Una trayectoria de real consagración a la poesía

Homenaje de relevantes colegas a Ana Emilia Lahitte.

26 Mayo 2002
La trayectoria de Ana Emilia Lahitte es la de su consagración a la poesía. Ello en tres aspectos: como creadora (23 libros publicados); como promotora de poetas a través del taller y las "Hojas de Sudestada"; por fin, como difusora de autores argentinos. A lo dicho se suman sus libros de crítica o rescate de textos, casi siempre referidos a escritores platenses o vinculados a su ciudad. Recientemente fue premiada por la Fundación Argentina para la Poesía. En el Tomo I, Parte 7ª (1982, p. 3.295) de la antología que publica esa entidad, la poeta señaló: "Sólo aspiro a rozar la poesía. A merecerla. A vislumbrar cuánto siempre quedará por decirse".
Reconocida desde muy joven por poetas consagrados como Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral, la poeta de Sueño sin eco (1947) y Luz. Sombra (1948) fue evolucionando en sus temas y en las formas adoptadas (del soneto y los tradicionales metros castellanos al verso libre).
Mantuvo sin embargo su fidelidad a una voz lírica no contaminada por extravagancias. Ella se incluye en la Generación del 40, pero, como señaló Horacio Castillo a propósito de Summa de poemas (1947-1997), al igual que otros fundadores "se apartó instintivamente de los rasgos elegíacos para insertarse -casi podríamos decir para ?arrojarse?- en las graves honduras del lirismo de nuestro tiempo". Esas honduras abarcan los mayores problemas metafísicos y ontológicos, la búsqueda de Dios, la indagación acerca del propio ser; en otro orden, la situación del hombre en el mundo presente, convertido en acosado. En su repaso de los poetas platenses, escribe Guillermo Pilía: "Uno de los méritos de Ana Emilia Lahitte ha sido su capacidad de ir encontrando en su voz una inflexión apropiada para cada momento, de no encerrarse en una forma predeterminada ni en una lista acotada de temas" (Historia de la literatura de La Plata. Con María Elena Aramburú. La Plata, 2001, p. 183).
Lo dicho justifica plenamente esta edición de homenaje, ofrecida por relevantes poetas, algunos pertenecientes al grupo de Sudestada (que cumple veinte años). La autora incluye en la lujosa presentación dieciséis textos que, unidos por un hilo conductor, aluden al cuerpo, asumido en su ambigüedad "tajada por las uñas de Dios" y sentido como el lugar en que cada uno es "huésped transitorio".
Tres palabras se repiten a lo largo del poema. Primero la carne, quizá porque resume lo perecedero y en ella se libran ineludibles batallas, entre otras la del dolor que hace aullar o desangrarse; entonces "el hombre resplandece en su verdad/ de sed/ de lumbre y brama". También ella combate "entre la seducción y el desengaño". Si está en la línea de fuego, cuenta con la piel, segunda palabra. Esta es "escudo" y "milagro"; carne y piel se suceden en devastaciones, también en trofeos, hasta que aparece el riesgo: el cuerpo ajeno como objeto del amor. Exalta de inmediato la íntima carnadura, la calavera, emblema de las muertes que en nosotros se suceden. La tercera palabra es el fuego, cuya llama nadie podrá avasallar "sin apagar el mundo". Los últimos poemas testimonian la fugacidad del instante y la indispensable desintegración "para asir mejor la madera/ infinita". La poeta, consciente de transitar por una zona de riesgo, formula su opción: "Elijo el espejismo/ de mi primera eternidad".
Poesía de honda carnalidad, parte de esta para trascenderla. El cuerpo es carne, piel, fuego, calavera; es también fuga, evanescencia. El ser lo reúne y la palabra de la poeta lo rescata en el tiempo.
(c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios