Aquel París de los años veinte en un libro delicioso

Por Eduardo Dessein

11 Agosto 2002
En este libro delicioso, Hemingway evoca la rutilante vida literaria y artística de París, en especial en su sexto "arrondissement", entre 1921 y 1926, años de ilusión entre dos períodos atroces. En la excitación de la posguerra, el escritor se asoma a las delicias de la gastronomía francesa en pequeños restaurantes con su "vino del propietario", asiste a carreras de caballos y de bicicletas y apuesta en ellas con una mezcla de audacia y prevención. En 1950, le dice a un amigo: "Si tienes la suerte de vivir en Paris cuando eres joven, Paris te acompañará, vayas adonde vayas, el resto de tu vida, porque Paris es una fiesta que nos sigue".
Escribe a lápiz en una libreta negra, en el café "La Closerie des Lilas" y menos frecuentemente en "Deux Magots", más alejado de su casa, narraciones que envía a periódicos de la cadena Hearst, en las que ensaya técnicas como la de partir de la "frase verídica" o abstenerse de pensar en un cuento mientras no lo esté escribiendo o la teoría del iceberg, concebida en "Lipp", de que pueda omitirse cualquier parte de un relato a condición de saber qué es lo que se omite, que comunica más fuerza a la narración.
Autor fecundo y entusiasta cazador, Hemingway recibió el premio "Nobel" por sus grandes novelas y cuentos, algunos de los cuales Harold Bloom considera magníficos, como "Colinas como elefantes blancos", cinco páginas casi enteramente de diálogo entre una joven y su amante, que mientras esperan un tren, discuten sobre el aborto que él desea que ella practique. Es el momento de la derrota de la mujer, que es vital y decente mientras el hombre exhibe una vacuidad sensata, egoísta y fría. El lector se pone enteramente del lado de ella cuando al "Yo haría cualquier cosa por ti" de él, responde "¿Quieres, quieres, quieres, quieres, quieres, quieres, quieres callarte por favor?" "Siete quieres seguidos parecen una enormidad, acota Bloom, pero son una repetición precisa y persuasiva".
Hemingway conoció en París a algún pintor, como Pascin, y escritores como Gertrude Stein, maciza como una labriega, que se quejó a Picasso de que su retrato no se le parecía y recibió la respuesta "Dentro de unos años se parecerá".
Se le atribuye la expresión "generación perdida" aplicable a los escritores americanos residentes en París, cuyo verdadero autor sería el dueño del garaje donde guardaba su auto. El único y enigmático consejo que Gertrude Stein le dio a Hemingway fue que procurara que su obra no fuera "inaccrochable" ("incolgable", aplicable a un cuadro, claro está).
Conoció también a Ezra Pound, a Miss Natalie Barney, que tenía en su jardín un templete griego; a James Joyce, con el que tomó una copa en el "Deux Magots", y a Sylvia Beach, que se convirtió en su protectora, permitiéndole prácticamente en forma gratuita el uso de la biblioteca circulante de su librería "Shakespeare y Cia." 12 Rue de L?Odeon, donde precisamente se presentó "Ulisses"; a Scott Fitzgerald, preocupado por el tamaño de sus atributos sexuales.
El libro termina así: "Paris no se acaba nunca y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Paris siempre valía la pena y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba".(c) LA GACETA

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