04 Agosto 2002 Seguir en 

Subió al colectivo y como de costumbre le pidió al chofer que le avisara cuando llegase a Montevideo y Cangallo.
Había mucha gente y no podía sentarse, entonces dobló su bastón blanco y lo puso en el bolso.
Se agarró del pasador y esperó.
"Montevideo y Cangallo" gritó el colectivero.
Se dirigió hacia la puerta. Bajó, sacó su bastón. Tardó un poco en orientarse. Un señor se le acercó y le preguntó si la podía ayudar en algo. "¡Están tan mal las veredas!". Aceptó que la acompañara porque era la primera vez que iba a esa casa. Caminaron unas tres cuadras en silencio. Cuando llegaron el señor se despidió. Ella agradeció... y casi enseguida sintió que la agarraban de cada brazo. Tuvo miedo. Una voz de hombre le preguntó: "¿Esto es suyo?" Agarró el objeto, lo palpó. "Sí, dijo, es mi billetera, debe de habérseme caído en el colectivo."
Silencio... Luego uno de ellos dijo: "Discúlpenos, somos punguistas, nosotros se la robamos. No nos dimos cuenta de que usted es ciega. Es terrible... para nosotros es como si hubiésemos violado a una niña. Por favor perdónenos... no sabíamos..." La voz se hacía suplicante. "Diga que nos perdona...". "Pero no es nada -dijo ella-; Uds. me la han devuelto". No parecían muy convencidos... Estaban los tres parados sin saber qué hacer... "Bueno, si Ud. nos ha perdonado acepte que la invitemos a tomar algo..." "De acuerdo". No sabía muy bien por qué aceptaba... Caminaron unas cuadras. No se animaban a tomarla del brazo, caminaban junto a ella vigilando sus pasos. Entraron en un café; se sentaron en una mesa... "Ahora Ud. va a pedir algo bueno, algo caro... Por ejemplo un whisky importado. Nos gustaría ofrecerle champagne pero aquí seguro que no hay... Elija algo bueno..." "Gracias, tomaré un café". Ella los sentía algo cohibidos. Trató de romper el hielo. "Ahora cuéntenme cómo se hicieron punguistas. Primero qué edad tienen, cómo se llaman". El más joven empezó a hablar. "Me llamo Luis, tengo dieciséis años, nací en Tucumán. Mi madre me abandonó. Me recogió una familia muy pobre. Dormía en el suelo. Pasaba hambre... Entonces empecé a tomar una cosa por aquí, otra por allá, en los mercados, las panaderías, para comer. Era bastante hábil, nunca me agarraron. Crecí y fue mi único medio de vida. No me mandaron al colegio. Un día un compañero me dijo: ?Por qué no vas a la Capital allí podrás progresar?.
Fue así como vine a Buenos Aires y conocí a Guillermo, es un profesional. Trabajamos juntos, ahora las cosas andan mejor"."¿Y Ud. Guillermo?", le preguntó ella. "Yo tengo treinta años, estoy casado, soy padre de dos hijos y puedo hacer llevar a mi familia una vida digna. Los chicos van a colegios privados, aprenden inglés. En mi casa no falta nada. En este momento están en Mar del Plata, los mandé a veranear." ...Ya estaban más en confianza... "¿Y Ud. cómo se llama? -le preguntó Guillermo-, cuéntenos lo que hace".
"Me llamo María Marta, tengo veinticinco años, trabajo en una compañía de seguros, hago escultura y expresión corporal".
Escuchaban atentamente. La conversación empezó a animarse."¿Quiere tocar mi cara?" preguntó Guillermo. Esa frase la emocionó. Poca gente, o casi nadie, se lo pedía. Era para ella la única manera de conocer un rostro... Empezó a recorrerle la cara. Descubrió cosas que únicamente ven los ciegos...
"¿Ud. no vendría a mi casa?" preguntó Guillermo. "Yo la iría a buscar en un remise. Mi mujer hace unos ravioles riquísimos. Le daríamos un buen vino... en fin la trataríamos como a una reina... Estarían tan contentos de conocerla... Ud. es tan bonita y también muy simpática... Claro, no habría que contarles cómo nos conocimos. Ellos creen que trabajo en una oficina". Se rieron. Ya eran casi viejos amigos... Pero no se animaban a tutearse... Ella hizo el ademán de levantarse... "Ahora tengo que irme porque debe ser tarde..." "¿Dónde va? ¿Qué colectivo toma?"
"El 60". "Espere un momento, voy a hablar por teléfono". Guillermo se levantó y volvió después de un rato. "Bueno, ahora puede ir tranquila, nadie la va a molestar".
(c) LA GACETA
Había mucha gente y no podía sentarse, entonces dobló su bastón blanco y lo puso en el bolso.
Se agarró del pasador y esperó.
"Montevideo y Cangallo" gritó el colectivero.
Se dirigió hacia la puerta. Bajó, sacó su bastón. Tardó un poco en orientarse. Un señor se le acercó y le preguntó si la podía ayudar en algo. "¡Están tan mal las veredas!". Aceptó que la acompañara porque era la primera vez que iba a esa casa. Caminaron unas tres cuadras en silencio. Cuando llegaron el señor se despidió. Ella agradeció... y casi enseguida sintió que la agarraban de cada brazo. Tuvo miedo. Una voz de hombre le preguntó: "¿Esto es suyo?" Agarró el objeto, lo palpó. "Sí, dijo, es mi billetera, debe de habérseme caído en el colectivo."
Silencio... Luego uno de ellos dijo: "Discúlpenos, somos punguistas, nosotros se la robamos. No nos dimos cuenta de que usted es ciega. Es terrible... para nosotros es como si hubiésemos violado a una niña. Por favor perdónenos... no sabíamos..." La voz se hacía suplicante. "Diga que nos perdona...". "Pero no es nada -dijo ella-; Uds. me la han devuelto". No parecían muy convencidos... Estaban los tres parados sin saber qué hacer... "Bueno, si Ud. nos ha perdonado acepte que la invitemos a tomar algo..." "De acuerdo". No sabía muy bien por qué aceptaba... Caminaron unas cuadras. No se animaban a tomarla del brazo, caminaban junto a ella vigilando sus pasos. Entraron en un café; se sentaron en una mesa... "Ahora Ud. va a pedir algo bueno, algo caro... Por ejemplo un whisky importado. Nos gustaría ofrecerle champagne pero aquí seguro que no hay... Elija algo bueno..." "Gracias, tomaré un café". Ella los sentía algo cohibidos. Trató de romper el hielo. "Ahora cuéntenme cómo se hicieron punguistas. Primero qué edad tienen, cómo se llaman". El más joven empezó a hablar. "Me llamo Luis, tengo dieciséis años, nací en Tucumán. Mi madre me abandonó. Me recogió una familia muy pobre. Dormía en el suelo. Pasaba hambre... Entonces empecé a tomar una cosa por aquí, otra por allá, en los mercados, las panaderías, para comer. Era bastante hábil, nunca me agarraron. Crecí y fue mi único medio de vida. No me mandaron al colegio. Un día un compañero me dijo: ?Por qué no vas a la Capital allí podrás progresar?.
Fue así como vine a Buenos Aires y conocí a Guillermo, es un profesional. Trabajamos juntos, ahora las cosas andan mejor"."¿Y Ud. Guillermo?", le preguntó ella. "Yo tengo treinta años, estoy casado, soy padre de dos hijos y puedo hacer llevar a mi familia una vida digna. Los chicos van a colegios privados, aprenden inglés. En mi casa no falta nada. En este momento están en Mar del Plata, los mandé a veranear." ...Ya estaban más en confianza... "¿Y Ud. cómo se llama? -le preguntó Guillermo-, cuéntenos lo que hace".
"Me llamo María Marta, tengo veinticinco años, trabajo en una compañía de seguros, hago escultura y expresión corporal".
Escuchaban atentamente. La conversación empezó a animarse."¿Quiere tocar mi cara?" preguntó Guillermo. Esa frase la emocionó. Poca gente, o casi nadie, se lo pedía. Era para ella la única manera de conocer un rostro... Empezó a recorrerle la cara. Descubrió cosas que únicamente ven los ciegos...
"¿Ud. no vendría a mi casa?" preguntó Guillermo. "Yo la iría a buscar en un remise. Mi mujer hace unos ravioles riquísimos. Le daríamos un buen vino... en fin la trataríamos como a una reina... Estarían tan contentos de conocerla... Ud. es tan bonita y también muy simpática... Claro, no habría que contarles cómo nos conocimos. Ellos creen que trabajo en una oficina". Se rieron. Ya eran casi viejos amigos... Pero no se animaban a tutearse... Ella hizo el ademán de levantarse... "Ahora tengo que irme porque debe ser tarde..." "¿Dónde va? ¿Qué colectivo toma?"
"El 60". "Espere un momento, voy a hablar por teléfono". Guillermo se levantó y volvió después de un rato. "Bueno, ahora puede ir tranquila, nadie la va a molestar".
(c) LA GACETA







