Y ninguna palabra es inocente

Por Horacio Semeraro

11 Agosto 2002
Cuando en 1802, pasados los años de enseñanza en Venezuela, Simón Rodríguez se encuentra en París con su ex discípulo Simón Bolívar, Rodríguez le expresa al prócer: Ninguna palabra es inocente. Pedro Orgambide parece en su obra hacer suya esta aseveración, cuidando al detalle cada palabra empleada. Su narración paralela y fiel a la historia tiene el estilo de una crónica no exenta de amenidad en la que se revelan aspectos poco conocidos de Bolívar, Sucre y otros personajes notables. En su última parte, muerto Bolívar, la narración debe sortear la ausencia del elemento motor provisor de abundantes elementos históricos que facilitaron el desarrollo de la novela hasta ese punto. Allí Orgambide realiza el interesante aporte de su imaginación. Así, en el capítulo XXIII, la existencia de una hermandad de piratas ilustrados arribados de diferentes países en el siglo XVI, proporciona el elemento aventurero en aspectos lindantes con lo fantástico, de valor narrativo y ficcional intrínseco. Debe verse en ellos la proyección de las ansias libertarias que animaban a Simón Rodríguez y lo impulsaban a crear la "República imaginaria".
Además de maestro, pedagogo y confidente de Bolívar, Simón Rodríguez fue en cierta forma en los primeros años de su tutoría el padre espiritual del prócer, quien era doce años menor que él. Militar destacado, hombre de abolengo, joven, osado, mujeriego y rico, Bolívar está descripto por Orgambide con lenguaje omnisciente en algunos tramos de la obra y en otros, a través de cartas o meditaciones de Simón Rodríguez.
La ficción se ocupa de la ambientación, las historias de ayas y esclavos negros. Los amores reales (el de Manuela Sáenz y Bolívar, por ejemplo) están adaptados y mezclados con relatos de amores probables en la novela. Los acontecimientos históricos de la gesta revolucionaria en América del Sur, iniciados en los actuales países de Venezuela y Colombia, y que luego se extendieron a Perú y a Bolivia, llevaron a Bolívar a la cima del poder.
Cuando en los vaivenes de la extensa lucha Bolívar es atacado, Simón Rodríguez rescinde su paternalidad, dice "sentirse su hijo" y como tal escribe su Defensa de Bolívar. En esa instancia, habla del Libertador desde el análisis político con distancia histórica y objetividad de ideas, pero con la vitalidad y el empuje que los vientos del afecto le soplaban desde la memoria. Si bien el protagonista de la novela es Simón Rodríguez (quien de hecho sobrevivió cronológicamente a Simón Bolívar), es la relación entre ellos el eje principal de este relato histórico novelado. Simón Rodríguez el utopista, hombre de ciencia, físico-químico, filósofo, conspirador, maestro fundador de escuelas, ensayista, biógrafo, mujeriego, pone de relieve a través de la obra la participación de quien fue su pupilo en la gesta de la Independencia de América del Sur.
La Independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa, sumadas a la influencia de Voltaire, Rousseau, Chateaubriand, Montesquieu y del canciller inglés Tomás Moro, fueron fuentes inspiradoras. También la experiencia aquilatada en los viajes del prócer y de su maestro por Europa, México, Jamaica y los Estados Unidos guarda rigor histórico en su narración, sin desmedro de los interesantes aportes ficcionales.(c) LA GACETA

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