11 Agosto 2002 Seguir en 

¿En qué residirá la incomodidad que transmiten las primeras páginas de Exquisito cadáver, del puertorriqueño Rafael Acevedo? ¿En su imprecisa geografía? ¿En los devaneos fragmentarios de su personaje central? ¿En su tono oscuro, ligeramente confuso? Quizás un poco de todo eso. Por qué no.
Curiosamente, a medida que avanza la lectura esa inquietud desagradable persiste, pero ya en definitiva convivencia con un cierto deleite, acaso porque el dato primordial del texto es un sesgo poético arrollador. Y más aún: podría decirse que, en realidad, es un largo poema disfrazado de novela. Claro que ello no sería posible sin historia, trama, desarrollo, que haberlos, los hay. En un mundo futuro, con cierto clima de Blade Runner, un investigador afronta la tarea de echar luz sobre un asesinato evidente y, al mismo tiempo, improbable. Sometido a avatares diversos, puesto en situación de alto riesgo, se ve forzado a andar y desandar parajes remotos. Un accidente informático y sus derivas oníricas lo precipitan a cavilaciones variopintas: sentido de la vida y de la muerte, belleza, deseo, cuerpo, comida.
Advertencia: el relato confiere a la ingesta el privilegio de eslabón mayúsculo, pero menos en términos de literalidad que en su dimensión simbólica (¿cómo podemos tragarnos uno al otro?). En este sentido, cabe reparar en las claves que Acevedo hizo constar en epígrafe. Sus palabras "no son suyas", en tanto se reclama, con suerte, simple amanuense de Deleuze, Guattari, Nietzsche, Spinoza, Toni Negri, Paul Virilio y Marx, entre otros, gente refractaria a las verdades fáciles, inclinada a los beneficios de la pluralidad, que, como sabemos, nada tiene que ver con la pura acumulación.
(Semejante cóctel de pensadores, discursos, lupas y estéticas parece revelar las huellas del movimiento antropofágico que allá por los años veinte del siglo pasado lideró el intelectual brasileño Oswald de Andrade).
En definitiva, Exquisito cadáver (primera mención Premio Casa de las América 2001) es una novela compleja, misteriosa, "mentirosa" en sus enunciados estructurales, pero de sinceridad extrema en su vocación sibarítica. Caníbal de las palabras, saboreadas y masticadas con singular fruición, Acevedo sabe abrirse paso en la penumbra de la lengua. Como su hipotético alter ego, no se ahorra peligros ni fervores, puesto que allí se cifran los modos de su integridad, su petición de principios: La realidad es sólo carisma. Querer decir es mejor que decir.(c) LA GACETA
Curiosamente, a medida que avanza la lectura esa inquietud desagradable persiste, pero ya en definitiva convivencia con un cierto deleite, acaso porque el dato primordial del texto es un sesgo poético arrollador. Y más aún: podría decirse que, en realidad, es un largo poema disfrazado de novela. Claro que ello no sería posible sin historia, trama, desarrollo, que haberlos, los hay. En un mundo futuro, con cierto clima de Blade Runner, un investigador afronta la tarea de echar luz sobre un asesinato evidente y, al mismo tiempo, improbable. Sometido a avatares diversos, puesto en situación de alto riesgo, se ve forzado a andar y desandar parajes remotos. Un accidente informático y sus derivas oníricas lo precipitan a cavilaciones variopintas: sentido de la vida y de la muerte, belleza, deseo, cuerpo, comida.
Advertencia: el relato confiere a la ingesta el privilegio de eslabón mayúsculo, pero menos en términos de literalidad que en su dimensión simbólica (¿cómo podemos tragarnos uno al otro?). En este sentido, cabe reparar en las claves que Acevedo hizo constar en epígrafe. Sus palabras "no son suyas", en tanto se reclama, con suerte, simple amanuense de Deleuze, Guattari, Nietzsche, Spinoza, Toni Negri, Paul Virilio y Marx, entre otros, gente refractaria a las verdades fáciles, inclinada a los beneficios de la pluralidad, que, como sabemos, nada tiene que ver con la pura acumulación.
(Semejante cóctel de pensadores, discursos, lupas y estéticas parece revelar las huellas del movimiento antropofágico que allá por los años veinte del siglo pasado lideró el intelectual brasileño Oswald de Andrade).
En definitiva, Exquisito cadáver (primera mención Premio Casa de las América 2001) es una novela compleja, misteriosa, "mentirosa" en sus enunciados estructurales, pero de sinceridad extrema en su vocación sibarítica. Caníbal de las palabras, saboreadas y masticadas con singular fruición, Acevedo sabe abrirse paso en la penumbra de la lengua. Como su hipotético alter ego, no se ahorra peligros ni fervores, puesto que allí se cifran los modos de su integridad, su petición de principios: La realidad es sólo carisma. Querer decir es mejor que decir.(c) LA GACETA







