04 Agosto 2002 Seguir en 

Como una inmensa herida abierta en la montaña, los Valles Calchaquíes atraviesan el Norte argentino jalonados de pequeñas poblaciones. Una de ellas es Tafí, cuyo nombre significa: lugar de entrada espléndida. Allí nace esta historia secreta y misteriosa escrita por Mercedes Chenaut y vivida y narrada por Juan Carlos Yapura, hombre de la zona y descendiente de diaguitas calchaquíes. El libro amalgama dos voces de distinto origen -una de tradición europea, y otra de los valles- que se hacen una en el relato de una experiencia primordial. Dos linajes y un solo propósito, rememorar la historia de las raíces de un hombre que habla con sus dioses lares en el Valle de Tafí. La autora no es ajena a lo que cuenta, sus antepasados, como los de él, habitaron ese lugar bendecido por los dioses.
Mientras haya un hombre que los lleve adentro, los mitos seguirán otorgando sentido al universo. La voz de Yapura se hace eco de voces ancestrales que develan el origen de un mundo de "historias verdaderas", de mitos vivos que perduran en esa cultura. El habla para que no se olvide, para que todo vuelva a ser como era antes, para salvar el mundo al que pertenece. Yapura acepta el difícil papel de decodificador del mensaje de sus antepasados. Sabe que la palabra divina sólo puede transmitirla un elegido -y él lo es-, lo dice sin soberbia, más bien con temor: "mi vida me gusta y me duele". Siente que ha sido encomendado para cuidar la herencia de su raza.
Se cuenta en el libro la memoria y los orígenes de todos los hombres de ese valle. Como un mito, narra Juan Carlos historias sobre sus antepasados y el Dios de la religión católica, que es el mismo para todos, aclara. El abuelo, José Romirio Yapura, preside su recuerdo. Es la figura tutelar que lo introduce en el mundo del amor a la naturaleza. Ya muerto, vive con ellos porque se ha reencarnado en él "José Romirio me criaría hablándome... Esa tarde descubrí la fuerza pavorosa de la palabra, poder de la voz humana cuando se levanta en una sentencia esencial". La palabra inaugural marcará su vida, palabra significativa en la que se juegan los valores que rigen la comunidad.En las sociedades primitivas cobran especial valor los lazos entre hombres, naturaleza y antepasados míticos.Todos participan de la realidad, están comunicados entre sí, unos velan por los otros. Lazos que los hermanan en la muerte, en el dolor, en el trabajo, en las fiestas domingueras o de los santos patronos. Lazos que harán posible la armonía del universo y garantizan que este siga existiendo. La cercanía de Yapura con su tierra se escucha en su decir: "Antes me sabía persignar antes de hacer alguna cosa, ahora me inspira más tocar la tierra con las manos".
Los relatos del protagonista tienen la sustancia de los mitos y están salpicados de una expresión particular para aludir a los antepasados. Son "Ellos" los que le envían señales, le develan lugares sagrados o le indican una pieza arqueológica cargada de sacralidad. "Ellos" se comunican con él en los sueños, "lo persiguen", dice, sus acciones deberán ser imitadas para que las estaciones se repitan y vuelvan a verdear los sauces, los algarrobos y las queñuas. Cuenta con acento entrañable el sentido de los dibujos de las urnas funerarias, el porqué de rostros y de pájaros, el carácter ritual de los menhires necesarios para la fertilidad de la madre tierra, el culto de los muertos y el nacimiento de la vida.
Habla de la conjunción de piedra y tierra como fuente de energía que el chamán sabe leer. Tallador de piedras, habla con ellas, las escucha, sabe de su memoria ancestral. En lo que dice se escucha la íntima religación hombre-naturaleza que son uno junto a sus dioses. Deben estrecharse esos lazos para que el universo persista armoniosamente. Su relato es despojado, decidor; sencillo y fuerte al mismo tiempo.
Juan Carlos Yapura teme por la agonía cultural de su pueblo en la que lo precipitan el mundo tecnológico y la vida moderna. Sabe que sin esos secretos mensajes de sus ancestros, que él sabe interpretar, nada podrá sobrevivir. Cada piedra tiene su lenguaje, cada puco, cada menhir tiene algo que decir y él los escucha, porque él es el elegido para transmitirlo. Yapura clama: "cuando al fin entendamos" los secretos de esta tierra, los hombres escucharán la voz de "Ellos" para dejar de mancillarla, aprender a cuidarla y hacerla fructificar como hicieron sus ancestros.
La lectura de este libro revela la inmensa carencia de nuestra vida ciudadana, tan llena de futilidades. Hemos dejado de lado lo único valioso: encontrar el sentido a la existencia. Este descendiente de aborígenes ha develado el secreto y así justifica su existencia. Mercedes Chenaut -con maestría- ha dado forma a sus relatos para que se escuche esa voz inusual y sus sentidos sacrales no logren ser acallados por el bullicio de la vida moderna.
(c) LA GACETA
Mientras haya un hombre que los lleve adentro, los mitos seguirán otorgando sentido al universo. La voz de Yapura se hace eco de voces ancestrales que develan el origen de un mundo de "historias verdaderas", de mitos vivos que perduran en esa cultura. El habla para que no se olvide, para que todo vuelva a ser como era antes, para salvar el mundo al que pertenece. Yapura acepta el difícil papel de decodificador del mensaje de sus antepasados. Sabe que la palabra divina sólo puede transmitirla un elegido -y él lo es-, lo dice sin soberbia, más bien con temor: "mi vida me gusta y me duele". Siente que ha sido encomendado para cuidar la herencia de su raza.
Se cuenta en el libro la memoria y los orígenes de todos los hombres de ese valle. Como un mito, narra Juan Carlos historias sobre sus antepasados y el Dios de la religión católica, que es el mismo para todos, aclara. El abuelo, José Romirio Yapura, preside su recuerdo. Es la figura tutelar que lo introduce en el mundo del amor a la naturaleza. Ya muerto, vive con ellos porque se ha reencarnado en él "José Romirio me criaría hablándome... Esa tarde descubrí la fuerza pavorosa de la palabra, poder de la voz humana cuando se levanta en una sentencia esencial". La palabra inaugural marcará su vida, palabra significativa en la que se juegan los valores que rigen la comunidad.En las sociedades primitivas cobran especial valor los lazos entre hombres, naturaleza y antepasados míticos.Todos participan de la realidad, están comunicados entre sí, unos velan por los otros. Lazos que los hermanan en la muerte, en el dolor, en el trabajo, en las fiestas domingueras o de los santos patronos. Lazos que harán posible la armonía del universo y garantizan que este siga existiendo. La cercanía de Yapura con su tierra se escucha en su decir: "Antes me sabía persignar antes de hacer alguna cosa, ahora me inspira más tocar la tierra con las manos".
Los relatos del protagonista tienen la sustancia de los mitos y están salpicados de una expresión particular para aludir a los antepasados. Son "Ellos" los que le envían señales, le develan lugares sagrados o le indican una pieza arqueológica cargada de sacralidad. "Ellos" se comunican con él en los sueños, "lo persiguen", dice, sus acciones deberán ser imitadas para que las estaciones se repitan y vuelvan a verdear los sauces, los algarrobos y las queñuas. Cuenta con acento entrañable el sentido de los dibujos de las urnas funerarias, el porqué de rostros y de pájaros, el carácter ritual de los menhires necesarios para la fertilidad de la madre tierra, el culto de los muertos y el nacimiento de la vida.
Habla de la conjunción de piedra y tierra como fuente de energía que el chamán sabe leer. Tallador de piedras, habla con ellas, las escucha, sabe de su memoria ancestral. En lo que dice se escucha la íntima religación hombre-naturaleza que son uno junto a sus dioses. Deben estrecharse esos lazos para que el universo persista armoniosamente. Su relato es despojado, decidor; sencillo y fuerte al mismo tiempo.
Juan Carlos Yapura teme por la agonía cultural de su pueblo en la que lo precipitan el mundo tecnológico y la vida moderna. Sabe que sin esos secretos mensajes de sus ancestros, que él sabe interpretar, nada podrá sobrevivir. Cada piedra tiene su lenguaje, cada puco, cada menhir tiene algo que decir y él los escucha, porque él es el elegido para transmitirlo. Yapura clama: "cuando al fin entendamos" los secretos de esta tierra, los hombres escucharán la voz de "Ellos" para dejar de mancillarla, aprender a cuidarla y hacerla fructificar como hicieron sus ancestros.
La lectura de este libro revela la inmensa carencia de nuestra vida ciudadana, tan llena de futilidades. Hemos dejado de lado lo único valioso: encontrar el sentido a la existencia. Este descendiente de aborígenes ha develado el secreto y así justifica su existencia. Mercedes Chenaut -con maestría- ha dado forma a sus relatos para que se escuche esa voz inusual y sus sentidos sacrales no logren ser acallados por el bullicio de la vida moderna.
(c) LA GACETA







