a las mejores cosas de que su memoria atrofiada tuviese memoria y las noches que compartieron fueron cálidas, intensas, casi felices.
Al borde de terminar la escuela secundaria, Eugenio se reencontró, o casi, con dos de sus hermanos. Los vio de lejos, cruzando una avenida de los suburbios. Sus figuras le resultaron conocidas. Al principio, por supuesto, no los reconoció, pero necesitó seguirlos, primero con los ojos y después con los pies y con el alma. Unas calles más adelante, le vinieron a la cabeza dos claros nombres: Delfín y Rufo caminaban a veinte metros y hacia el norte.
Les miró las espaldas, los hombros esmirriados, las manos oscuras que colgaban de los brazos. Intuyó que eran -como él- prófugos de sus propias vidas. Tuvo miedo de tocarlos, de recuperar en el contacto el mundo que había dado de baja. Se detuvo y los miró alejarse, más y más, hasta que desaparecieron.
La pérdida del pasado no lo eximió de culpas.
La última tarde en el cerro sobrevolaba sus días, sus palabras y sus pensamientos.Tal vez porque se sentía en falta con la vida es que decidió vivir para salvarla. La mañana que entró al edificio donde cursaría la carrera de Medicina fue una apoteosis, no por interna e individual, menos gloriosa. Para entonces, vivía como pensionista en una casa de familia y la hija de los dueños era su amante.
Eugenio no conocía de eufemismos ni de melindres; se involucraba en las relaciones con la naturalidad de los seres primarios. Sin medias tintas, con la entrega siempre total, con una sensualidad abierta a los cuatro vientos, había hecho de la vida con su mujer algo parecido a la perfección; aunque a veces un vacío, un no saber en realidad quién era, le bloqueara la garganta.
Cursaba ya la segunda etapa de su carrera. Hombre de ideas claras, pocas palabras y tendencia a la soledad, estaba dotado de una extraña calidez que lo había rodeado de cariño.
Cuando esa mañana de septiembre subió las escalinatas que llevaban a la fachada de columnas neoclásicas, sintió el olor. Pensó en la primavera del subtrópico, en los naranjos que se cubren de azahares...
En el patio principal del edificio, el corazón le latió desbocado: culpó al ascenso por las escaleras, a la falta de sueño, al amor en exceso.
Sus compañeros lo saludaron palmeándole los hombros y partieron juntos al salón de clases. Desde hacía una semana trabajaban en la disección de cadáveres.
Hoy, habría uno nuevo. Aprender el cuerpo del hombre sobre un hombre.
Menudeaban las bromas sobre las identidades, el sexo, las supuestas existencias de esos seres. Algunos alumnos decían conocer la forma en que dos o tres habían muerto y las razones por las que habían terminado en la sala de disecciones.Eugenio experimentó un mareo que le quitó fuerza a su voz y vigor al pulso, pero a la vez sintió que lo ganaba una oleada tibia, semejante a la paz, a la buscada plenitud.Como todos los días, hálito a formol impregnaba el ambiente. El creyó percibir además una esencia inesperada, como de lavanda o muña muña.
El profesor indicó la tarea y pidió que sacaran el cadáver nuevo de la tina. No habían avanzado con él diez pasos hacia la mesa de cirugía, cuando el hedor a zorrino y a oveja se hizo insoportable. Ordeñarlas. Largarlas a pastar. Cuajar la leche en el tinajón grande. Vigilarlas...
Eugenio no necesitó mirar, porque ahora el olor era a humo, a cuero, a pan y a queso.En ese instante supo también que el número cuatro otra vez tendría aroma a berro que crece a la vera de la acequia; que las palabras difíciles hederían a carroña; que las sumas se aspirarían con esfuerzo como el chaparrón que aún no llega y que los ensalmos y los sortilegios exhalarían por siempre perfume a yuyo desconocido.(c) LA GACETA

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