Stephane Mallarme, en un retrato pintado por Manet.
26 Mayo 2002 Seguir en 

Las relaciones de Fernando Pessoa con la poesía simbolista fueron cambiantes e imbuidas casi siempre de ambigüedad. Desde los célebres artículos publicados en 1912 en El Aguila sobre "La Nueva Poesía Portuguesa", donde las esparcidas referencias al Simbolismo francés estaban aún marcadas por la influencia de la tesis de Max Nordau, en su Degeneración, sobre el "carácter patológico" de ese movimiento, hasta textos posteriores en que esa tesis aparece más matizada y donde asume expresamente algunas de sus herencias, a través del "Paulismo" y del "Sensacionismo", queda lugar para alusiones, a veces contradictorias, a tal o cual poeta con que él y sus compañeros de Orfeo -principalmente, entre otros, Mário de Sá-Carneiro- tuvieron algunas afinidades electivas.
La cuestión que mucho molestaba a Pessoa en relación con el Simbolismo, que en la secuencia de Bohemia Nueva y de los Insumisos dejó a partir de la última década del siglo XIX un rumbo prolongado hasta el advenimiento del Modernismo, en sus avatares decadentistas y en sus refinamientos estéticos del lenguaje -véase un Camilo Pessanha-, era la de la correspondencia entre la poesía y la música, convertida en una especie de leitmotiv de escuela, expresado en el arte poética de Verlaine: "La música antes que nada". Lo prueba una nota fechada en 1916 donde criticaba el "error" de "hacer de la poesía música", en el cual según él incurrieron, en una época enfermiza, los poetas simbolistas: "En una época sana y robusta, un Verlaine y un Mallarmé hubieran escrito la música que nacieron para escribir. Nunca hubieran tenido la intención de decir en palabras aquello que la palabra no soporta". Para Pessoa, en efecto, preferir la "literatura como música" a la música misma era algo que "no tiene sentido".
Puede observarse, sin embargo, que el poeta parecía no tener en cuenta -si es que la conocía- la posición del autor de La Música y las Letras sobre esa cuestión esencial de su poética. Así, cuando Mallarmé escribe: "la Poesía, cercana de la Idea, es Música, por excelencia", da todo un sentido diferente al precepto verlaineano. No se trata, para él, de hacer de la poesía el sucedáneo mimético de una sonoridad instrumental, pero sí, más allá de esta, acceder a la "Idea" como Música otra: "Hago Música, y llamo así no a la que se puede extraer del acercamiento eufónico de palabras (...) sino al más allá mágicamente producido por ciertas disposiciones de la palabra", precisa el poeta, explicitando aun: "Usen Música en el sentido griego, en el fondo significando Idea o ritmo entre relaciones".
Es, en suma, de las relaciones entre todos los elementos del lenguaje, tanto en el plano de la forma de la expresión como del contenido, que emerge la música del poema, como "una vacilación prolongada entre el sonido y el sentido", en la bella definición de Valéry, que estuvo tan atento a la experiencia mallarmeana de la poesía. Será menos sorprendente de lo que se juzgaría constatar que Pessoa converge finalmente con Mallarmé, en su concepción de la poesía como música: "La poesía es una música que se hace con ideas, y por eso con palabras", escribe el heterónimo Ricardo Reis. De esa forma el poeta remarca bien la identidad y la diferencia que aproximan y separan, semióticamente, la poesía y la música. Si el ritmo es, según él, "la supervivencia lejana de la música en el verso", "ese ritmo, cuando es perfecto, debe surgir antes de la idea que de la palabra". Es a la "idea" que, como Mallarmé, Pessoa hace prevalecer como elemento constitutivo de la música en la poesía, que con la música propiamente dicha no se confunde, en cuanto discurso. La "idea" asume, para el poeta, la función fundamental de poner en relación discursos heterónomos. ¿No llega a definir al poema como "un cuadro musical de (en) ideas?".
Si, a la distancia, Pessoa se encuentra así con Mallarmé, no es por un mimetismo estético-literario puramente teórico, sino por una afinidad de sus experiencias poéticas. Hay, en todo caso, una prueba concreta del conocimiento y de la lectura atenta por Pessoa de la poesía mallarmeana, que nos permite aprehender la repercusión que ella tuvo en su sensibilidad pensante, siempre atenta a una música poética filtrada por su inteligencia analítica. Esa prueba nos es ofrecida por la existencia de un ejemplar de la tercera edición de los Poemas de Mallarmé (NRF, París, 1913) que perteneció al poeta, pues en él figura su firma inconfundible, y que formaba parte de los libros que siempre lo acompañaban.
Debemos a la hermana de Fernando Pessoa, Sra. Henriqueta Madalena Rosa Dias, que nos lo ofreció en ocasión de la celebración de su centenario en la UNESCO, el acceso a ese precioso volumen. Que tiene de especialmente significativo el hecho de estar subrayado por el poeta un cierto número de versos de distintos poemas, en los que mucho reparó. Rastro inequívoco de una meditación que sobre ellos recayó, entre tantos que pasaron bajo sus ojos. Allí podemos captar sin duda los ecos de una lectura que no fue apresurada ni ocasional, debiendo haber ocurrido en el mismo momento en que Pessoa elaboraba sus poéticas órficas, del "Paulismo" al "Sensacionismo" y al "Interseccionismo".
La primera de esas poéticas fue, como se sabe, presentada por el poeta como integrada en la "corriente cuya primera manifestación nítida fue el simbolismo", aunque constituyendo "un enorme progreso sobre todo el simbolismo y el neo-simbolismo de allá afuera". En cuanto al Sensacionismo, del que el Interseccionismo es una modalidad, retoma del Simbolismo la "preocupación musical" y su "análisis profundo de los estados de alma", pero "procura intelectualizarla". Más importante, sin embargo, que estas especulaciones abstractas sobre las herencias del Simbolismo y su acometimiento en el Modernismo por Pessoa, es sin duda ver cómo este, sutilmente, se nutre de la experiencia de la lectura de un poeta como Mallarmé, cuya asunción del autotelismo del lenguaje operó una translación en el discurso poético moderno.
Los poemas que más solicitaron la atención de Pessoa constituyen un pequeño corpus revelador de sus propias obsesiones creadoras, así como de las repercusiones, que, sobre todo en el dominio de la composición del poema, tuvo en ellas la escritura mallarmeana. El observa ya un título, ya un verso, ya incluso una sola palabra, en que se puede suponer que busca imágenes, metáforas, símbolos u otras figuras poéticas con que se identifica, bien como estructuras de construcción morfo-sintáctica, si no lógica, que van en el sentido de sus experiencias "paúlicas" o "sensacionistas" e "interseccionistas". Lo que más le habla, es, si así puede decirse, cada detalle de joyería del lenguaje de Mallarmé, que retiene con un ojo clínico penetrante y selectivo.
No ha de admirarse que entre los fragmentos versificatorios que subraya figure la famosa "música del silencio", que podría sintetizar la poética mallarmeana y simbolista. Pessoa persigue los efectos de resonancia, tanto del sonido como del sentido, que emanan de cada poema, de cada verso, de cada sintagma, de cada palabra, de cada sílaba, de cada silencio, "a esa hora en que nos callamos", como en la Prosa para Des Esseintes, por él subrayada, se lee.
Pensamos que la mejor manera de percibir lo que fue la lectura de la poesía de Mallarmé por Pessoa sería acaso ensayar, a través del trabajo de traducción, restituir el recorrido de las correspondencias de esa "música que se hace con ideas, y por eso con palabras", de lengua a lengua. Seguimos aun ahí la vía que el poeta recomienda al traductor, proponiéndole que se conforme, primero, "con la idea o la emoción que constituye el poema" y, después, "con el ritmo verbal en que esa idea está expresada". Todavía y siempre la "idea", como en Mallarmé, ciñendo la poesía y la música.
Del "desafío permanente" que ese doble esfuerzo de correspondencia y de transposición impone al traductor como poiein -ejemplificado por Pessoa con sus versiones de Edgar Poe- podemos nosotros también darnos cuenta, al enfrentar esa ruda tarea. Ella supone, como bien vio Walter Benjamin, la utopía de una "lengua pura" que sustenta toda la auténtica traducción poética, como la que Mallarmé preveía, al escribir: "Las lenguas (son) imperfectas, por eso muchas. Falta la suprema". Para él, en verdad, sólo el verso "remunera el defecto de las lenguas". Fue de esa carencia y de esa remuneración infinitas que tuvimos aguda conciencia, al verter en portugués los poemas de Mallarmé leídos por Pessoa (1).
(Traducción de Rodolfo Alonso) 1) Poemas leídos por Fernando Pessoa, de Stéphane Mallarmé. Traducción y prólogo de José Augusto Seabra. Assírio & Alvim, Lisboa, 1998. (N. del T.)
(c) LA GACETA
La cuestión que mucho molestaba a Pessoa en relación con el Simbolismo, que en la secuencia de Bohemia Nueva y de los Insumisos dejó a partir de la última década del siglo XIX un rumbo prolongado hasta el advenimiento del Modernismo, en sus avatares decadentistas y en sus refinamientos estéticos del lenguaje -véase un Camilo Pessanha-, era la de la correspondencia entre la poesía y la música, convertida en una especie de leitmotiv de escuela, expresado en el arte poética de Verlaine: "La música antes que nada". Lo prueba una nota fechada en 1916 donde criticaba el "error" de "hacer de la poesía música", en el cual según él incurrieron, en una época enfermiza, los poetas simbolistas: "En una época sana y robusta, un Verlaine y un Mallarmé hubieran escrito la música que nacieron para escribir. Nunca hubieran tenido la intención de decir en palabras aquello que la palabra no soporta". Para Pessoa, en efecto, preferir la "literatura como música" a la música misma era algo que "no tiene sentido".
Puede observarse, sin embargo, que el poeta parecía no tener en cuenta -si es que la conocía- la posición del autor de La Música y las Letras sobre esa cuestión esencial de su poética. Así, cuando Mallarmé escribe: "la Poesía, cercana de la Idea, es Música, por excelencia", da todo un sentido diferente al precepto verlaineano. No se trata, para él, de hacer de la poesía el sucedáneo mimético de una sonoridad instrumental, pero sí, más allá de esta, acceder a la "Idea" como Música otra: "Hago Música, y llamo así no a la que se puede extraer del acercamiento eufónico de palabras (...) sino al más allá mágicamente producido por ciertas disposiciones de la palabra", precisa el poeta, explicitando aun: "Usen Música en el sentido griego, en el fondo significando Idea o ritmo entre relaciones".
Es, en suma, de las relaciones entre todos los elementos del lenguaje, tanto en el plano de la forma de la expresión como del contenido, que emerge la música del poema, como "una vacilación prolongada entre el sonido y el sentido", en la bella definición de Valéry, que estuvo tan atento a la experiencia mallarmeana de la poesía. Será menos sorprendente de lo que se juzgaría constatar que Pessoa converge finalmente con Mallarmé, en su concepción de la poesía como música: "La poesía es una música que se hace con ideas, y por eso con palabras", escribe el heterónimo Ricardo Reis. De esa forma el poeta remarca bien la identidad y la diferencia que aproximan y separan, semióticamente, la poesía y la música. Si el ritmo es, según él, "la supervivencia lejana de la música en el verso", "ese ritmo, cuando es perfecto, debe surgir antes de la idea que de la palabra". Es a la "idea" que, como Mallarmé, Pessoa hace prevalecer como elemento constitutivo de la música en la poesía, que con la música propiamente dicha no se confunde, en cuanto discurso. La "idea" asume, para el poeta, la función fundamental de poner en relación discursos heterónomos. ¿No llega a definir al poema como "un cuadro musical de (en) ideas?".
Si, a la distancia, Pessoa se encuentra así con Mallarmé, no es por un mimetismo estético-literario puramente teórico, sino por una afinidad de sus experiencias poéticas. Hay, en todo caso, una prueba concreta del conocimiento y de la lectura atenta por Pessoa de la poesía mallarmeana, que nos permite aprehender la repercusión que ella tuvo en su sensibilidad pensante, siempre atenta a una música poética filtrada por su inteligencia analítica. Esa prueba nos es ofrecida por la existencia de un ejemplar de la tercera edición de los Poemas de Mallarmé (NRF, París, 1913) que perteneció al poeta, pues en él figura su firma inconfundible, y que formaba parte de los libros que siempre lo acompañaban.
Debemos a la hermana de Fernando Pessoa, Sra. Henriqueta Madalena Rosa Dias, que nos lo ofreció en ocasión de la celebración de su centenario en la UNESCO, el acceso a ese precioso volumen. Que tiene de especialmente significativo el hecho de estar subrayado por el poeta un cierto número de versos de distintos poemas, en los que mucho reparó. Rastro inequívoco de una meditación que sobre ellos recayó, entre tantos que pasaron bajo sus ojos. Allí podemos captar sin duda los ecos de una lectura que no fue apresurada ni ocasional, debiendo haber ocurrido en el mismo momento en que Pessoa elaboraba sus poéticas órficas, del "Paulismo" al "Sensacionismo" y al "Interseccionismo".
La primera de esas poéticas fue, como se sabe, presentada por el poeta como integrada en la "corriente cuya primera manifestación nítida fue el simbolismo", aunque constituyendo "un enorme progreso sobre todo el simbolismo y el neo-simbolismo de allá afuera". En cuanto al Sensacionismo, del que el Interseccionismo es una modalidad, retoma del Simbolismo la "preocupación musical" y su "análisis profundo de los estados de alma", pero "procura intelectualizarla". Más importante, sin embargo, que estas especulaciones abstractas sobre las herencias del Simbolismo y su acometimiento en el Modernismo por Pessoa, es sin duda ver cómo este, sutilmente, se nutre de la experiencia de la lectura de un poeta como Mallarmé, cuya asunción del autotelismo del lenguaje operó una translación en el discurso poético moderno.
Los poemas que más solicitaron la atención de Pessoa constituyen un pequeño corpus revelador de sus propias obsesiones creadoras, así como de las repercusiones, que, sobre todo en el dominio de la composición del poema, tuvo en ellas la escritura mallarmeana. El observa ya un título, ya un verso, ya incluso una sola palabra, en que se puede suponer que busca imágenes, metáforas, símbolos u otras figuras poéticas con que se identifica, bien como estructuras de construcción morfo-sintáctica, si no lógica, que van en el sentido de sus experiencias "paúlicas" o "sensacionistas" e "interseccionistas". Lo que más le habla, es, si así puede decirse, cada detalle de joyería del lenguaje de Mallarmé, que retiene con un ojo clínico penetrante y selectivo.
No ha de admirarse que entre los fragmentos versificatorios que subraya figure la famosa "música del silencio", que podría sintetizar la poética mallarmeana y simbolista. Pessoa persigue los efectos de resonancia, tanto del sonido como del sentido, que emanan de cada poema, de cada verso, de cada sintagma, de cada palabra, de cada sílaba, de cada silencio, "a esa hora en que nos callamos", como en la Prosa para Des Esseintes, por él subrayada, se lee.
Pensamos que la mejor manera de percibir lo que fue la lectura de la poesía de Mallarmé por Pessoa sería acaso ensayar, a través del trabajo de traducción, restituir el recorrido de las correspondencias de esa "música que se hace con ideas, y por eso con palabras", de lengua a lengua. Seguimos aun ahí la vía que el poeta recomienda al traductor, proponiéndole que se conforme, primero, "con la idea o la emoción que constituye el poema" y, después, "con el ritmo verbal en que esa idea está expresada". Todavía y siempre la "idea", como en Mallarmé, ciñendo la poesía y la música.
Del "desafío permanente" que ese doble esfuerzo de correspondencia y de transposición impone al traductor como poiein -ejemplificado por Pessoa con sus versiones de Edgar Poe- podemos nosotros también darnos cuenta, al enfrentar esa ruda tarea. Ella supone, como bien vio Walter Benjamin, la utopía de una "lengua pura" que sustenta toda la auténtica traducción poética, como la que Mallarmé preveía, al escribir: "Las lenguas (son) imperfectas, por eso muchas. Falta la suprema". Para él, en verdad, sólo el verso "remunera el defecto de las lenguas". Fue de esa carencia y de esa remuneración infinitas que tuvimos aguda conciencia, al verter en portugués los poemas de Mallarmé leídos por Pessoa (1).
(Traducción de Rodolfo Alonso) 1) Poemas leídos por Fernando Pessoa, de Stéphane Mallarmé. Traducción y prólogo de José Augusto Seabra. Assírio & Alvim, Lisboa, 1998. (N. del T.)
(c) LA GACETA
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