28 Julio 2002 Seguir en 

El film de Marcel Carné Les enfants du paradis (traducido en nuestro país como Sombras del paraíso, cuando mejor hubiera sido Los muchachos del paraíso) contaba no sólo la rivalidad entre dos teatros de París, el de Los funámbulos y el Gran guiñol, además de una historia de amor, sino la influencia del público popular en las salas de la capital francesa durante la segunda mitad del siglo XIX. El "gallinero" o "paraíso" era el último estamento de un teatro. Situado en lo más alto, es decir en lo más alejado del escenario, el precio de su entrada era el más barato y, por lo tanto, se poblaba de un público ruidoso que hacía el triunfo o el fracaso de las obras y la celebridad de sus actores favoritos. Ahora que la teoría de la "recepción" se abre paso entre los estudiosos de la semiología teatral, sería bueno recordar lo que pasaba en el Tucumán que poblaba el "gallinero" del Teatro Alberdi hasta su cierre en la década del 50 al 60 del siglo pasado.
Cuando me instalé definitivamente en esta ciudad en los años cuarenta, comencé a concurrir asiduamente a las funciones del Alberdi, la única sala cuyo "paraíso" funcionaba: un "paraíso bullanguero" y, por supuesto "popular". Algunos de sus habitantes no pagaban entrada, o, mejor dicho, entraban de "gorra" o a la "portuguesa", con la condición de aplaudir los momentos culminantes de la pieza que se representaba o a la aparición de la primera dama, cabeza de compañía. Era la llamada "claque".
Pero, con el tiempo, el gallinero se convirtió en un peligro: primero fueron las chuscadas, luego las peleas y finalmente la lluvia de proyectiles. En vano fue que don Perico Madrid, concesionario y administrador del Teatro Alberdi, apelara a las fuerzas del orden y destacara un agente en las alturas. El primer detenido causó una batahola que obligó a suspender la función. No quedó más remedio que clausurar el "paraíso".
Algunas salidas de tono de aquella época se hicieron famosas. En esos años pasaban por el escenario del Alberdi dos compañías de radioteatro: la de Yaya Suares Corvo y la de Olga Casares Pearson. No recuerdo en cuál pieza, el principal personaje femenino, luego de una escena con su amante en el dormitorio de la dama, al escuchar los pasos del marido, hacía que el galán huyera por la ventana. Luego se quitaba el salto de cama; quedaba con su primoroso camisón; abría las sábanas; se acostaba y fingía dormir. Cuando la primera dama se acostó, una voz ronca estalló en las alturas: "Señora, ¿no hace pipí antes de dormir?". Todo el teatro estalló en una carcajada. Y el telón cayó.
Cuando vino Carmen Amaya, un compatriota de la "bailaora", esta vez con una voz atiplada, no se cansaba de alabar el arte de la dama, a su madre, y a la gitanería toda. Hasta que la Amaya se cansó. Detuvo su baile. Se adelantó hacia el proscenio y poniendo los brazos en jarra, se dirigió al molesto: "Oye, tú, -le dijo- ¿sabes qué le pasó a Adán?". "¡No!" -respondió el interpelado-. "¡Pues que lo echaron del paraíso por molesto!", remató la faraona.
(c) LA GACETA
Cuando me instalé definitivamente en esta ciudad en los años cuarenta, comencé a concurrir asiduamente a las funciones del Alberdi, la única sala cuyo "paraíso" funcionaba: un "paraíso bullanguero" y, por supuesto "popular". Algunos de sus habitantes no pagaban entrada, o, mejor dicho, entraban de "gorra" o a la "portuguesa", con la condición de aplaudir los momentos culminantes de la pieza que se representaba o a la aparición de la primera dama, cabeza de compañía. Era la llamada "claque".
Pero, con el tiempo, el gallinero se convirtió en un peligro: primero fueron las chuscadas, luego las peleas y finalmente la lluvia de proyectiles. En vano fue que don Perico Madrid, concesionario y administrador del Teatro Alberdi, apelara a las fuerzas del orden y destacara un agente en las alturas. El primer detenido causó una batahola que obligó a suspender la función. No quedó más remedio que clausurar el "paraíso".
Algunas salidas de tono de aquella época se hicieron famosas. En esos años pasaban por el escenario del Alberdi dos compañías de radioteatro: la de Yaya Suares Corvo y la de Olga Casares Pearson. No recuerdo en cuál pieza, el principal personaje femenino, luego de una escena con su amante en el dormitorio de la dama, al escuchar los pasos del marido, hacía que el galán huyera por la ventana. Luego se quitaba el salto de cama; quedaba con su primoroso camisón; abría las sábanas; se acostaba y fingía dormir. Cuando la primera dama se acostó, una voz ronca estalló en las alturas: "Señora, ¿no hace pipí antes de dormir?". Todo el teatro estalló en una carcajada. Y el telón cayó.
Cuando vino Carmen Amaya, un compatriota de la "bailaora", esta vez con una voz atiplada, no se cansaba de alabar el arte de la dama, a su madre, y a la gitanería toda. Hasta que la Amaya se cansó. Detuvo su baile. Se adelantó hacia el proscenio y poniendo los brazos en jarra, se dirigió al molesto: "Oye, tú, -le dijo- ¿sabes qué le pasó a Adán?". "¡No!" -respondió el interpelado-. "¡Pues que lo echaron del paraíso por molesto!", remató la faraona.
(c) LA GACETA







